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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

23 dic. 2012

Capítulo cuarenta y uno



Los días habían trascurrido y las pocas heridas que sufrió el hospital habían sanado. Ya no se hablaba del asesinato que había ocurrido meses atrás, era como si nunca hubiese existido esa persona. Además, ¿para qué recordarlo? Al fin y al cabo, su familia lo había olvidado en el día que lo internaron.

La muerte del paciente ya era historia antigua.

La tensión entre Gustav y Tom había disminuido aunque eso no significaba que el rubio aun estaba de acuerdo con la relación que sostenía con Kimberly. Pero al ver que su amiga era feliz, no podía oponerse como él quisiera. Aunque pudo comprender, que los sentimientos del chico de rastas eran sinceros.

Tom no quiso saber absolutamente nada del pasado de Kimberly (ya que las primeras semanas después de la pelea, Gustav le siguió insistiendo en que tenía que saber algunas cosas de ella), no le importaba. ¿Para qué recordar cosas que la chica quería olvidar? Lo que sea que pasó, fueron errores del pasado. Errores, que estaba seguro Kim no volvería a repetir.

Se sentía bien estando con ella, aunque seguía demostrándose algo distante, ya no era tan fría como lo era antes. Solo por eso le gustaba ir al trabajo, extrañamente, ese lugar lleno de tristeza le daba tranquilidad a su mente pero, la persona que se encontraba en la habitación 1014 del último piso del inmueble, se lo llevaba todo: distraía su mente, su cuerpo se sentía en paz y lo más importante, con ella, podía sonreír. No importaba qué.

Pero, cuando la noche se terminaba, toda buena sensación en su cuerpo se desvanecía y regresaba a su cruda realidad que ya llegaba a sentir como un infierno. Por más que no se quería mostrar débil frente a sus padres y mucho menos con su hermano… simplemente no, ya no podía. Ya era mucho dolor para su alma. Bill ya tenía mucho tiempo en coma y los Doctores no les habían dado alguna buena noticia: su gemelo no ha tenido mejoría y podía sospechar que las cosas solo iban de mal en peor. Por más que intentaba no pensar en lo peor, no podía evitarlo. Ya era demasiado.

Sabía que lo mejor era dejarlo todo ahí, sentía en su interior que su hermano estaba sufriendo pero… por más que quería ser fuerte, no podía.

No lograba verse sin su gemelo. Después de todo, él era la única familia que le quedaba.

Bill sabía lo que Tom ha estado pensando y por dentro, se sintió agradecido al saber que pensaba dejarlo ir. Pero, todavía no, no era el momento. Aun le faltaban un par de cosas por hacer: enfrentar a su padre, Jörg, era la primera. Quería hacerlo solo, sin que Tom lo supiese ya que sabía que eso solo lo desmoronaría aun más.

Él, Bill, sería el único capaz de hacerle pagar por todos sus pecados. Haría pagar todo el daño que le hizo a su familia, haría pagar su abandono.

Segundo, estaba su gemelo. Hablaría con él, para eso es que se estaba “entrenando” con Sam. El chico había comprendido que enfrentar las cosas por medio de Kimberly no era la forma correcta de hacerlas. Ella no es de su familia, ella no comprende el dolor que han cargado desde niños.

Hablar con Tom simplemente no le correspondía y de mala gana, comprendió que involucrarla en esto había sido una mala idea.

Y por último, su madre. Pero hablar con ella, no le correspondía a él, sino a Tom. Por eso necesitaba hablar con él primero.

Simone lo había menospreciado tanto que ni siquiera Bill lo soportaba. Había sido cruel con su hermano por tantos años que era el momento de ponerle un alto. Acto que le corresponde solamente a Tom.

Para cuando aquella confrontación llegase, él no iba a estar ya en este mundo. Lo sabía, lo tenía presente. Se sentía mal por eso: dejar solo a Tom cuando se enfrentara con su madre, su mayor desafío. Pero de alguna manera, sentía que eso era lo correcto; estaba seguro, que eso era lo que Tom necesitaba para volverse fuerte y de una vez por todas, independiente.

Para todo aquello Bill tenía que hacer sacrificios, pero no le importaba. Sam le había explicado el por qué su alma había perdido color, éste le respondió con honestidad y le advirtió que se estaba llenando de odio y pronto, se corrompería. A lo que Bill no podía estar más de acuerdo.

Tal vez marcharse con odio no era lo que él esperaba, pero si eso significaba cumplir con sus metas y ayudar a su hermano, lo aceptaría sin reproche alguno.

Últimamente, no ha visitado a Kimberly aunque ésta se lo pidiera. Lo mejor era alejarse de ella, que se olvidara de él y del favor que le había pedido. También, esperaba que se olvidara de su hermano ya que (aunque él realmente quería verlos juntos) sabía que su relación no iba a funcionar y mucho menos, terminaría bien para alguno de los dos.

Aunque fuesen felices por el momento, aquel sentimiento no era para siempre. Él lo tenía más que claro, también Sam.

El chico cada vez se volvía más distante y a la vez más sincero con su pupilo, ¿para qué seguirle ocultando la verdad? Si ya le había contado casi todo aquella vez en el hospital. Bill casi sabía todo de su vida, cosa que Kimberly ni siquiera se imaginaba. Kim… su amor platónico desde que la vio crecer.

Aun no podía comprender como es que se llegó a enamorar de ella. Ni siquiera logró sentir aquel gesto por alguna mujer cuando se encontraba con vida y ahora, gracias a la ironía, lo conoció estando muerto. ¿Qué acaso su sufrimiento no iba a terminar nunca?

La quería, pero la odiaba al mismo tiempo al saber que lo que sentía era algo imposible y estaba consciente de que nunca iba a ser correspondido. La detestaba por haberle dado la espada cuando le pidió ayuda y cuando se negaba a escucharle en extraños momentos donde tenía ataques de amabilidad y trataba de darle ánimos. Y por último, la aborrecía… porque ella si pudo encontrar un amor. Porque aquel sentimiento era mutuo. Porque era feliz y no era por él, porque se volvió fuerte y no fue por su ayuda. Era por Tom. Encontró todo lo que buscaba en ese guardia y no en él. ¿Por qué? ¿Qué es lo que él tenía de especial (quitando el hecho de que él si estaba vivo), qué es lo que le faltaba para estar a su altura?

Pero, el peor sentimiento era el odio que se tenía a sí mismo por lastimar a la única mujer que amó. Eso jamás se lo perdonaría. Nunca. Si es cierto que Kimberly se encontraba internada en el hospital a causa suya… jamás fue su intención hacerla terminar como una loca. Las cosas se le habían salido de las manos. El sentimiento de venganza y rencor que sentía hacia el doctor que lo había asesinado era tan grande que no lo dejó pensar con claridad y cuando logró volver en sí, ya era demasiado tarde: Kimberly estaba encerrada.

Eso le enfurecía y lo hacía sentir más miserable: además de cargar con su pena, cargaba con la de la muchacha que al fin y al cabo, era completamente su culpa.

Suspiró. Y después vinieron los celos hacía todos los que querían ayudarla, por ejemplo, ese tal Gustav. En ese tiempo, Sam tenía la idea de que nadie sería capaz de ayudarla, nadie excepto él pero después, ¡tuvo que llegar ese maldito guardia y arruinar todo!

Tom le hizo entender que él no era la salvación de Kimberly, no lo fue y nunca lo será.

Aquello era… triste.

—Pero… si él es lo que tú necesitas te juro que yo… yo… —titubeó—. Kimberly… —susurró acariciando, no, rosando con miedo su mejilla— desapareceré para siempre de tu vida.

Le prometió a la chica que yacía profundamente dormida y que se protegía con la sábana que su pareja le había regalado noches atrás.


«Ya no te haré daño. Nunca más.»





—Lindo listón, combina con tus ojos —bromeó Tom tomando asiento a un lado de su compañero. Georg rió por lo bajo y sin sentirse ofendido siguió jugando con el listón verde que se había encontrado a las afueras del hospital hasta que al final, decidió guardarlo en la bolsa de su pantalón.

—Puedo preguntarte algo… sin... qué te ofendas —su compañero asintió—. ¿Por qué aun lo conservas?

—Uh bueno, la verdad no lo sé —confesó mirando hacia el piso—. Estaba dispuesto a tirarlo cuando llegué a casa pero… sentí que no era lo correcto y decidí conservarlo. Tan fácil como eso.

Tom sonrió.

—Eres tan raro, Listing.

—¡Gracias!

Entre sonrisas, Tom miró hacia el ventanal. Los dos guardias se encontraban sentados en el pasillo de los consultorios. Aquella era una noche tranquila y Tom solo esperaba la hora para ir a visitar a Kimberly.

La nieve que caía con suavidad les informaba que ya estaba a punto de entrar el invierno. Una estación favorable para el de rastas, ya que siempre le había gustado ver caer la nieve, como en ese momento.

—Te tranquiliza, ¿cierto? —escuchó de pronto de su compañero. Tom, sin contestarle, asintió.

De la nada, se puso de pie y avanzó hacia la gran ventana, mirando con dirección hacia el pequeño jardín de girasoles: todos estaban sepultados debajo de esa manta blanca, perdiendo su color. Parecía que la nieve estaba dispuesta a desaparecer todo lo relacionado con el sol.

«Y también… quisiera saber… por qué son tan hermosos aquellos girasoles que se encuentran en el jardín»

Recordó fugazmente.

Recargó su mano en el vidrio y poco a poco fue apretándola. Kimberly quería estar en ese sitio, ella quería ver los girasoles en persona, tocarlos, olerlos y tal vez hasta llevarse unos cuantos a su habitación.

