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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

27 abr. 2013

Capítulo sesenta y tres



Para unos ojos cualesquiera, el interior de la habitación seguía igual que siempre pero, para alguien como Kimberly, la cosa no era así.

Una niebla color morada con ondas azules se podría observar con claridad en todo el interior de la pequeña estancia (incluyendo el cuarto del baño) y al a vez, algo parecido a humo, rodeaba varias partes del lugar. Todo estaba protegido gracias a ese extremo campo de fuerza que Kimberly había creado antes de encerrarse en su propia mente dejando a su cuerpo como un simple contenedor vacío.

La chica yacía en esa misma posición después de que torturó a Bill, Sam y Jeny y los mandara a quién sabe dónde; eso dependía de ellos y de lo que más deseaban y odiaban en este mundo. Aquel deseo si distorsionaría en una pesadilla que Kimberly ignoraba crear. Ella no sabía nada, sus sentimientos habían tomado control sobre ella haciéndola hacer cosas increíblemente imposibles. Pero eso no importaba, no, ya nada importaba.

Su contenedor vacío se encontraba sentado en medio de la cama, abrazando fuertemente sus piernas y mirando perdidamente el piso o tal vez, las sábanas. Realmente no se sabía la dirección, sus ojos yacían casi muertos: ya no habría brillo en ellos, estaban opacos, se podría decir, casi negros. Su cabello castaño, aquel que estaba bien cuidado aunque contara con champú barato, ese que deja el pelo completamente duro, había perdido vida también: parecía como si no se lo hubiera lavado en meses aun pasando verdaderamente dos malditos largos días en soledad. Varios mechones estaban pegados en su rostro y otros caían con facilidad sobre sus ojos. Su cara había sido escondida y lo único que podía distinguirse de perfil era su boca. Labios quebradizos, pero aun con color, entre abiertos pero parecía no exhalar e inhalar nada. ¿Para qué? No había absolutamente nada dentro de ese cuerpo que necesitaba vivir. El alma de Kimberly se había ido y tal vez no regresaría en un buen rato.

Pero, otra vez, ¿para qué volver? No había nadie esperando por ella. Le habían quitado a la pequeña familia que había tardado en reconocer: le arrebataron a un padre, a un hermano y a un novio. Justo cuando disfrutaba de la vida una vez más. No había razones para regresar. Ya nadie velaba por ella, nadie. Era mejor irse de una vez…

—Es inútil, sólo conseguirás desintegrarte —aseguró Sam observando cómo Bill intentaba una y otra vez traspasar aquel enorme campo que invadía gran cantidad de espacio del pasillo exterior. El único lugar a salvo era a seis metros de distancia desde la puerta de Kimberly. Era exageradamente grande, aquel campo de energía parecía una gran bola llena de sustancia brumosa color morada, niebla y energía eléctrica. ¿Eso era capaz de hacerse? ¿Era posible? No lo sabía, pero sí podía afirmar, era aterrador para alguien como él.

—¿Qué podemos hacer? —se atrevió a cuestionar Jeny, abrazando al exhausto pelinegro (que yacía jadeando en el piso) y a la vez, evitándole ponerse nuevamente de pie—. ¿Ayudarla desde aquí?

Los labios de Sam se fruncieron. —No se me ocurre otra cosa mejor.

—¡Mierda! —gritó Bill forcejeando desde el suelo—. No podemos hacer eso, ¡no otra vez! —el chico rubio sólo se encogió de hombros.

Bill no entendía, ya no había opciones.

—Esto es impenetrable —susurró estupefacto tratando de comprender cómo Kimberly había sido capaz de crear semejante energía. ¿De dónde había sacado la fuerza?

Pero mientras él se preguntaba aquello, otra personita se preguntaba algo mucho más importante: ¿cómo se encontraba ella? La pequeña Kimy estaba preocupada, desesperada, asustada. Sabía muy bien que la persona que yacía dentro de ese campo de energía estaba sufriendo, no estaba pensando con cinco sentidos, ¡algo malo le había pasado! Rayos, rayos, rayos. Debía entrar, ¡debía estar con ella!

Sus ojos se abrieron de golpe. « ¡Yo soy ella!»

Los lamentos de Bill habían bajado lo suficiente para percatarse de que Kimy estaba dispuesta a atravesar esa gran “esfera” morada sin importar el costo. Todos se alarmaron y Sam logró detenerla del hombro.

—¿A dónde crees que vas? —le reprendió.

—Iré a… verme —Sam negó.

—Nadie entra, es muy peligro. ¿Oíste?

—¿Cómo puede dañarme algo que yo hice? —aquella pregunta le tomó por sorpresa y sin querer, la había soltado.

Kimy se giró y miró a Bill y a Jeny quienes seguían rogando con la mirada de que no entrase. Pero, después ella sonrió y el pelinegro comprendió que tal vez ella podría ser la única solución al problema.

—Nosotros seguiremos aquí —Kimy asintió.

—Trataré de calmar un poco las cosas.

Lo prometió como una pequeña niña que todo reto lo veía sencillo, no importaba si era todo lo contrario, ella lo lograría.

Al girarse, miró con atención todo lo que yacía dentro del campo de energía y como pequeños rayos azules se asomaban de vez en cuando. Podría desintegrarse, tal y como Sam había dicho momentos antes pero no. Su creación no podría matarla, ¿verdad? «Aunque sé que yo no lo hice».