Tom había notado (las pocas veces que le ha tocado llevarla con el Dr. Jost) que aquellas flores siempre la hacían sonreír. No importase si se encontraba de mal humor. Los girasoles la hacían sentir bien, le encantaban esas flores aunque ninguno de los dos supiera el porqué.

Sus hombros se encogieron. Y ahora, ¿qué pasara cuando Kim vea que ese campo amarillo ya no existía? Se pondría triste. Sacudió su cabeza. No iba a permitir que eso pasara.

Él le había prometido que la llevaría a conocer los girasoles. Bueno. Aquella promesa se iba a cumplir, ¡hoy mismo!

—Georg, ¿el Dr. Jost sigue en su oficina? —preguntó sin despegar la vista del campo.

—Uh, creo que sí. ¿Por qué?... ¿Tom?

—¡Te veo al rato! —se despidió sacudiendo su mano para después, perderse por el pasillo.

Georg bufó. Algo se traía entre manos, estaba seguro. ¡En fin!


Sacó nuevamente su listón verde y prosiguió jugando con él perdiéndose en ese lindo color verde que lo hacía suspirar.





—¡Dr. Jost!

—¿Sí, muchacho? —contestó alarmado dejando de llenar las últimas planillas para poder irse a su casa— ¿Sucede algo malo… con Kimberly? —se atrevió a cuestionarle ante la forma en la que había entrado.

—Eh… no, pero si tiene que ver con ella —aseguró torpemente.

—Habla —dijo interesado. Se acomodó en su silla y entrecerró sus ojos.

—Verá, estoy seguro que usted ha notado que a Kimberly le gusta demasiado los girasoles que se encuentran haya afuera —señaló la puerta. Jost asintió.

—Prosigue.

—Bueno, me gustaría que le diera permiso de salir a verlos, antes de que queden completamente sepultados por la nieve —lo pidió con tanta seguridad de que iba a recibir un “sí” que no pudo evitar sonreír.

Las cejas de Jost se alzaron ante esa petición. ¿Qué acaso el muchacho era idiota? Al parecer había olvidado que los pacientes del último piso tenían prohibido salir, por seguridad.

Juntó sus manos sobre la mesa y miró hacia la puerta entreabierta logrando ver que estaba nevando.

Tom estaba en lo cierto, Kimberly amaba los girasoles del jardín pero aun así…

—No estoy seguro en acceder ante tu petición.






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Jost, di que sí >:c kdfjhdskjfhdkgf aprovecho en subir este capítulo solo para desearles una muy feliz navidad :D que mañana tengan un día especial con todos sus seres queridos y que el 25 reciban todo lo que pidieron OJO, hay que recordar que lo material no es lo importante sino el cariño, el respeto y amor que te dan sin la necesidad de recibir algo a cambio.
Los quiero mucho lectores, ¡felices fiestas!

PD. ¿Quieres saber sobre mí? Puedes hacer todas las preguntas que quieras AQUÍ!!

17 dic. 2012

Capítulo cuarenta.



Desde que se despertó no se ha movido del borde de la cama más que para comer. Su interior estaba hecho un desorden y su cabeza parecía que estaba a punto de estallar ante tantos pensamientos desordenados; pero esta vez, no eran por Tom. Por primera vez, él se encontraba en el último lugar de prioridades: lo de anoche había quedado como un (grave) descuido pero él le había prometido que no iba a volver a suceder y ella de alguna manera creía en su palabra. Y aunque las cosas seguían siendo incómodas, no aguantaba las ganas de volverlo a ver.

Dejando eso a un lado, se enfocó en los pensamientos que la han estado trayendo loca toda la mañana: Bill, Sam —como siempre— y ahora, la voz de aquella mujer. Ella nunca había escuchado a una persona antes de morir, eso era algo nuevo y tenía razones para preocuparse: ¿qué significaba? Es lo que quería averiguar. ¿Tendrá que ver con Sam? Resopló. Siempre tiene que ver con él: traía algo nuevo entre manos y lo conocía tan bien para asegurar que no era nada bueno y para colmo, arrastraba a Bill en sus sucios planes. Sabía que él era el principal causante del repentino cambio de humor de su amigo; aquel triste color sobre su alma no era normal, además, Bill no sabía que era capaz de liberarse de la cama del hospital y estaba tan segura que él quien se lo dijo fue Sam pero no entendía el porqué. Se supone que le desagrada, ¿para qué ayudarlo, con qué fin? Nada tenía sentido.

—Que mirada tan más profunda, ¿en qué piensas? —cuestionó divertido con sus brazos cruzados sobre su pecho. Kimberly frunció el entrecejo aún más al escucharlo hablar; no había amanecido de buen humor y no estaba dispuesta a escuchar su tono burlón. No hoy.

—Fuiste a sonsacar a Bill aprovechando que yo estaba indispuesta, ¿verdad? —aquello había sido tan directo que tomó a Sam por sorpresa pero no tardó en tomar nuevamente su tranquilo semblante. Kimberly sonrió fríamente—. No hay necesidad de negarlo, ambos sabemos que sí —volteó a verlo—, pero dime el por qué. ¿Qué es lo que quieres hacer con él?

—Y eso, ¿por qué te interesa? —sus ojos se entrecerraron; quería intimidarla, pero esta vez, no lo iba a lograr.

—¡Respóndeme Sam!

Kimberly cerró su boca de golpe y los ojos de Sam se abrieron ante el tono de la muchacha. ¿Desde cuándo tenía la valentía de hablarle de esa manera? Al parecer, Kim se cuestionaba lo mismo. Pero ya era tarde para retroceder.

Nerviosa, se puso de pie para poder encararlo como se debía. Pero sus piernas temblaron al recordar que la última vez que lo hizo, estuvo a punto de perder a su amigo Gustav y al final, tuvo que rendirse ante él. Sus puños se apretaron. Bueno, esta vez no iba a ser así.

«¿Cierto?», le preguntó a su otro yo quien se encontraba a un lado de Sam. Para ella, al principio se le hizo algo tan extraño de que el hombre no se diera cuenta de su presencia, pero después, agradeció tanto aquello. Kimy, con su simple mirada le afirmó la pregunta sabiendo que si se mantenía fuerte, nada malo podía suceder.

—Solo te diré que te estoy haciendo un favor —respondió sin importancia—. Deberías agradecérmelo. —advirtió entre dientes.

—¿Favor?

—Te lo estoy quitando de encima. ¿No es eso lo que querías desde un principio?

Kimberly enmudeció. Sí, eso quiso la primera vez que lo conoció pero eso es lo que quería con todos, ¿por qué enfocarse solamente en Bill, solo por qué a él sí quiso ayudarlo? Negó. Las intenciones de Sam iban más allá de una simple ayuda. Además, ¿cuándo le ha gustado hacer favores? Nunca.

—Dime la verdad. ¿Qué demonios quieres de él?

—¡Vocabulario! —la regañó entre dientes, pero de igual manera, recuperó su tranquilidad en cuestión de segundos.

Sonrió y alzó sus hombros sin despreocupación haciendo enojar mucho más a Kim. Su actitud le demostraba que todo era un maldito juego para él; molestarla, es lo que más le gustaba hacer, se le hacía muy entretenido.

—Solo quiero que sepa las cosas que nosotros podemos hacer. Limitarle al chico sus poderes es algo cruel, ¿no crees?

—No hay necesidad de que los use —le aclaró—. Después de todo, no será mucho el tiempo en el que él permanezca aquí.

La ceja de Sam se alzó.

—¿Eso crees? —rió—. Han pasado meses desde su llegada y aun así no has podido cumplir con tu parte, ¡ni siquiera te has tocado el tema con el estúpido guardia! —bufó—. Creo que Bill estará un bien tiempo entre nosotros.

—Yo no decido cuando intervenir. Eso es decisión de Bill: cuando él esté seguro, yo hablaré. —Hizo una mueca—. Después de todo, soy solo una mensajera.

Aquel comentario era más para ella misma que para Sam.

Sí, ella era simplemente eso. Un medio, un puente entre el mundo de los vivos y los muertos; cosa que ninguno de los dos lados comprende: uno lo ve como algo inexistente e imposible y el otro solo lo quiere utilizar para causar daño. Algo que ya es imposible hacer. Pero ellos no entienden, nadie lo hace y es por eso que ella se encontraba encerrada en ese lugar.

Apretó fuertemente sus puños. ¿Solo era eso? ¿Acaso ese era su destino?

«No», aseguró viendo a Kimy. Ella era más que eso.

—Cuando eso suceda, Kim, él mismo será capaz de hacer el trabajo, ya no necesitará de ti y de nadie. Será completamente libre.


Aquellas palabras se le atravesaron como agujas en todo su cuerpo y cuando clavó su mirada en él, pudo distinguir que su rostro poseía una sonrisa vacía. Con que de eso se trataba todo: sacarla del juego. Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que Sam no quiere que haga?

—Esto pasa cuando no quieres ayudarme —como si hubiese leído sus pensamientos, volvió a hablar aunque no necesariamente respondió a sus preguntas—. Te dije, hace mucho, que si tú no me ayudabas, yo lo haría de todos modos: tarde o temprano pero esta vez sería a mi manera. —Le recordó—. Y ahora que tengo la oportunidad, no la desperdiciaré.

Kimberly lo miró vacilante. Aunque de niña Sam siempre le insistió en que le ayudara a cometer una “venganza” nunca de los nunca le dijo de qué se trataba o contra quién era pero como el hecho de lastimar a los demás estaba implícito, se negó rotundamente en participar con él.

—Utilizarás a Bill para cometer lo que tenías planeado desde hace años. Le quieres llenar de odio para que te sea útil ya que (según lo que he visto a través de mis días) un alma corrompida es más poderosa. Pero te aseguro —sus ojos se entrecerraron— que por más que el alma de Bill se esté volviendo añicos, nunca, ¡nunca accederá a ayudarte!