Cerró sus ojos, movió su pie y sin mirar atrás, avanzó.

—Espero que sepa lo que hace —dijo mirando duramente a Bill. Se alejó de aquel campo y se recargó en la fría pared, a poca distancia de sus compañeros.

—Yo también.

Kimy había traspasado sin problemas. El campo de energía se abrió exactamente a su figura dejándole pasar. Parecía que la estaba esperando desde hace tiempo.

«Yo también espero que sepas lo que hagas, Kimy».

Desorientado, alzó su vista a Jeny quien por fin había decidido soltarle. Sin decir ninguna palabra, también se alejó.

Sam y Jeny han estado actuando demasiado extraño desde que volvieron a la realidad. Se preguntaba qué fue lo que ello vieron: ¿cosas buenas o malas? Y luego, se preguntó si uno de ellos realmente deseaba quedarse en aquella realidad inexistente.



Su mirada y su mente se habían perdido en aquel café negro barato que ofrecían en la estación de policía. Todavía estaba caliente, veía el humo con claridad: debía tomarlo, estaba cansado y eso lo reanimaría un poco o bueno, eso fue lo que le había dicho ese detective.

Y lo necesitaba. Realmente lo necesitaba si quería volver a ese hospital y sacar a Kimberly por la fuerza si era necesario. Necesitaba estar en sus cinco sentidos, despierto y con energía suficiente pero, primero, necesitaba salir de ahí.

Su cabeza dio contra el escritorio y soltó un leve gruñido. Ya no había manera de salir.

La puerta se abrió y rápido, se enderezó. El detective Smith entró con un legajo bien guardado debajo de su brazo. ¿Su expediente, quizá? Él también portaba ese café barato de la estación pero a diferencia, el detective parecía disfrutar demasiado de su amargo sabor.

—¿Cuándo saldré de aquí? —preguntó inmediatamente cuando el detective tomó asiento. Tom se removió un poco, estaba nervioso. No. Ansioso, sí, esa era la palabra: estaba perdiendo mucho tiempo. Dios, ¿cómo estará Kimberly? ¿Qué le estarán haciendo? ¿Nada? ¿Estará acostada? Su cuerpo se heló, ¿estará sedada?

El hombre que portaba una simple camisa blanca con una corbata gris y pantalón del mismo color exhaló pesadamente el aire soltando ligeramente el olor de ese café que tomaba como si su sabor fuese exquisito.

—Dentro de tres días —soltó sin más y Tom dejó caer las manos sobre la mesa debido a la sorpresa.

—¿¡Tres días?! Pero… pero ¡usted me dijo que si accedía a ayudarlos saldría…!

—¡Dejaste a tu compañero en un estado semiinconsciente! Un poco más y lo hubieras matado —Tom apretó sus dientes.

—Se lo merecía —aseguró con asco.

—Recibirá su castigo, tienes mi palabra pero antes, tú tienes que cumplir con el tuyo. —Hizo una pausa—. Así es la ley.

Tom negó rendido.

—No entiende, ¿cierto? Debo irme ya, alguien… ella, me necesita, ¡debo ir por ella!

—Y eso es lo que hará. La sacaremos de ahí, sacaremos a todos de ahí pero debe cooperar.

Su mandíbula se endureció.

—¿Cuánto tiempo nos tomará eso? —el detective guardó silencio por unos segundos y eso le bastó a Tom para mandarlo a la mierda—. ¡No puedo perder más tiempo aquí! —aseguró poniéndose de pie ocasionando que la silla diera contra el suelo y que el detective se alarmara.

—¡Pon un pie fuera de este lugar y te hundes! ¿Me escuchas? ¡Te hundes! —logró articular ya de pie y señalándole acusadoramente.

La mano de Tom se alejó de la manija.

Si salía de ahí los policías de afuera lo arrestarían en un abrir y cerrar de ojos, perdería el trato que había logrado hacer con el detective Smith y lo encerrarían por más de tres días. Y eso sería peor.

«¿Qué hago? Alguien… ¡díganme qué debo hacer! —cerró fuertemente su mano—. Debo irme, debo ir por Kimberly, ¡mierda, mierda, mierda! »

El sonido de un golpe hueco se escuchó logrando en el Detective Smith un estado de relajación: lo tenía en la bolsa.

—Está bien. Me quedaré —y antes de que Smith pudiera sonreír, añadió—: pero al poner un pie fuera, no importa lo que usted diga, lo que Baecker haga: ¡yo iré a ese puto hospital a verla! ¿Me entendió?

—Mientras tengas cuidado —asintió—. Y bien, ¿por fin harás la llamada a la cual tienes derecho?

Tom entrecerró sus ojos.

—Depende.

Smith encarnó una ceja.

—¿De qué?

—¿Habrá salida bajo fianza?



Ahí estaba, enfrente del compartimiento vacío. Visualizó una charola de comida: toda estaba intacta. ¿Por qué no le insistieron para que comiera? Qué extraño. Las enfermeras siempre se quedaban con ella hasta que terminara sus alimentos, ¿por qué ahora la dejaron sola?

—¿Qué te hicieron Kim? —cuestionó apretando un poco el brazo del contenedor—. ¿Por qué no comes? Se ve que está rica lo que prepararon hoy —mintió mirando la bandeja de reojo—. ¿Qué te parece si comemos juntas, sí?