La sonora carcajada de Sam resonó por toda la habitación y ésta, logró borrarle la confianza que Kimberly tenía sobre sus palabras.

—Lo hará, porque esto también tiene que ver con él. Kimberly —resopló—, ¿crees que tomaría un alma al azar? ¡No! ¿De qué me sirve si no está conectado con lo sucedido? Necesito a alguien que haya tenido contacto con… con él —soltó casi en susurro—. Así las emociones estarán de por medio y la persona sufrirá mucho más. —Explicó a un sin dar demasiados detalles.

—Sam… —susurró perpleja. Era la primera vez que lo escuchaba de esa manera; era como una mezcla de dolor con impotencia… nunca pensó que existía algún sentimiento de sufrir dentro de él —sus ojos se cerraron—. Había olvidado que también había sido una persona.

—Aun así… —balbuceó insegura—, aún así ¡no te permitiré que lastimes a Bill! —gritó enfrentándosele como se debía. Sam estaba sorprendido, aunque no lo aparentaba, Kimberly le ha estado hablando de una manera que nunca lo había hecho en toda su vida: sin miedo. ¿Qué mosca le había picado? ¿Por qué de la noche a la mañana se volvió una persona segura de sí misma?

«Ese guardia… ¿tendrá algo que ver?»

—Sam, tu nunca me dijiste que fue lo que te había pasado o si es que alguien te había hecho daño. Tu solo viniste hacia mí con la intención de ayudar a lastimar a los demás, ¡nunca me diste razones! —calló para recuperar el aliento—. Si después de todo, sigues sin querer contarme de tu vida, está bien, no te obligaré a que lo hagas pero algo que sí te pido. No. ¡Te ordeno! Es que no metas a nadie más en tus asuntos, no me importa si tienen algo que ver o no con tu pasado. Tienes que comprender que tus asuntos, son solo tuyos… no arrastres a alguien más en tu infierno, por favor… deja en paz a Bill.

Un silencio sofocante se hizo presente en la pequeña habitación. Lo único que se lograba distinguir era la fuerte respiración de Kimberly: trataba de recuperar el aliento después de escupir todas esas palabras de un solo golpe. Y no. No se arrepentía de nada de lo que había dicho. Sam, decidió después de mucho, despegarse de la pared para caminar hacia ella y al estar a unos cuantos centímetros de distancia, se detuvo. Extrañamente, no tenía intención de lastimarla.

—Lo que haré Kimberly, nos salvará a todos. Incluyéndote.

Y dejando aclarado esto, se dio media vuelta para abandonar el cuarto pero por alguna razón, se volvió a detener y volvió a mirarla al recordar al estúpido hermano de Bill.

—Sabes —exhaló—, no es de mi incumbencia, quizá. Pero deberías de hablarle a ese idiota de lo que en verdad eres —señaló con la cabeza hacia la puerta—. Lo creas o no, él sigue pensando que lo tuyo es una enfermedad.

Los ojos de Kimberly se centraron en el piso al escuchar aquellas palabras. ¿Decirle la verdad a Tom? Pero… si lo hace, ¿qué pensará? Tristemente, las cartas no estaban a su favor.

—¿Qué? No me digas que crees que si le dices la verdad realmente terminará juzgándote como loca —suspiró—. Bueno, si eso llegara a pasar, ¿no crees que eso sea una señal de que él realmente no te merece? Piénsalo. —le pidió en el momento en el que lo miró. Kimberly afirmó ante su consejo ya que de alguna manera, lo que le dijo no era con una mala intención.

—¡S-Sam! —tartamudeó al ver que se marchaba—. Dejarás a Bill en paz, ¿cierto? —el chico sonrió de medio lado.

—Ya veremos.

Los hombros de la chica se encogieron al verlo traspasar la pared para tomar un rumbo desconocido. Esa respuesta, en su lenguaje, era un rotundo “no”. Pero no importaba, no iba a dejar que lastimara más a Bill de lo que ya estaba, eso era una promesa.

«Lo que haré Kimberly, nos salvará a todos...» Una mueca se formó al recordar esas palabras. Sam se escuchaba tan seguro de eso, pero, ¿”a todos”? Demonios, ¿a qué se refiere? ¿Quién es esa maldita persona que Sam quiere lastimar? Tenía que descubrirlo ya que al parecer «…Incluyéndote», también tenía algo que ver con ella.

Su labio inferior tembló ante lo último que le había dicho antes de marcharse. “Dile la verdad”, como si fuera tan fácil. Al principio, le tenía sin cuidado lo que Tom pensaba de ella: si la creía loca, chiflada o no, no le importaba. Pero, ahora, todo aquello la tenía angustiada: ya no quería que la viera con ojos de lástima y se alegró al descubrir hace poco que su mirada delataba que la miraba diferente, se podría decir, la miraba con cariño.

Ahora, se mordió el labio para retener un engañoso sollozo. Al parecer, Tom tenía la esperanza de que sus “delirios” se fueran calmando poco a poco, ya fuera gracias a las medicinas o por si solos, pero, ¿cómo hacerle entender que lo suyo no tenía cura? ¿Cómo reaccionaría al decirle que ella era una conexión entre los vivos y los muertos? Eso la haría sonar más loca de lo que se supone ya estaba y solo ocasionaría que se alejara de ella.

Kimy le había dicho que por el momento no le dijera nada. El muchacho traía tantas cosas en la cabeza que si le decías algo más todo estallaría y lo llevaría directo a la demencia. Y tenía razón: Tom llevaba mucho dolor en todo su cuerpo y lo almacenaba en el remordimiento de sus pensamientos. Él no aguantaría una noticia como la de Kim.

Al final, decidió que aún no era el momento de explicarle lo que en verdad sucedía con ella. Era mejor, por lo pronto, que siguiera creyendo que lo suyo era mental ya que al fin y al cabo, apenas se está acostumbrando a esa idea.

—Dios, Sam… cuándo… ¿cuándo volviste a ser tan humano? —le preguntó a la pared donde el muchacho había desaparecido hace apenas unos minutos.


Lo desconoció, definitivamente. Pero algo muy dentro de ella le pudo asegurar que esa era su verdadero ser. Si tan solo… si tan solo hubiera sido así desde un principio, tal vez las cosas hubieran tenido un ritmo diferente en estos momentos.



Él los observaba desde un rincón oscuro de la habitación. Sabía que esto último no iba a ser nada fácil para Bill, pero tenía que afrontarlo en algún momento.

—¿Estás listo? —preguntó apretando ligeramente su hombro.

El joven dejó de sostener la mano de su gemelo y sin voltear a ver a Sam, cuestionó:

—Esto ayudará a todos, ¿verdad? —el rubio asintió—. Supongo que… no hay otra salida —se resignó por fin sin dejar de mirar a su hermano.

Salidas, siempre han existido muchas. Pero si la razón es alejar el dolor solo ha existido una: el sacrificio.



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Me costó taaaaaaaaaaaanto empezar a hacer este cap, pero de la nada, la inspiración llegó a mí y no pude dejar de escribir, fue tan extraño .-. pero el resultado me encantó *-*. Espero y a ustedes también les guste :D
PD. Sam puede ser un amor cuando quiere, ¿no? 

9 dic. 2012

Capítulo treinta y nueve



El paisaje era digno del ambiente otoñal: hojas con su color naranja y café regadas por todo el pavimento y el dulce aire fresco que te penetraba los huesos de una manera especial. La chica sonrió. Nunca pensó que volvería a ver ese tipo de escenas: disfrutar del libre viento golpear su rostro de manera suave y de oler esa frescura de la naturaleza. Sonrió. Aunque aquel gesto no duró mucho.

La verdad, esperaba salir pronto del hospital. Pudo mejorar su comportamiento y después de mucho esfuerzo, logró poner uno de sus pies nuevamente en la tierra solo le faltaba un pequeño empujón para tener el otro dentro y volver a llevar una vida completamente normal, pero de eso, se encargarían ya sus pocos medicamentos y la fuerza que le brindara su familia. Su familia… ¡volvería a ver a su familia después de cuatro años!

Miró hacia el horizonte mientras el viento revoloteaba su cabello y su vista se perdía en las hojas que se despegaban del piso para danzar junto con la corriente otoñal. El camino estaba desierto, ninguna persona se divisaba a lo lejos ni por los al rededores así que regresó su vista a sus pies y miró de reojo hacia su única maleta para cerciorarse de que aun se encontraba ahí.

Soltó un inseguro suspiro. Aun no comprendía el porqué el Dr. Baecker le permitió esperar a su familia a las afueras del hospital; según él, ellos ya estaban en camino y llegarían en menos de media hora. Ya iban para hora y media. Quería regresar al hospital, pero tenía miedo de que la regresaran nuevamente a esa sala con todas sus compañeras (no las quería), pero, el frío poco a poco comenzaba a calarle y el suéter que traía no era suficiente. Suspiró por última vez mientras se abrazaba a sí misma para darse algo de calor; solo esperaba que su familia esté a la vuelta de la esquina… ya no quería saber más de aquél hospital.

“¿Hm?”. Dejó de ver nuevamente hacia el camino de donde se suponía, se vería el auto de sus padres, y miró hacia atrás. Aseguró haber escuchado a alguien así que se volteó completamente mientras agudizaba la vista para mirar mejor entre el pequeño bosque de árboles casi secos.


—¿Mamá? —preguntó la paciente buscándola con su vista—. Mamá, dime, ¿eres tú? —cuestionó deshaciendo su propio abrazo para dejar solamente una mano hecho puño en su pecho—. ¿Ma…mi? —sus ojos se abrieron completamente para soltar un leve quejido entre sus labios; después, cayó.