No hubo respuesta.

Kimy se estremeció: una pequeña descarga sucedió a su lado, cerca de su oído derecho. Esto iba de mal en peor: el color morado se hacía más y más espeso y la bruma más y más sofocante.

«No te alteres, tranquila. Siempre debes estar tranquila».

—¿Te tomaste tus pastillas? Debes tomarlas, recuerda que esas son las importantes —recordó inútilmente apretando un poco más su brazo—. ¿Las tomaste? —nada—. Kim por favor… vuelve, tienes que volver… por favor, ¡por favor!

Pero ese cuerpo, no se movió ni lo más mínimo.

¿Qué sucedía en su interior? ¿Por qué no la escuchaba? ¿Seguía viva? Sí, pero… entonces, ¿por qué no reacciona?... ¡¿Dónde demonios se había encerrado?! ¡En dónde!

«No regreso porque nadie espera a que lo haga» dijo una chica en posición fetal.

Estaba perdida en un abismo negro que, estaba segura, era su mente.

Sus ojos se abrieron con pesadez. Estaba acostada en la nada, la mitad de su rostro estaba cubierto debido a la oscuridad y sólo una simple lágrima logró brillar entre aquella intensa bruma que en esos momentos, sentía como su hogar.

«No regreso porque no hay nadie del otro lado. Sigo sola».


Nota final: Desde la madrugada que tengo listo el capítulo, pero el sueño me venció :c. Bueno kjfhkjdsgfkdjgsf en mi cabeza creo que foi está apunto de terminar, no es que le queden cinco capítulos, le faltan más pero no exceden los 20 o.o kjfasdgfkjdfkds y bueno, espero que disfruten de esta lectura *-*. Muchas gracias por leerme y tenerme paciencia x.x !!!!!!!!! 

5 abr. 2013

Capítulo sesenta y dos



En verdad se sentía como un remolino. Estaba cayendo pero no tocaba fondo, a su alrededor, sólo veía sus recuerdos antes del accidente: pudo reconocer a Iris en uno de ellos, una cena familiar cuando Simone y Jörg estaban juntos, la vez cuando Tom le estaba enseñando a andar en bicicleta, la primera vez que se enfermó, la primera vez que pisó un hospital. Pudo observar la primera pelea de sus padres debido a ello, claro, no era algo que quisiera recordar, de hecho, no quería recordar nada. Sólo quería salir y olvidarlo todo, quería gritar. Todo esto estaba siendo tan abrumador para él que sentía que no iba salir de ahí con vida.

—Sácame de aquí Kimberly —chilló observando como esos recuerdos giraban con más rapidez alrededor de él. Se mareaba, tenía nauseas, sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas, en verdad ya no quería ver nada: no quería recordar los buenos ni malos momentos. No quería recordar el pasado, porque lo extrañaba. Lo hacía demasiado y le dolía saber que nunca jamás podrá recuperar esos preciados momentos, era triste, su vida estaba perdida.

El remolino de imágenes comenzaba a hacerse más pequeño, parecía que quisiera aplastarlo. Bill bajó su vista hacia sus pies notando que no podía visualizarse el piso. Estaba flotando en la nada, con una lluvia de recuerdos atacándole por todos lados. Estaba atrapado.

—¿¡A dónde mierdas me mandaste!? —gritó cerrando fuertemente sus ojos—, sácame, sácame, sácame,¡ ¡sácame Kimberly!!

Sus ojos se abrieron de golpe e instantáneamente sus pupilas se dilataron: ¿qué es lo que sentía en su cuello? Parecía un tubo, le calaba, le ardía al pasar saliva. Aturdido, bajó su mirada encontrándose con algo que lo dejó helado.

«Estoy… en el hospital, regresé a la habitación —concluyó observando todas las máquinas a su alrededor—. Hiciste que volviera Kim, ¿por qué? No lo entiendo —pero no importaba, iba a volver—. No puedo dejarte en ese estado, eres mi amiga, no debo abandonarte…»

Pero no se levantó. No podía hacerlo, sentía su cuerpo demasiado débil y frágil: con cualquier esfuerzo que hacía, sus piernas temblaban sin control. Espera… ¿cuerpo?

«¡He vuelto a mi cuerpo! —y eso, no era todo—. Mi… mi mano, puedo moverla, ¡puedo mover mis manos!», las mantenía en su borrosa vista: las extendía y las volvía a contraer, jugaba con sus dedos, giraba sus muñecas. Movía su cuerpo, ¡el de carne y hueso! Eso… eso quería decir que… oh, no.

Sus ojos se abrieron de par en par.

Escuchó como algo se caía, a la distancia de la puerta: platos se quebraron.

Había alguien más en la habitación

No. No lo digas.

—¡¡Doctor, doctor!! —No, cállate—, venga rápido, ¡¡doctor, el paciente ha despertado!!

Una gota de sudor recorrió la sien de Bill pasando lentamente su mejilla izquierda hasta perderse en la cansada almohada de su cama. Había regresado… completamente. No, eso no podía ser posible, ¡él no podía volver!

Se quejó por lo bajo. El tubo que sentía en su cuello comenzaba a arderle, quería hablar pero aquello sólo ocasionaría que se lastimase más. Alguien… ayuda.

Escuchaba más pasos: dedujo que se trataba de muchas personas, entre ellas, su madre. Por dios, deseaba tanto verla pero no, sabía que esto no estaba bien. Se suponía que no iba a volver, ¿qué significaba…?

“No lo protegiste, no lo hiciste. Tú también querías que lo separaran de mí, ¿no es cierto? ¡¿No es cierto?!”

«Kimberly —se respondió a sí mismo completamente atónito—, ¿qué demonios me hiciste?»

—Está… ¡está despierto! —escuchó de una voz masculina. ¿El doctor, quizá?— Todos, ¡salgan, rápido! Enfermera… enfermera.

El dolor en su garganta, no lo soportaba.

—¿Mi hijo… mi hijo está…? ¡¡Billy!! —chilló.

Mamá… por fin la escuchó.

—Señora, tiene que salir.

—No, no, ¡tengo que verlo!

Sonrió en su interior. No querrá verlo después de saber la verdad acerca de su padre…

—¡Señora, salga, por favor!

Mamá… lo siento mucho.



Las puertas de la casa se abrieron y él sintió que lo que era abierto eran las puertas del cielo. Era verdad, realmente había salido del coma, estaba vivo, despierto y por fin, daba sus primeros pasos después del accidente. ¿Kimberly fue capaz de hacerlo regresar? Era sorprendente, simplemente sorprendente.

—Espera aquí —suplicó corriendo hasta perderse en el pasillo. Bill supuso que iría en busca de Gordon, su padre. ¿Qué le diría cuando lo viera? ¿Cómo reaccionar? Ni siquiera supo qué hacer cuando lo dejaron solo con su madre en el hospital. No sabía que decir, estaba tan feliz que realmente no sabía cómo actuar.

Echó un vistazo a las paredes de su casa, la sala, el comedor, si que hicieron cambios. El interior era color verde, Bill recordaba que antes era anaranjado. Cambiaron varios muebles y agregaron otros. Las fotos que yacían colgadas en cada rincón de la casa seguían estando en el mismo lugar dónde las vio por última vez: la de sus abuelos, la de su madre de bebé, la de él y Tom de niños, unas fotos familiares. Esta era su casa, como extrañaba sentir aquel calor hogareño.

Logró visualizar una foto de Tom a lo lejos. Sonrió, ¿cuál sería su reacción al verlo ahí de pie? Tal vez se moriría de un infarto, sería lo más probable pero, lástima que su hermano no estuviera ahí para verlo, unos policías se lo habían llevado…

Sus pupilas se dilataron al tiempo que sus piernas se doblaban sin piedad. Tom no estaba en la casa y no lo iba a estar porque lo habían arrestado: se había peleado con otro guardia, ese tal Roy, quién quiso abusar de Kimberly. Tom fue a defenderla pero lo único que había hecho fue caer fácilmente en la trampa de ¡Baecker!

—¿Cómo pude haber olvidado todo eso? —se preguntó completamente desorientado. Debía ir con sus padres a la estación de policía, sacarlo y regresar al hospital. Tenían que sacar a Kimberly como fuera lugar, ¡ella corría peligro!

—¿Bill? —alzó su vista al escuchar que su madre lo llamaba—, ¿pasa algo? —calló y pudo notar que la preocupación se plasmaba una vez más en su cansado rostro—. ¿Te sientes mal, Bill? Sí es así… no hay problema, nos regresamos al hospital y… —comenzaba a balbucear.

—No, no —negó e hizo una mueca de dolor. Todavía tenía una leve molestia en su garganta pero, tenía que dejar eso a lado, debía decirle ya acerca de Tom—. Mamá, por favor, no te alteres pero… ocurrió algo.

—¡Te sientes mal, lo sabía! —gritó exasperada pero calló al sentir que las manos de Bill en sus brazos la apretaron un poco.

—No es de mí, es de Tom.

Simone, confundida, frunció el ceño.

—¿Tom? —Asintió.

—Ocurrió algo en el trabajo mamá… ¡lo arrestaron! Tenemos que ir a la estación y sacarlo. Es una larga historia, pero se los explicaré a papá y a ti en el camino —soltó todo de golpe que, al terminar, tomó una gran bocanada de aire y su frustrado semblante se marchó al escuchar la carcajada de su madre.

—¿Pero qué tonterías dices, Bill? —volvió a reír soltándose del agarre de su hijo menor—. Tom no está en la cárcel —su boca se entreabrió.

—Mamá, escúchame —suplicó—, debes creerme, ¡él está…!

—Aquí —atajó haciéndose a un lado, dejando ver a su hermano mayor en el umbral del pasillo. Su boca se abrió mucho más y su cuerpo se tensó. ¿Qué hacía él ahí? ¿Acaso lo habían dejado salir? No, era imposible.

—¿Bill? —la voz quebrada de su hermano apenas y lo alcanzó. Seguía sumergido en sus pensamientos, ¿dónde estaban los pocos golpes que Roy le había dado, la mirada que delataba su amor, su sonrisa cansada, por qué lo veía con un poco más de peso? Tom había bajado demasiado esos últimos meses, ¿qué pasó?

—¿T…Tom? —tartamudeó al sentir su fuerte abrazo y sus lágrimas empapar su hombro—, ¿en verdad eres tú? —su hermano se separó de él y asintió sin habla. Después de mucho tiempo, sus rezos habían sido escuchados: Bill estaba de vuelta, no lo podía creer, no cabía de felicidad.