Las hojas otoñales comenzaron a tomar un color rojizo. El golpe, ocasionado por un bat de aluminio, había sido tan fuerte que su cabeza comenzó a sangrar. El arma, con restos de sangre, cayó a un costado rebotando en la tierra y extrañamente, hizo un ligero eco.

La paciente fue levantada con cuidado y colocada en la cajuela del auto no sin antes examinar la herida. Bleh, no era tan profunda, aguantaría el viaje. El bat fue limpiado en el momento en que se levantó del piso y puesto debajo del asiento del conductor; antes de subir, se percató de la presencia de una pobre y vieja maleta color café. Fue hacia ésta, la recogió y la abrió para revisar su contenido: solo un cambio de ropa, un peine y un listón para cabello color verde. Cada vez, dejaban llevar menos equipaje. Abrió la puerta trasera del auto y aventó el maletín. Ya no había nada más que hacer en ese lugar, por ahora.





Todo era confuso, ¿por qué se encontraba en otro hospital? Se supone que ella había sido dada de alta, ¡no que la iban a transferir a otro lugar!

Se quejó por lo bajo, sentía un horrible dolor de cabeza en un lugar específico así que con cuidado, llevó su mano hacia la parte posterior de ésta y pudo sentir algo de sangre seca en su cabello y una venda cubriendo algo, una herida. Entonces recordó: nunca llegaron por ella, ¡la atacaron a las afuera del hospital! ¿Acaso… acaso la habían secuestrado? Pasó saliva con dificultad mientras inspeccionaba el lugar; ya comenzaba a sentir el miedo de la soledad, además, algo le decía que no iba a salir de ahí con vida.

—Ya despertaste —escuchó.

—No quiero morir aquí —confesó la paciente llorando y sintió unas manos en sus hombros que trataban de reconfortarla. La mujer paró sus sollozos sorprendida: el tacto se le hacía familiar… ella conocía a la persona.

—No morirás Jeny, solo me ayudarás a realizar unos experimentos, ¿ok? Te beneficiarán a ti y a las próximas generaciones que sufran de esquizofrenia.

—No —negó con los ojos llorosos—. No quiero, ¡no quiero!

El Dr. Baecker sonrió.

—No tienes elección —le hizo saber acariciando su cabello color azabache—, tu destino es contribuir con la ciencia.

Jeny comenzó a llorar pero los sollozos se quedaron atorados en las puertas de sus labios. La voz se le había ido a causa del miedo y la tristeza: moriría y nadie se daría cuenta de ello, ni siquiera sus padres.

Pudo sentir el roce de algo metálico en su nuca percatándose de que se trataban de unas tijeras que comenzaban a arrasar con su largo cabello: grandes mechas caían al piso y otras se quedaban atoradas en sus hombros y al sentir que en su cabeza solo quedaba la venda cerró rendida sus ojos mientras las lágrimas aun escapaban sin piedad.

—Ayúdenme —susurró.

Abrió los ojos de golpe y se percató de que estaba boca arriba. Miró a su alrededor buscando señales de lo que fuese en su habitación, pero estaba sola.


—Es extraño, estoy segura de haber escuchado a alguien —murmuró Kimberly con su voz apagada y con ojos tristes—. Esa mujer… al parecer, murió llorando —se dijo a sí misma dándole la espalda a la pared y se acobijó más con esa sábana que su guardia le había regalado—. No se fue en paz.




Había sido una pesada noche: la discusión que había tenido con su madre, la discusión con Gustav, el atrevimiento que había tenido con Kimberly y el forcejeo con el paciente de la habitación #1010 que se había desquiciado nuevamente (más de lo que ya estaba) tratando de herir a su guardia. Se sobó la nuca. Lo único que quería hacer era dormir y olvidar todo lo sucedido pero claro, sabía que no podía hacerlo porque, aunque Kimberly ya no tocó más el tema, se sentía todavía la tensión por la “calentura” que había sufrido y él, él estaba completamente avergonzado.

—Qué noche la de hoy, ¿eh? —exclamó Georg caminando a la par de su amigo—. Por poco y ese loco me muerde el brazo.

—Georg —suspiró—, no quiero escuchar lo que Gustav quiere decirme. Dejemos todo por la paz, ¿ok? Lo vuelvo a mencionar, ese es mi problema, no de ustedes. Gracias. —concluyó caminando más rápido a lo que su compañero se detuvo.

Georg era de las personas que le encantaban hablar, pero también era de esas que son muy predecibles a lo que van a contar. Además, ese comentario del brazo, ya se lo había dicho saliendo del último piso; al parecer, también era distraído. Tom negó divertido. Su compañero era un desastre pero era un buen amigo… aunque en estos momentos sea algo molesto.

—Odio cuando me ponen entre la espada y la pared —confesó el de la coleta volviendo a caminar—. Siempre soy yo el que sale perdiendo.

Era un rico día y promovía ser uno bueno también, aunque la noche anterior había sido un completo desastre. Pero así suelen ser las cosas, ¿no? Un día puede ser el más negro y el otro, el más soleado. Hizo una mueca. Era extraño cómo funcionaba la vida, pero le agradaba.

Al salir del hospital, miró a su amigo de rastas subiendo al autobús que lo llevaría hasta la ciudad. “Wow, Tom, no sabía que vivías lejos de aquí”, expresó ya que él vivía por los al rededores y cuando podía y tenía ganas, se podía ir caminando desde el hospital hasta su casa y viceversa, pero eso nunca sucedía, era un vil flojo; aunque debía admitirlo, el día ameritaba una caminata para disfrutar el paisaje otoñal.

—Bleh, ¿por qué no? —se preguntó a si mismo retomando su marcha y despidiéndose de Tom con la mano. Al parecer, su amigo no estaba molesto con él ya que éste le había dicho Adiós primero. Eso le alegró—. Ve a casa pequeño enamorado.

Los árboles casi secos siempre le habían gustado y luego, con las hojas secas adornando el piso, aquel pequeño bosque que se encontraba en la esquina era precioso. Sintió ironía, ¿cómo un lugar tan lindo podía existir a un lado de uno lleno de horrores y tristeza? La única respuesta que encontró fue que era otra ironía de la vida.

No caminó más al detectar algo extraño a unos metros de él: era un color opaco sobre las hojas, parecía un charco seco y al ir acercándose con cuidado visualizó un listón verde sobre ese charco así que se agachó y lo recogió.

—¿A quién le perteneciste? —se cuestionó curioso mientras una ola de melancolía lo invadía. Aquel listón se le hacía familiar.

Extrañado ante ese sentimiento, decidió guardar el listón en la bolsa delantera de su pantalón y continuar su viaje hacia su casa sin más distracciones pero presentía que ya no habría más.

“Supongo que ahora tendré que ser yo el que cuide de este listón, ¿no? O entonces, ¿por qué me lo pusiste en el camino? —preguntó mirando hacia el cielo y sonrió—. Tal vez pertenece a mi verdadero amor”

Ese era Georg, un hombre alegre y curioso que le fascinaba la manera en que funcionaba la vida: le gustaba afirmar que las coincidencias no existían y que todo era obra de lo que unos llaman destino. Pero sobre todo, Georg era un buen amigo.

—Pienso que Georg debió haber sido un detective privado. Tanta curiosidad en él puede llegar a ser un tipo de Don —concluyó el chico de rastas bajando del autobús para dirigirse a su departamento.



*
Este capítulo no sé kdfhdkshfdskjg Georg *-*, lo extraño tanto u.ú, ¿ustedes no? Espero y disfruten de la lectura :-) ¿Qué opinan del Doctor? :-/ es todo un loquillo.
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8 dic. 2012

Capítulo treinta y ocho



—El amor hacia mi madre —susurró ido. ¿Acaso todavía le tenía amor a su progenitora?

Simone estaba con él todos los días, todo el día desde que sufrió el accidente, ha sido la única que no se ha movido del hospital y cuando lo ha llegado hacer, es a la fuerza. Es cuando ya no puede ni con su propia alma que Gordon tiene que sacarla casi desmayada. Es su madre, y por eso, es que no lo deja solo, pero… —su mandíbula se apretó—, también es la mujer que lo ha tenido aprisionado toda su vida, nunca lo dejó ser y por su culpa, nunca pudo ser un niño normal.

—Tampoco Tom lo fue —expresó con una tristeza en su voz. Y si, culpaba a esa señora que era su madre.

Ella culpaba a Tom de todo lo malo que le sucedía a la familia y a Bill lo asfixiaba de tantos cuidados, según ella, para protegerlo de esos errores. Errores que eran de ella y solo de ella. Simone, su madre, era la culpable de todo. No Tom. No Bill, ni siquiera Jörg. ¡Era ella y su maldita obsesión por tener una familia perfecta!

—No te podías conformar con la humilde familia que éramos, ¿verdad? —cuestionó entre dientes—. Jamás te lo perdonaré madre. Tu, ¡tu destruiste nuestra familia! —gritó a todo pulmón pero calló de golpe al escuchar su voz resonar las paredes y sorprendido, miró hacia el techo: las lámparas habían relampagueado al grado que parecían fundirse.

—Bravo —le aplaudió con admiración—, ¡bravo Bill, bravo! —aplaudió más fuerte y palmeó su espalda.

—Q… ¿qué acaba de pasar? —preguntó sin entender ni una sola palabra con la mirada aun hacia el techo.

—Te acabas de librar de lo que te ataba al hospital. Le dijiste adiós al amor de tu madre.

Los ojos de Bill se abrieron ante aquella noticia.

—¿Qué? —fue lo único que pudo exclamar ya que inmediatamente la sensación de culpa lo invadió.

No se retractaba de lo que le había dicho a la mujer que le dio la vida ya que sabía que cada acusación era cierta pero eso no significaba que no la quisiera. Dejando a un lado todos sus errores, ella había hecho demasiados sacrificios por él y por Tom también. Maldición, ¡ella no dejaba de ser su mamá!