—Tal vez no me reconozcas por esto —señaló sus trenzas negras—. Me las hice hace casi ya un mes —presumió volviéndolo a abrazar—. No puedo creer que estés aquí, Bill. Si hubiera sabido, dios, juro que faltaba al trabajo e iba directo a recogerte allá.

—Trabajo —repitió en susurro—. ¡Trabajo! —gritó empujándolo con brusquedad: su hermano y su madre lo vieron estupefactos ante su repentino cambio de humor, Bill nunca había sido tan agresivo—. Dime Tom, ¿qué pasó? ¿Por qué te dejaron salir de la cárcel? ¿Dónde está Roy, qué te hizo Baecker? —calló con desesperación—, ¡¿qué pasó con Kimberly?!

El aludido y la mujer se vieron entre sí tratando de comprender lo que Bill les decía. No había sentido en sus palabras, ¿eso era algo común en los pacientes de coma?

—Eh… Bill, ¿de qué estás hablando? —preguntó tratando de no sonar como algún tipo de amenaza—. No conozco a ninguna de esas personas y tampoco he estado en la cárcel —hizo una mueca—, no al menos estos dos últimos meses.

—¡Tom! —le regañó Simone y éste se carcajeó.

Aquello sólo hizo enfurecer más al menor.

—¡Eres un imbécil! —señaló tratando de no perder el equilibrio—. ¡Kimberly está allá sola, sufriendo y tu aquí, fingiendo que nada pasó! ¿Cómo puedes decir que no la conoces?

—Bill, cálmate… por favor. —En el rostro de su hermano ya no había alguna pizca de burla.

—Quiero hablar con papá —exigió—. Él sí me escuchará, ¿dónde está?

La mirada de Simone decayó por los suelos y su hermano miró un punto perdido. Tenían caras largas, ¿quién se murió?

—… no.



La nieve comía completamente sus pies. Era casi imposible caminar por ese lugar, pero podía avanzar gracias a la ayuda de Tom. Ya se habían adentrado mucho y al parecer, todavía les faltaba: el frío comenzaba a calarle, pero no iba a dejar esto a medias. Debía… verlo.

—Ya casi llegamos —le avisó en susurro y Bill asintió.

Estaba en lo cierto, caminaron tres metros más y pudo distinguir una sencilla tumba siendo sepultada por aquella manta blanca. Ya no era necesaria la ayuda de su hermano así que soltó su brazo y continuó su camino por él sólo. Tom guardó distancia.

Los dos llevaban abrigos color negros, resaltaban con facilidad de todo aquel cementerio blanco, además, eran las dos únicas personas en el lugar.

Bill se dejó caer de rodillas al estar frente a la tumba de Gordon. Tomó todo el aire que pudo y temeroso, limpió la nieve que yacía en su epitafio. Las lágrimas por alguna razón no salieron, no tenían ganas de llorar, sus ojos estaban secos y sólo podía sentir que su rostro se congelaba cada vez más. Eso sí, su labio inferior temblaba y sentía una presión en su pecho, ¿cuándo pasó? ¿Por qué? Gordon era un hombre sano, no podía irse, no debía.

Y es porque no lo hizo.

Jörg A. Kaulitz. 

Cayó de sentón y pegó un grito al cielo ante el susto que se había dado. Tom rápidamente corrió a su lado y le ayudó a reincorporarse. Escuchaba que le preguntaba acerca de su estado pero lo ignoró por completo, a gatas, volvió a acercarse y releyó lo que estaba inscrito en la lápida. Su labio inferior tembló aún más. ¿Por qué su hermano lo llevó a este lugar, a visitarlo a él?

—¿Qué significa esto, Tom? —preguntó mirándole por el rabillo del ojo. Su hermano negó sin saber que decirle: ya no sabía cómo contestar a sus preguntas sin sentido.

—Me pediste ver a nuestro padre…

—¡Él no es nuestro padre! —le recordó poniéndose de pie—. Yo nunca me referí a él, ¡hablaba de Gordon! ¿Dónde está él? ¡¿Dónde está nuestro verdadero padre?!

—¡¡Quién demonios es Gordon!! —gritó perdiendo los estribos. Ya se había hartado, había pedido paciencia pero nunca se le concedió aquel don—. Desde que llegaste a la casa no has dicho más que estupideces —le dejó en claro—. Mira, Bill, la verdad no sé si esto sea por el medicamento, no tengo la mínima puta idea pero… comienzas a fastidiar. Basta de inventar personas, por favor.

—Yo no… he inventado…

—Yo trabajando en un manicomio, que me metían en la cárcel, que estaba enamorado de una loca —comenzaba a enumerar—. Que si el tal Dr. Jost, que si Georg, que si Gustav ¡¿quién diablos son esas personas?!

—¿Por qué no recuerdas? —preguntó después de un largo silencio. Los ojos de Tom se pusieron en blanco y pidió una vez más que parara. Ya no podía más.

La tormenta de nieve se hizo más fuerte al grado de cubrir cada una de las lápidas de aquel cementerio. Parecía un desierto, no había absolutamente nada más que esos dos hermanos discutiendo por una realidad dudosa.

Bill volvió a caer, pero esta vez, Tom no le ayudó. Estupefacto, veía la nieve: trataba de comprender qué demonios pasaba a su alrededor. ¿Quién había cambiado su vida? ¿Por qué Jörg es su padre, por qué Tom no recuerda… por qué volvió, por qué despertó?

—¿Con qué fin hiciste todo esto Kim? —cuestionó dándose por vencido.

—Alejarlos. Alejar a la gente mala.

Bill volvió a alzar su mirada y para su sorpresa, no fue a su hermano a quién vio: una niña con un abrigo color rosa estaba frente a él, mirándole, juzgándole. Había algo similar en esa pequeña, esos ojos… le recordaban a alguien.

—¿Quién eres tú?

—Kimy —respondió como si lo obligase a hacer memoria.

Kimy, Kim… esa niña. Esos ojos, Tom había dicho que le habían gustado los ojos de una niña, la que estaba en el consultorio del padre del Dr. Baecker, cuando sus padres seguían juntos.

—¿Kimberly? —dijo al fin, pero la niña negó.

—¡Soy Kimy!

Bill, tratando de digerir aquella información, se apoyó sobre su rodilla izquierda. La miró, la analizó, pensó y concluyó:

—Eres su parte… ¿infantil? —la niña sonrió.

—Su inocencia —se inclinó un poco hacia él—. Kim me ha tenido olvidada últimamente, así que decidí hacerle una visita —platicó llevándose las manos detrás de su espalda.

—Comprendo —murmuró tratando de pensar sin que le doliese más la cabeza—. Kim… Kimy, ¿podrías decirme, dónde estoy? —la niña abrió sus ojos sorprenida.

—¿No sabes? —rió—. ¡Yo menos! —el pelinegro bufó rendido, esto sería difícil—. Lo único que recuerdo fue que yo estaba con Kimberly, ¡por fin éramos una, después de mucho tiempo! Pero… me rechazó y me lanzó aquí contigo. ¡Es mala! —se quejó haciendo un pequeño puchero.

—¿Con… migo?

Lo recordó. Él había visto a la niña llamada Kimy cuando esa sensación cálida y abrumadora lo atrapó por completo. Ella dijo que Kim quería alejar a la gente mala de ella pero ¿no se da cuenta? Ellos eran sus amigos, por ende, no los podría alejar jamás. ¿Se sentía traicionada? Lo comprendía, pero eso no le daba el derecho de desquitarse con ellos.

—Ella quiere estar sola —la voz de Kimy atrajo su atención—. Siempre pensó que estaba mejor sola. Y creo que tenía razón —murmuró y Bill se dio cuenta que hacía un esfuerzo de no llorar—. Esa gente sólo la lástima, ¡como ese hombre!

—Pero… nosotros no somos esa gente.

—Y aun así no hicieron nada para ayudar —recordó. Otra vez aquella acusación.

—Bajamos la guardia, nos confiamos —confesó—. Fue un gran error, lo lamentamos tanto… —Baecker había ganado la batalla—, ¡pero eso no significa que perdimos la guerra! —Kimy retrocedió—. Estamos a tiempo de echarle a perder sus planes, recuerda que… no están solas. ¿Acaso olvidaron a Gustav y al Dr. Jost? Ellos podrán hacer algo por Tom, podrán hacer que regrese y nosotros estaremos a lado de Kim hasta que eso ocurra. No la dejaremos sola, ya no cometeremos ese error. Esperaremos y ayudaremos a que la saquen de ese lugar. —calló—. Eso es lo que quieren, ¿no? Ser libres de nuevo.

—¿P… podrán hacerlo realidad? —miró atónita la mano extendida del mayor.

—Con tu ayuda, por eso estás aquí también: quieres ayudar a Kim.

La niña, con lágrimas en sus ojos, asintió con todas sus fuerzas, tomó la mano del chico para después, estrecharla y ponerlo de pie. Era más alto de lo que aparentaba, ¿ella crecerá así también?

—Mi deber es que Kim vuelva a llevar a ese niño que todos tenemos dentro: que vuelva a creer, que vuelva a soñar, que vuelva a sonreír de verdad. Que disfrute de la vida.

Bill por fin lo comprendió todo.

—Y lo lograremos, juntos.

La nieve seguía incrementando, los sepultaba pero ninguno de los dos sentía el frío. Ya nada dolía, y el aire ya no era necesario.

Entonces, se dieron cuenta que habían regresado.


Nota final: ¿Qué tal? e.e, realmente espero y les guste este episodio, especial para Bill, se lo merece ;_; pero no sé, hablo del Bill de 17 años hahaha así me lo he imaginado toda esta historia, no puedo ver el actual sin pensar en lo que era antes ldskhflkhdf mis momentos cursis xd, en fin. Gracias por leer *-*  

3 abr. 2013

Capítulo sesenta y uno



Era imposible, no podía, no resistía.

Cayó.

Sus rodillas golpearon con fuerza el frío suelo. Todos los presentes la miraron estupefactos al tiempo que se escuchaba como la tormenta de nieve golpeaba las viejas paredes del hospital, parecía como si aquello también quisiese participar en esa pelea pérdida e inútil. Bill y Jeny la observaban con compasión mientras que la cadena de las almas en pena se rompía, aquellos seres se desvanecieron en segundos.