—No —negó y se dejó caer apoyando fuertemente sus manos en el piso—. No, espera, yo no quería eso… yo… yo no estaba consciente de lo que decía. Por favor —suplicó— no me quites el amor de mi madre, por favor.

—¿Quitarte el amor de tu madre? Pero Bill, ¡yo no te quite nada! —exclamó anonado—. Fuiste tú y lo que dijiste acerca de ella es lo que en verdad sientes, odio. Vamos, sé honesto y deja atrás esa personalidad de niño bueno que no te queda: siempre quisiste decir aquellas palabras, se lo quisiste decir a ella para que te dejara ser libre pero nunca tuviste el valor para hacerlo… hasta ahora —suspiró—. Como siempre dicen “mejor tarde que nunca”, ¿no?

—Tal vez —murmuró.

—Alégrate Bill. Ya te libraste de una de las personas que te tienen aferrado a esta cama, estás a un paso de la libertad. —le informó con su vista pegada a la ventana.

Bill, que aún se encontraba en el piso, alzó su mirada con un brillo de inocencia en ella. ¿Libertad? Volteó hacia la puerta sabiendo que su madre estaba al otro lado. Lo que lo ataba a ella ya no existía más, estaba seguro ya que no sentía su asfixiante amor ni su obsesión por convertirlo en el hijo perfecto. Ya no sentía sus manos sobre él. Sam estaba en lo cierto, se había liberado.

—Tienes razón.

—¿Uh? —escuchar su voz lo sorprendió, pero después dio una sonrisa sin importancia—. Claro que la tengo, ¿por qué he de mentirte?

—No me refiero a eso, sino acerca de los sentimientos hacia mi madre —le explicó poniéndose de pie—. Siempre sentí odio por todo lo que le hizo a mi familia, pero nunca fui capaz de decírselo, tal vez por miedo a que arruinara más mi vida y decidí callar pero… todos llegamos a nuestro límite. Y explotamos. Gracias por salvarme, Sam.

Dejó de verlo de reojo y volvió a pegar su vista hacia la ventana. No le respondió a la gratitud de Bill, le fue indiferente aunque escuchó con atención su confesión.

—¿A dónde piensas ir? —preguntó al percibir movimiento por parte de Bill.

—Solo… necesito salir de esta habitación y estar lejos del hospital, eso es todo. Volveré en un par de horas.

—Disfruta tu casi-libertad. —Bill sonrió inmensamente. Pero, aunque estaba feliz, su alma seguía teniendo ese color grisáceo. Color que significa dolor—. Mientras puedas. — Los ojos de Sam se encontraban cerrados mientras sentía como la oscuridad, que se formaba en su pecho, comenzaba a tomar nuevamente su alma. Era necesaria tenerla consigo, no podía dejarla escapar nunca ya que hace años atrás, comprendió que el odio que guardaba era demasiado importante para cometer su venganza.

“Un alma quebrantada es frágil, pero cuando se llena de odio, se hace más poderosa. Bill, a este paso, olvidarte de tu hermano no será un problema… no espero que me perdones por esto pero, te necesito lleno de rencor, necesito que estés de mi lado”.


*


Sus manos pedían entrar dentro de su blusa y como todo un hombre que se debilitaba ante éstas situaciones, estaba a punto de acceder a la petición. Además, Kimberly todavía no le imponía el alto. Esa era una buena señal, pero claro, estaba cometiendo un error: él había olvidado que Kim no era una mujer cualquiera.

“¿Q…qué está haciendo? — los ojos de Kimberly se abrieron de par en par en el momento en el que las yemas heladas de la mano de Tom tocaron su piel desnuda y se estremeció al sentir como éste metía despacio su mano dentro de su blusa—. No, ¿qué hace? No, ¡qué se detenga!” Comenzó a rogar en sus pensamientos y ante el miedo dejó de besarlo y puso sus manos en el pecho del guardia y comenzó a empujarlo pero la fuerza de Tom era superior y de alguna manera, logró atraparla entre sus labios.

—No —logró pronunciar entre jadeos en un momento corto en que separaron sus labios pero al parecer, Tom no la escuchó.

Cuatro o tal vez seis almas se encontraban rodeando la habitación de Kimberly, entre ellos se encontraban el ser que había asesinado a un paciente hace ya algo de tiempo y una mujer calcinada. Bill, anonado, miraba como entre ellos se peleaban por entrar ese cuarto y aun así, nadie lograba traspasar la pared. Confundido, frunció su ceño al cuestionarse cuál era la necesidad de entrar ahí ya que ya los había visto anteriormente y ninguno se llegó a comportar de tal manera. Rodeaban su habitación más no podían entrar, solo Sam y él eran capaces de hacerlo pero nunca hubo algún alboroto. Suspiró. Decidió arriesgarse a traspasar aun con todas esas almas alrededor luchando entre sí.

Una barrera sofocante y poderosa para su ser lo invadió incitándole entrar a la habitación lo más rápido posible. Aquella energía que brotaba era asfixiante pero lo hacía sentir más fuerte y pudo notar como el color gris en su cuerpo se hacía cada vez más y más oscuro. Traspasó y por fin pudo recuperar la movilidad en su cuerpo. Era extraño, él jamás había batallado en entrar con Kimberly, ¿por qué está vez se le hizo imposible pero satisfactorio al mismo tiempo?

—Tom… —exclamó en susurro al verlos. De inmediato, centró su atención en Kimberly y se alarmó al verla asustada y con sus ojos vidriosos—. ¡Mierda Tom! —gritó corriendo hacia ellos pero la verdad, no tenía ni la menor idea de qué podía hacer.

Bill pudo notar que Kim por fin podía verlo ya que sus ojos giraron hacia él y al parecer, se había sorprendido ante eso pero ese momento de incomodidad se acortó ya que los ojos de la paciente se habían cerrado fuertemente ante la desesperación que sentía: Tom sobre ella y ahora Bill aparecía con esa apariencia, ¿qué demonios le había pasado, qué le habían hecho?

—Tom, detente —le ordenó su gemelo—. Las estás asustando, Tom, abre los ojos y mírala, ¡ella no es una mujer con la que puedes jugar! —gruñó—. ¡Ya suéltala! —gritó apretando su brazo a lo que inmediatamente, Tom abrió sus ojos al sentir una fuerte descarga, parecía que le quemaba el cuerpo y fue ahí cuando pudo reaccionar logrando que la calentura bajara.

Kimberly, se encontraba estupefacta y lo único que logró hacer cuando Tom la soltó fue pegarse contra la pared. Los miraba con miedo, sí, a los dos hermanos: a uno por el atrevimiento y al otro por esa energía desconocida que provenía de su corazón. Estaba aterrada y confundida.

—Kim… yo… lo siento —pidió perdón con la respiración alterada y después de unos titubeos, decidió callar y mirar al suelo ante la vergüenza que sintió; por todos los cielos, ¿en qué estaba pensando? Por unos momentos, no pudo evitar imaginarse que se encontraba en la habitación de su departamento, disfrutando de ese momento con la chica que quería y que ella… lo disfrutaba también pero había olvidado que aquella chica era una enferma mental y que no tenía ni idea de lo que era hacer el amor con una persona. Cerró fuertemente sus ojos, ¿acaso quería aprovecharse de su vulnerabilidad? ¿Gustav tenía razón acerca de sus intenciones?

—Tom —suspiró—. Tranquilo, no comiences una batalla en tu cabeza, por favor —le suplicó a su hermano apretando con delicadeza su hombro; no pudo evitar dar una escondida sonrisa al darse cuenta que había logrado tranquilizarlo—. Kim, las intenciones de Tom no fueron sobrepasarse contigo, lo sé, es mi gemelo y yo lo conozco —le explicó y la volteó a verla— pero hay cosas que se te tienen que explicar para que puedas entender que fue lo que sucedió. Te aseguró… no es nada malo.

Kim no le respondió, pero asintió aprovechando que Tom tenía su vista hacia el piso.

—No lo vuelvas a hacer —le advirtió con su voz algo débil. El chico de rastas alzó su vista y aun sintiendo vergüenza, asintió.

—Debí hablar contigo primero —se dijo más a si mismo que a ella—. Necesito explicarte muchas cosas pero las pocas horas que tengo libre no me permiten… —calló al ver a la mujer negar.

—No me interesa saberlo todo —informó y volvió a negar—. No quiero saber acerca del mundo allá afuera; no me interesa ya que dejé de formar parte de él hace mucho tiempo y la verdad, no espero regresar —confesó mirando de reojo a Bill—. De lo único que si quiero saber es —sus hombros se encogieron—, es sobre qué es lo que pasa entre nosotros, qué es todo esto que está sucediendo. Necesito entender eso, solo eso. —El guardia afirmó y antes de poder decirle algo, Kim volvió a hablar—: Y también… quisiera saber… por qué son tan hermosos aquellos girasoles que se encuentran en el jardín.

Eso último lo conmovió por alguna razón y aunque no tenía ni la menor idea de que cómo explicarle aquello, asintió ante su petición.

—Lo haré —le aseguró extendiendo su mano para acariciar su rostro pero Kimberly la esquivó.

—Aún no estoy lista para que vuelvas a tocarme. —Su voz sonaba amenazante. Volvía a ser aquella mujer fría que todos conocían pero a Tom no le importó y retrocedió un par de pasos para darle el espacio que necesitaba. Después de todo, aun se sentía avergonzado y estaba consciente de que había arruinado el gran avance que tuvo con ella por una pequeña ola de calentura. Dio una sonrisa de resignación. En ese momento, se merecía aquella cruel mirada.

—Tom, ¿qué es lo que traes en esa bolsa? —preguntó con indiferencia.

Bill sonrió. Al parecer las cosas volvían a la normalidad entre ellos y también… allá afuera: las almas volvían a vagar por los pasillos pero ya no se encontraban alteradas ni luchando por la necesidad de entrar a la habitación.

Los ojos del pelinegro se entrecerraron. “Las almas se exaltaron cuando Kimberly se encontraba asustada; en ese momento… yo pude sentir como mi cuerpo se alimentaba de una extraña energía. Acaso esa energía, ¿era el miedo de Kim que me alimentaba y llamaba a los seres de afuera?”

Al parecer, había algo más que se ocultaba en el pasado de Kimberly y Bill, él, haría todo lo posible para descubrir qué es.



*

Tom se había marchado. Kimberly estaba dispuesta a dormirse apegando su nueva y caliente sábana a su pecho pero al sentir la presencia de Bill aún en su habitación, se olvidó de descansar.

—Bill, ¿qué pasó en estos días que no podía verte? —le cuestionó sin verle.

—Me liberé —le respondió de inmediato—. No por completo, pero estoy a un pequeño paso de lograrlo. —Los ojos de la chica se cerraron pesadamente, algo no estaba bien.

—¿Cómo y por qué? —fue directo al grano.

—¿Cómo? Afrontando la verdad. ¿Por qué? —suspiró— porque si no lo hacía, estaba destinado a estar cautivo solamente en mí habitación y aparecer en los lugares dónde solo tu estés; no podía permanecer así por más tiempo ya que yo… tengo que enfrentar un asunto pendiente con el pasado.

La mandíbula de Kimberly se endureció. Bill aun no le respondía exactamente a su pregunta ya que sabía claramente que él no había logrado su libertad solo, ni siquiera estaba consciente de que lo podía hacer: alguien lo había ayudado y aunque sabía muy bien quién había sido, quería escucharlo de Bill

—Quieres decir, ¿qué ya no ocupas de mi ayuda? —y ese alguien, tenía algo entre manos.

—No lo sé.

—Me estás dando a entender que solucionarás tus problemas solos. Vuelvo a preguntar, ¿ya no ocupas mi ayuda?

Bill guardó silencio. Él había llegado con Kimberly para que le ayudase a hablar con Tom cuando el momento final llegara pero ahora, que sabe que puede hacerlo él mismo, no había razones para permanecer cerca de la chica. Pero aun así…

—No lo sé.

No estaba seguro de que las decisiones que ha estado tomando, sean las correctas.


*
Espero y les guste *-* <3>

24 nov. 2012

Capítulo treinta y siete


L

os ojos de Tom se abrieron un poco al descubrir que Gustav sabía lo del beso y no era necesario hacer una profunda investigación para deducir que Kimberly fue la que le había contado. Pero que él recuerde, Kim no hablaba con nadie, solo con David y eso porque era su psiquiatra. Sus labios se curvaron para dar una escondida sonrisa y encogió lentamente los hombros: al parecer, la barrera que había construido ella misma, no era tan resistente como presumía. Eso era algo bueno.

—Sí, lo hice —afirmó mirándolo con tranquilidad pero al descubrir que Gustav no lo estaba, hizo que subiera la guardia pero de una manera alarmante ya que comprendió que su amigo estaba malinterpretando las cosas—. Pero, no es lo que tú crees. Te explicaré lo que está pasando. —aseguró tratando de calmar su tensión pero lo único que logró fue que su compañero cerrara fuertemente sus puños y maldijera entre dientes.

—¿Explicación? Por dios Tom, ¡esto no tiene explicación! —explotó—. Es una paciente… una paciente que no tiene idea de lo que estás haciendo —habló haciendo movimientos torpes con las manos—. Tú, ¡tú te estás aprovechando de eso! —gritó sin poder contenerse y le dio un empujón logrando que Tom se golpeara la espalda contra la pared.
El chico de rastas parpadeó varias veces, atónito, ante la respuesta de su compañero.
—Yo jamás me aprovecharé de ella —le aclaró manteniendo la calma y al mismo tiempo, tratando de mantener la calma de su amigo. Pero era inútil—. Sé que la situación no está a mi favor, pero te repito, déjame explicarte. —La mandíbula de Gustav se apretó más pero accedió a escucharlo. Espero su respuesta, pero ésta jamás llegó—. Yo…—suspiró— no tengo las palabras —soltó torpemente. No sabía cómo empezar a narrar un sentimiento que tenía desde hace tiempo pero que apenas empezaba a comprender. Se sintió inútil al no poder defenderse y solo agachó su mirada, rendido.
—L… lo siento, no sé decir —confesó entre balbuceos y pudo ver de reojo como Gustav asentía con su cabeza.
—Quiero que te largues, si no lo haces por tu propio pie, te sacaré yo mismo a patadas —le aseguró entre dientes.
—Tú no tienes el derecho de decirme esto —afirmó mirándolo con su ceño fruncido—. Gustav, te puedo asegurar que mis intenciones con Kim no son malas —suspiró—. Lo que pasó no pudo ser evitado, ¿ok? —No tenía la menor idea de cómo explicarlo a lo que comenzó a sentirse desesperado—. ¡Si en mis manos estuviera, no me hubiera enamorado! Pero es algo que no puedes controlar. Kimberly es una mujer, después de todo —finalizó en susurro.
—Si, ella es una mujer a la que yo aprecio y le tengo respeto —calló por unos segundos—. Pero ella es una persona que no puede querer porque no sabe qué es eso.
—Nunca es tarde para aprender —le aseguró. Aquel comentario, de alguna manera, sonó como una amenaza para el rubio.
—Tú no entiendes nada, ¡eres un estúpido! Sí, eso es lo que eres —afirmó gritándolo a los cuatro vientos— ¿Acaso no ves en qué lugar estás, con quiénes trabajas, a quiénes cuidas? ¡Es una institución mental maldita sea! Cada persona que se encuentra aquí, cada paciente es un recuerdo olvidado de lo que antes era. Duele, pero es así y Kimberly no es la excepción: ella vive en el mundo que su mente creó, ella no razona lo que está bien o lo que está mal, no entiende nada de lo que pasa en el exterior y jamás lo hará porque perdió el contacto con la realidad desde hace tiempo —suspiró. Lo que había dicho le había lastimado; él lo sabía desde hace tiempo pero nunca se ánimo a pronunciarlo ya que se trataba de su primer amiga y desde luego que le dolía. Era una persona querida por él pero… como futuro Doctor, era tiempo para ver las cosas como son.
—Me sorprende que una persona que presume tenerle aprecio y respeto diga todas esas tonterías —manifestó con cólera. No le agradaba la idea de que la trataran como una vil loca, aunque se supone que eso era y que al principio, Tom no sentía vergüenza de llamarla de esa forma.
—Me sorprende que una persona con sus cinco sentidos no se haya dado cuenta de esto antes y más si la persona se iba a meter a trabajar a un hospital psiquiátrico. Entiéndelo Tom, una persona normal no vive en ese grado de fantasía. Kimberly es lo que es y no podrás cambiarlo. Vete de aquí —le repitió— o aprende a verla como una paciente y nada más. Te lo digo por el bien de Kim… y también, por el tuyo. Las cosas con ella son más complicadas de lo que parecen.
Aunque Gustav parecía ya estar en calma, el ambiente se sentía aún demasiado tenso y parecía que los dos se mataban por miradas hasta que Tom decidió romper el frustrante silencio.
—Lamento informarte esto, pero no accederé a tu petición. No me pienso ir y no pienso ver a Kimberly como una simple paciente. Ella es más que eso para mí y si no lo es para ti… bueno, ese no es problema mío.
Gustav negó.
—Eres un ciego, sordo y terco. Trata de entender que lo que te digo es parte por tu bien. —Tom le sonrió con sarcasmo y caminó hasta él para detenerse justo a su lado.
—Gracias, pero no necesito que te preocupes por mí. He aprendido a cuidarme solo —y al dejar esto en claro, salió.

En la puerta, se encontraba Georg quien había escuchado la mitad de la conversación. No intervino ya que sabía que no ganaría nada con hacerlo. En el momento en que Tom pasó por un lado suyo, trató de palmear su hombro, pero el chico rechazó aquel gesto y siguió de largo sin ni siquiera mirarlo.
—¿Tu también sabías de esto? —le cuestionó Gustav al descubrir que él también se encontraba presente.
—Digamos que, de alguna manera, lo presencié —le respondió entrando a los vestidores mientras su compañero soltaba una irónica carcajada.
—¿Y no le dijiste nada?
—¿Qué podía hacer? —preguntó alzando sus hombros—. Pude saber que los sentimientos de Tom eran sinceros.
—Esa no es excusa. Sabes que su vida puede estar en peligro ¿y aun así dejaste que pasara todo esto? —Georg cerró sus ojos y soltó un pesado suspiro.
—Lo que le pasó a Oscar fue en una situación completamente diferente. — le infirmó al deducir que Gustav trataba de mencionar ese tema. El rubio negó.
—Puede que haya sido diferente, pero la que lo ocasionó fue la misma persona. Kimberly es impredecible y… aunque me duele decirlo, es peligrosa. Y aunque sé que la situación se ha calmado —continuó antes de que Georg lo hiciera—, sabes que si lo hizo una vez, lo hará una vez más.

Otra vez, aquel silencio abrumador pero más que nada, era la intriga de Georg al tratar de deducir lo que Gustav planeaba en su mente ya que sabía, que fuese lo que fuese, no sería nada bueno, al menos, para Tom.

—Necesito que me hagas un favor. Aunque más que eso, es una necesidad. —Habló por fin.