Sam se quedó perplejo y furioso, se giró hacia Kimberly: estaba dispuesto a reclamarle y a exigirle a que se pusiera de pie pero… no pudo. No era tan miserable para obligarla a pelear, no en ese estado, no destrozada.

—Baecker… —pronunció su nombre entre dientes, conteniendo toda su furia en sus puños—, ¡¡eres un maldito!! —las luces parpadearon al grado de fundirse. Otra persona pudo haber pensado que era una falla eléctrica, pero Kimberly no, ella sabía muy bien que se trataba de la energía de Sam siendo expulsada sin control.

Sonrió sintiendo un vacío en su interior. ¿Qué hacía él ahí? Acaso… ¿acaso vino sólo para burlarse de ella? ¿O vino a ofrecerle su apoyo? Sam, ¿por qué regresaste?

—Devuélvemelo —pidió una vez más sintiendo su cuerpo como una frágil hoja de papel. Sus movimientos eran torpes y no coordinaba bien: tambaleándose, se arrastró hacia las piernas del director. Sentía que iba a caer en cualquier momento y para impedirlo, logró pescarse de la bata de su superior.

—¡Kim! —soltó Jeny con un gesto de asombro. Acto reflejo extendió su brazo, dispuesta a jalarla lejos de ahí pero, nuevamente, la mano de Bill sobre su hombro, la detuvo—. Mírala, ¡no debe humillarse así!

—Lo sé, pero si te acercas… no sé que podría pasarte —informó señalándole con la mirada el extraño color morado que se había formado alrededor del cuerpo de la paciente. Al parecer, inconscientemente, Kimberly había creado un escudo con la energía que le quedaba—. Por eso ellos no regresan —concluyó haciendo que viera a las almas vagar por el pasillo.

Los ojos de Baecker se entrecerraron.

—Te lo ruego, devuélvemelo…

—Ya no tendremos esta conversación. Ahora, ¡suélt…

—¡¡Devuélveme mi vida!! —gritó sintiendo que su garganta se desgarraba. Apretó más su agarre obligando al Doctor inclinarse—. Devuélveme todo lo que me quitaste… hazlo… hazlo… —el piso de la nada se hacía más lejano, ¿qué pasaba? Oh, la estaban levantando.

—Sólo recuéstenla —ordenó señalando la cama. Los dos guardias asintieron y dejaron caer el cuerpo de Kimberly como si se tratase de un trapo viejo, después, salieron de la habitación y se quedaron esperando a que su superior saliera—. Alguien como tú, no tiene vida. Recuérdalo.

La puerta se cerró y Kimberly sintió su cuerpo otra vez. Seguía llorando: sólo quería despertar de aquella pesadilla, despertar y verlo, eso quería. Tom… se lo habían llevado y ella no pudo hacer nada, se lo habían quitado, ¡se había ido!

—Vuelve… Tom… no me dejes.

—Sam, no —advirtió Bill deteniéndole del brazo—. No es el momento, déjala… si la tocas…

—No me importa —dijo casi en susurro y sin dificultad, se soltó del agarre para irse a sentar a un lado de Kimberly, pero algo en él dolió.

—¿S…Sam? —lo llamó Jeny con miedo en sus ojos, algo no estaba bien.

¿Era posible sentir dolor estando muerto? Si era así, entonces, deseaba morir una vez más. Aquello lo estaba torturando, ¿qué pasaba? No podía mover su cuerpo, pero sí sus ojos: miró a Kimberly, ya no sollozaba, ya no se movía. Algo le estaba ocurriendo y no era algo bueno.

—Fuera —logró escucharse.

—¿K…Kim…?

—Fuera. —repitió un poco más claro esta vez, alzando su cuerpo del colchón. Su cuerpo podía moverse, pero parecía que su mente continuaba ida.

—No podemos irnos —informó Bill—. No te podemos dejar en este estado y… tampoco podemos acercarnos. Kimberly, te lo pido, por favor, tranquilízate y déjanos…

—¡¡Fuera!! —gritó dejando completamente inmóvil al rubio.

Jeny tomó su pecho, le faltaba el aire pero… ¿cómo? Llevó sus manos hacia su cuello, parecía que se quería arrancar la piel, lo que fuese para poder respirar de nuevo. Desesperada, se dejó caer al piso y daba grandes bocanadas de aire, el cual, no podía entrar en su sistema. Ya que en sí, ella no existía.

—¿Qué… está pasando? Kimberly, ¡basta, los lastimas! —pidió Bill abrazando el cuerpo de Jeny. El cuerpo de Kimberly tomó asiento en la orilla de la cama, a un lado de Sam y fue ahí cuando el pelinegro pudo observar su rostro: su mandíbula estaba endurecida y sus ojos no tenían vida. Parecía que había entrado en un trance que su propia energía había ocasionado. Esto era malo, muy malo.

Observó por la puerta como todos los seres se movían de un lado al otro, ¿trataban de escapar? Y si era así, ¿por qué? ¿Qué iba a suceder?

—Devuélvanmelo —exigió y esa no era su voz. La que habló parecía ser una mujer madura que guardaba demasiado rencor en su interior.

El labio inferior de Bill tembló.

—Yo también lo quiero devuelta.

El aura color morado se extendió en un santiamén por toda la habitación, parecía que Kimberly estaba haciendo un último esfuerzo por contener toda aquella energía.