*



El canto de los grillos y el descenso de la temperatura avisaban que la noche había llegado por fin. Kimberly, quien disfrutaba de la caricia en sus cabellos de su otro yo, comenzaba a sentir ese ya conocido revoltijo de estómago avisándole que se sentía nerviosa y emocionada a la vez, pero esta vez, aquella sensación era de nervios y preocupación.

¿Qué se supone que le dirá cuando lo vea? —su ceño se frunció—, a todo esto, ¿estará lista para confesarle a Tom el por qué está en ese lugar? Su verdad, no la que los doctores dicen que es. Y lo más importante, ¿le creerá?

—Kimy

—¿Mh?

—Se supone que Tom sabe todo acerca de mi historial clínico, ¿cierto? —preguntó con dificultad.

—Se supone… —la chica hizo una mueca y meditó un momento—. Le debieron hablar todo acerca de ti, es su responsabilidad y deber, ¿por qué, qué ocurre? —Kim negó.

—Solo pensaba si… sería mejor contarle toda la verdad a Tom —calló por unos segundos—, y eso incluye lo de Bill. —al confesar su idea, se levantó de las piernas de Kimy y se sentó sobre las suyas—. También, quería hablarle acerca de Sam. Quisiera aprovechar que todavía estoy sin poder verlos.

Kimy asentía ante cada palabra pronunciada y al final, bajó su mirada. No estaba convencida, sabía muy bien que era mala idea ya que aun no era el momento indicado para que Tom supiera acerca de la existencia del llamado “tercer” ojo y mucho menos, sobre su propio hermano.

Al parecer, Kimberly no lograba comprender las consecuencias.

—Kimberly, yo escuché cuando David le decía a Tom sobre tus alucinaciones y sobre lo agresiva que te pones sin razón alguna. Le advirtió que lo podías llegar a lastimar y que era preferible tomar precauciones. —La paciente se sorprendió al principio, pero después, bajó su triste mirada.

No era que había olvidado a toda la gente que había atacado, simplemente, había decidido reprimir todos aquellos horribles recuerdos. La hacían sentir culpable y miserable; y lo peor de todo es que aunque estaba consciente cuando los atacaba, por dentro, sentía que no era ella la que lastimaba al personal, sino alguien o algo más. Aquella sensación le causaba escalofríos.

—¿A dónde quieres llegar?

—Él apenas logró asimilar que sufres de delirios, ¿no crees que si le dices algo más, el que perderá la cordura, será otro? —miró hacia otro lado—. Su mente en estos momentos está débil Kim, tiene muchas cosas en la cabeza: tú, Bill, él mismo…, si le llegas a decir en estos momentos de confusión sobre tu tercer ojo y sobre todo, si le llegas a decir que has entablado una conversación con su propio hermano, ¿qué crees que hará? Eso sería la gota que derramaría el vaso. Lo perderás y él se perderá a sí mismo. —negó—. Si le llegas a decir, será una mala idea.

La mirada de Kimberly se endureció. Esa mirada que la caracteriza y que hace que sea temida por todos en el hospital.

—Titubeé —murmuró atónita—. ¿Cómo pude hacerlo? ¡¿Cómo pude bajar mi guardia?! —gruñó y se levantó de la cama con rapidez.

Miraba el piso pasmada, ¿qué le había sucedido? ¿Contarle a Tom acerca de su verdad? No, la mejor pregunta era ¿cómo dejó que aquel estúpido guardia derrumbara la barrera que tanto trabajo le había costado hacer? Gruñó.

—Soy una tonta.

—No, Kim. No lo eres. —le aseguró Kimy sonando por fin como una niña y no como una adulta—. Estás enamorada.

—¡¿Enamorada?! —gritó volteando a verla—. Si en verdad fueras yo, comprenderías muy bien que yo no puedo estar “enamorada” —le dejó en claro y en el acto, sus hombros se encogieron—. Ni siquiera sé lo que significa aquella palabra —murmuró con un hilo de voz.

—Kim… —la nombró preocupada poniéndose de pie sobre la cama—. Kim… —los ojos de la niña comenzaban a llenarse de lágrimas. La mente de Kimberly se perdía cada vez más y más.

“Nunca debí de haber aceptado la petición de Bill. Desde que él y Tom llegaron, mi vida se complicó más. He bajado mi guardia, ¡me he mostrado débil en frente de todos! Tom —gruñó— él es el causante de esto, él es el principal causante de mis problemas. Debe desaparecer, debe hacerlo ahora, ¡ahora! Por su culpa… por su culpa —sus dientes se apretaron— mi alma comenzó a sentir otra vez. No puedo permitirme sentir, no puedo permitir ser una persona ya que si lo hago, seré un blanco fácil para esas malditas almas corrompidas. Sam, él aprovechará para lastimarme y eso es algo que no permitiré. Primero muerta”.

—Kim…

—¡Deja de llorar! —gritó a todo pulmón lo que ocasionó que Kimy llorara más fuerte—. Cállate. Se supone que eres yo, ¡no puedes llorar! —le advirtió sacudiéndola por los hombros pero el llanto de Kimy no se cesaba y las manos de Kim comenzaban a temblar—. Debemos ser fuertes, no podemos mostrar sentimientos… no debemos… —tragó un inevitable sollozo— no debemos… —malditas lágrimas, maldito Tom, ¡maldita sea!— ¡¡No debemos amar!! —Gritó por fin soltando el incontenible llanto que solo expresaba dolor mezclado con impotencia.

Eran dos llantos diferentes provenientes de la misma persona: una lloraba por el sufrir de la otra. Y la otra lloraba por el sufrir de las dos.

Y la energía que emitían sus llantos era tan poderosa debido al dolor que ocasionó que los espíritus que merodeaban los pasillos, aparecieran al alrededor de esa habitación para alimentarse de todo ese sufrimiento que les brindaba un sorprendente poder.

—Ellos están aquí —susurró Kimy entre sollozos. Kimberly, la abrazó más fuerte y lo único que le respondió fue “lo sé”.

*


Tomó la bolsa negra y quitó las llaves de su pantalón. Se aplaudió a él mismo por tener la brillante idea de esconder la bolsa negra en el cuarto de seguridad, debajo de los monitores en el momento en el que llegó al hospital. Si Gustav lo hubiera visto, la discusión no hubiera tenido fin y tal vez, se lo hubiera arrebatado.

—¡Oh! —exclamó retomando el aliento—. No te has ido, excelente. Escucha Tom, tengo algo que decirte —le advirtió poniéndole un alto con su mano izquierda.

—No tengo tiempo, voy algo… retrasado —informó comenzando a caminar pasando de largo el alto de su compañero y así, sin darle más rodeos, caminó hasta el pasillo a lo que Georg soltó un largo suspiro y decidió ir tras él.

—Tom te lo pido, ¡tienes que escucharme! —el de rastas bufó y metió su mano en la bolsa de su pantalón mientras seguía su camino—. Es importante —le aseguró y sonrió aliviado al ver que logró hacer que se detuviera

—No me digas. Te mando Gustav, ¿cierto? —cuestionó mirándolo de reojo.

—Eh… sí y no. Lo que te tengo que contar tiene que ver con Kimberly pero…

—No me interesa escuchar lo que Gustav piensa acerca de ella. Ya lo dejó muy en claro en los vestidores y no quiero volver a oírlo —le indicó volviendo a caminar.

—¡Tiene que ver con lo que le sucedió al último guardia de Kimberly! —de nueva cuenta, se detuvo.

Oscar, el guardia antes de él. Según había escuchado del mismo Baecker renunció por motivos personales al parecer, fue algo más que eso. “¿Qué demonios ocultan?”, pensó mirando a Georg de reojo.

—No me interesa. —dijo por fin marchándose de una vez por todas. No quería escuchar nada de nadie, sobre todo si lo que tenían que decir eran acusaciones contra Kimberly—. Ustedes, no tienen límites —le señaló a la nada.

El foco rojo se encendió y la alarma sonó. Tom volvió a tomar la bolsa negra y se aventuró por ese triste y desolado pasillo. Si alguien extraño al hospital entrara a aquel piso pensaría que era un sitio olvidado por todos ante su silencio y su deterioro. Algo triste, pero cierto.

—¿Kim? —la llamó antes de abrir la puerta pero no obtuvo respuesta. No importaba, entró de todos modos y solo para percatarse de que no se encontraba acostada en su vieja e incómoda cama. Frunció su ceño y volteó hacia la puerta que daba hacia el escondido baño: estaba abierta y el cuarto se encontraba en completa oscuridad, ¿qué pasaba aquí?—. Kim, ¿estás bien? —le preguntó preocupado y entró dejando la bolsa negra a un lado de la cama—.¿Kim? —la volvió a llamar al ver su silueta: estaba recargada en la pared y sin dar un paso más, el guardia trataba de encontrar a ciegas el interruptor de la luz pero al sentirlo, notó que Kimberly se movió.

—Vete.

—¿Qué? —cuestionó apartando su mano de la pared.

—Vete —repitió con un poco de desesperación en su voz al darse cuenta que Tom trataba de acercarse a ella.

—Kim, ¿qué sucede? Soy yo, Tom —le recordó algo iluso tratando de tocar su rostro, pero la chica esquivó aquel gesto—. ¿Estás enojada? Acaso… ¿acaso hice algo mal?

—Tenías que venir, ¿verdad? Tenías que venir y arruinarme la vida —señaló con cólera—. Yo me encontraba tan bien, ya me sabía controlar, ellos ya me habían dejado en paz. Me había convertido en piedra, lo que tanto había deseado pero…

—¿Ellos?

—… tu tuviste que llegar y echarme todo a perder. No sabes cuánto te detesto.

—Kim…berly —la nombró anonado y negó—. No, tú no sientes eso por mí.