—¡Devuélvanme a Tom!

Jeny ya no aguantaba y Sam estaba congelado pero sentía su interior arder. Era espeluznante.

—Kim… basta —las lágrimas comenzaron a brotar—. Esto no hará que regrese…

—Eres su hermano ¡y no lo protegiste! —la boca de Bill se abrió.

—¡Estás equivocada!

—No lo protegiste, no lo hiciste. Tú también querías que lo separaran de mí, ¿no es cierto? ¡¿No es cierto?!

—¡No!

—¡Mientes!

—Ah… B…Ah... ill. —la voz entrecortada de Jeny comenzaba a desesperarle. No podía hacer nada, Kimberly lo había inmovilizado al igual que Sam.

—Todos mienten... ¡¡todos lo hacen!!

Aquella energía comenzó a brillar. El color morado se hizo más fuerte y Bill estaba seguro, Kimberly no iba a detenerlo por mucho más.

Mamá y papá le mintieron. La dejaron, la olvidaron en ese lugar. Se avergonzaban de ella, deseaban nunca haberla tenido, lo sabía, ¡lo sabía!

—Madre… padre… —las lágrimas seguían saliendo sin control—, ¡¿por qué?!

Bill se abalanzó contra el cuerpo de Jeny, dispuesto a protegerla: la energía se había liberado, por fin. Pudo sentir como todo su ser era acobijado por una sensación cálida y abrumadora, era como si hubiese entrado en un remolino de sentimientos encontrados. Sólo deseaba salir de ahí… ir con su familia, sentirse a salvo. Quería ayuda.

—¿T…tú? —balbuceó al ver fugazmente a una pequeña niña que se parecía a Kimberly. ¿Qué hacía ella en ese lugar?

—Lo siento, me rechazó por completo.

Bill sonrió.

—Ya veo…



Sus pasos se detuvieron al ver a sus compañeros ir hacia él. Al parecer, el espectáculo había terminado y Kimberly se había quedado sola, eso lo hizo retomar su marcha. Las llaves sonaban en la bolsa de su pantalón al chocar, hace mucho que no corría por una paciente, ni se sentía desesperado o angustiado por un inquilino. Todo eso había sido hace unos años, con Jeny.

—¿Va con Kimberly, Listing?

Baecker, ¿por qué no lo vio? ¿Estaba demasiado absorto en sus pensamientos que no lo vio pasar a su lado? Maldición, estaba tan cerca…

—Yo…

—Dígame, ¿qué fue lo que le hizo acceder a desafiarme?

—¿D…disculpe? —Baecker le dio la espalda.

—Debió de haber tenido una gran amistad con Kaulitz para ayudarle a llevar ese “romance” con la paciente de la habitación 1014 —su cuerpo se heló—. Oh, en fin, ese hombre no pisará esta institución, otra vez.

—¿Dónde está Tom ahora? —calló de golpe al sentir la fría mirada de su superior sobre él.

—Debería preocuparse por usted en estos momentos. Y por cierto, si se acerca a esa habitación le aseguro que tendrá el mismo destino que su compañero.

Georg miró de reojo el pasillo visualizando la puerta de Kimberly. Sabía que no debía dejarla sola, sabía que debía ir y decirle que Tom volvería pronto, que no se desanimara pero… no podía mentirle. Ni siquiera él sabía si iba a regresar.

«Ni siquiera sé dónde está —sus dientes se apretaron—. Mierda, ¿¡qué sucedió ahí dentro?!»



Todos se miraron entre sí. Habían sentido un pequeño escalofrío recorrer sus espaldas, pero después, no le dieron importancia y siguieron con sus labores aunque claro, no estaban concentrados: todos se preguntaban y hacían indagaciones acerca de lo ocurrido con los dos guardias y la paciente del último piso.

Roy había sido llevado al hospital de inmediato. Todos aseguraban que estaba inconsciente y que tal vez, podía entrar en coma debido a los golpes dados, claro, todos eran rumores.

Y acerca de Kaulitz, lo único que supieron de él fue que había sido trasladado a la estación de policía y que su entrada al hospital, estaba prohibida, de por vida.

—¿Usted que piensa, Detective Smith?

—No es mucho pero… creo que será de gran ayuda para este caso —murmuró dejando el legajo sobre el escritorio—. Podría ser nuestra oportunidad. Podría.

Su subordinado hizo una mueca.

—¿Podemos contar con un muchacho como él? Quiero decir, mírelo, ¿está completamente en sus cinco sentidos?

—Sólo le diré que, el que no arriesga, no gana.

Su subordinado se cruzó de brazos y vio a su jefe entrar a la sala de interrogatorio. Dejó el legajo sobre la mesa, Tom ni se inmutó con su presencia: le preocupaba más otra cosa que el ser interrogado. Le preocupaba Kimberly… debía llegar con ella.

—Ya le dije todo —le recordó moviendo un poco sus manos. Las esposas comenzaban a calarle.

—Lo sé. Su declaración está siendo procesada en estos momentos —informó—. Ahora, Sr. Kaulitz, me gustaría que hablemos de otra persona.

—¿Otra… persona? —el Detective asintió.

—Hábleme de su jefe, el Director Baecker.


Nota final: Sólo diré que... se viene algo interesante con Bill e.e, espero y disfruten de la lectura *w*