—Vete —repitió una vez más—. Vete, lárgate, ¡y llévate tus sentimientos de aquí! No quiero saber nada de ti, ¡por tu culpa me volví débil y dejé que cosas malas pasaran! ¡Te odio, vete, vete, vete! —gritaba subiendo la intensidad de su voz en cada palabra hasta que explotó y comenzó a empujarlo fuera del baño sintiendo aun las lágrimas viajar por sus mejillas pero gracias a la oscuridad, Tom no podía verlas.

—Así que eso es lo que quieres —susurró en el momento en que Kim dejó de golpear su pecho.

Sus manos se cerraron fuertemente y temblaron ante el coraje que no pudo evitar sentir no tanto por las palabras de Kimberly si no, por todo lo que le había dicho Gustav hace un rato. El muy maldito no podía tener razón, no, Gustav estaba equivocado, él lo estaba. Kimberly sabía lo que hacía, Kimberly sabía lo que era el amor y lo más importante, Kimberly estaba enamorada de él así como él de ella.

De un parpadeo, Tom tomó de las muñecas a la paciente y la aprisionó contra la esquina de la pared, dejándola completamente inmóvil y dolida. Esta vez, podía escuchar su respiración a la perfección lo que hizo que observara sus ojos para confirmar que se encontraba llorando. Él lo sabía, lo que decía Kimberly, no era enserio.

—¿Qué haces? ¡No tienes derecho a hacer esto! —gritó—. Haré que te despidan —le aseguró entre dientes y comenzó a forcejear y a quejarse ya que ella sola lograba lastimarse.

—Repítelo.

—¿Eh? —hubo un silencio total en la habitación.

Tom recargó su frente en la de Kimberly y cerró sus ojos sintiendo su aroma. No lo pudo evitar y juntó también su nariz con la de ella. Solo faltaba juntar sus labios pero… necesitaba escucharla primero aunque se moría por dentro. Necesitaba besarla.

—Dime que ya no me quieres ver y que me odias. Dilo —la invitó a hablar luchando contra sí mismo para no besarla—. Dilo una vez más y te juro que me voy.

Kimberly pasó saliva con dificultad y sintió un gran nudo en su garganta. Lo tenía cerca, tanto, que ocasionó que su cuerpo se destensara y que el llanto parara. Esa era su oportunidad, tenía que decirlo y así su vida volvería a ser como antes. Maldición, ¿por qué no lo dice? ¡¿Por qué es tan débil?!

—No hay porque llorar —le aseguró soltando su muñeca para limpiar su mejilla. Kimberly dejó su mano en el aire pero después, reaccionó torpemente y la puso sobre el pecho del guardia, dispuesto a empujarlo pero… en lugar de eso, lo tomó de la playera insinuándole que se acercara más. Lo necesitaba cerca. Lo quería… sentir.

—Te odio —lo dijo por fin—. Te odio porque me hiciste débil —le confesó entre dientes—. Te detesto tanto por eso. —Tom asintió—. Y aunque deseo tanto que te vayas —lo acercó un poco más— algo muy dentro de mí ruega que ignores todas estas palabras y te quedes.

—Me quedaré aunque no puedas verme ni en pintura. Lo haré porque te quiero y no estoy dispuesto a separarme de ti —confesó tomando su rostro entre sus manos y Kimberly se aferró de su playera con las suyas.

—No quiero ser débil —susurró.

—Tú nunca lo fuiste.

Por fin pudo dejar de pelear con su interior y se lanzó a sus labios dispuesto a quitarle todas sus dudas. Esta vez, los labios de Kimberly se abrieron dispuestos a recibir la lengua de Tom y lo dejaron recorrer su boca con toda la libertad posible. Esta vez, Kimberly no tuvo miedo y disfrutó de aquella nueva sensación que la hacía tiritar: placer. Su lengua, acarició la de Tom y al recibir respuesta soltó su playera para ahora, aferrarse a su cuello y sentirlo aún más cerca. El guardia, la tomó por la cintura para separarla de la pared y así apegarla más a su cuerpo para poder tener más facilidad de tocarla y moverla a su voluntad.

“Debo detenerme… pero no quiero”


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dfsklshjghsdlfklhgkdfjghskf tenía que cortar esa escena pues porque.... porque si :X aunque me maten :c era justo y necesario lkdfdsjfhldskjfhdskf Y ustedes, ¿cuál creen que haya sido el porqué Oscar decidió irse del Hospital? O: gracias por leerme *-* <3 br="br">

3 nov. 2012

Capítulo treinta y seis



“¿Qué pasa cuando dos personas sin libertad comparten su soledad?” 



Los ojos de Kimberly se abrieron ante tal confesión y su cuerpo cayó de rodillas ante la sorpresa. ¿Acaso eso era posible verse a ella misma en la etapa de su infancia?

Le costaba respirar, tal vez, la respuesta no le había caído bien. Llegó a la conclusión de que por fin se encontraba completamente en la demencia y lo que veían sus ojos era una alucinación, nada más. Qué triste, al parecer, el encierro del hospital le había ganado.

—Esto no es real, esto no es real, no lo es, no lo es… —repetía en murmuro una y otra vez mientras agarraba sus cabellos con tristeza.

—¿Uh? ¿Por qué dices eso? —cuestionó la pequeña confundida y frunció su ceño—. ¿Tú eres real?

Kimberly alzó la vista dejando ver lágrimas retenidas en sus ojos, además, la niña se dio cuenta que aquella pregunta la había molestado.

—Claro que soy real —respondió entre dientes—. ¡Cómo te atreves a preguntar algo tan estúpido!

Aquella expresión hizo que la niña volviera a fruncir su ceño y bajará de un salto de la cama. Ahí estaban las dos, frente a frente; Kimberly se encontraba a la altura de su otro yo gracias a que se mantenía sentada.

“No puede ser”, pensó completamente anonada al ver mejor las facciones de aquella niña. Era idéntica a ella y al tener esa expresión de enojo en su rostro —lo cual, ella también tenía— le hizo confirmar, que en efecto, era ella de pequeña.

—¡Entonces porque preguntaste eso conmigo! —retó—. Las dos somos reales: si yo existo, tú existes; si tú existes, es obvio que yo… yo existo —murmuró—. Soy real por el simple hecho de ser tú.

La tensión entre ellas disminuyó. Ahora, la pequeña Kimberly miraba con tristeza a su otro yo: había tanta confusión en su rostro, soledad en su corazón y dolor en su alma que se preguntó si realmente aquella mujer era ella de grande y temió por un instante. La pequeña no logró tolerar por un momento el pensar que las sombras habían dominado el corazón de la verdadera Kimberly y que ella, la niñez, lo más bonito que le pasó se haya convertido en un olvidado recuerdo. Eso era injusto.

—Kimy —la pequeña alzó la vista ante ese nombre—. Mamá te llamaba Kimy, ¿no es así? —preguntó con la mirada pegada al piso.
La pequeña al principió se atontó por aquel comentario que había salido de la nada, pero después, bajó su guardia y se encogió de hombros.

—Así nos llamaba a las dos —le corrigió brindándole una cálida mirada.

Kimberly dio una fría sonrisa.

—Lo recuerdo —informó mirándola a los ojos. Lo único que no recordaba, era la voz de su madre pronunciándolo.

Kimberly no pudo evitar cerrar sus ojos ante el cansancio que se apoderó repentinamente de ella, tal vez, sintió que la noticia le pesó en todo su cuerpo. Ya había sentido aquella sensación, una vez, cuando sus padres le dieron la noticia de que estaría internada en el hospital y que ya no los volvería a ver. Kimy, al notar la pesadez en sus ojos, se sentó sobre sus rodillas y le permitió a Kimberly que descansara en sus piernas.

—Nos han pasado muchas cosas —susurró Kimberly con sus ojos cerrados.

—Pero ya no enfrentarás nada tu sola —le aseguró acariciando sus cabellos con delicadeza. Kim sonrió.

—Creo que no. Ya que sé que estarás a mi lado. —susurró dispuesta a quedarse dormida, pero al no sentir el leve masaje que Kimy le ha estado ofreciendo se dispuso a levantarse para ver el rostro de la pequeña; ella, tenía casi el ceño fruncido y negó.

—No estaba hablando de mí —le informó y los ojos de Kimberly se abrieron de golpe al ver como Kimy se desvanecía y la silueta que quedaba de ella, se fue al acto en que la puerta de su habitación se abrió.

—Es hora de asearse —informó la enfermera y detrás de ella, entró Gustav quién se detuvo en seco al ver a su amiga sentada en el piso. No pudo evitar que por su mente se cruzara una mala idea de lo que Kim hacía antes de que llegara.

La paciente se puso de pie y caminó sin reproche y sin hacerle una mala cara a la enferma y, como ya se empezaba a hacer costumbre, dejó que Gustav la tomara del brazo para guiarla a las regaderas, camino que, después de todo, sabía con perfección.

El chico pudo sentir como sus hombros se destensaron al observar que Kimberly se encontraba en perfecto estado pero no pudo evitar agachar su mirada y hacer una mueca al recordar la conversación que tuvo con ella anteriormente: ¿lo de Tom fue real o simplemente fue una alucinación? Y si sucedió esto último quiere decir ¿qué Kimberly se enamoró de aquel guardia?

“La verdad, no estaba consciente de que fueras capaz de conocer ese sentimiento”, pensó avergonzado y continuaron el camino en silencio.

Aun así, algo le dice que ella no será capaz de razonar lo que en verdad significa el amor mientras siga encerrada en ese hospital. Aquel sentimiento no se disfruta mientras no exista libertad en la vida de la persona.

*


Borrosamente, pudo distinguir un pequeño bulto en la cama que tenía a un lado. Se giró para quedar boca arriba y se sobó los ojos para recuperar nuevamente su visión, hace mucho que no dormía tan bien; había olvidado lo rica que era su vieja cama. ¿Quién lo diría? Si extrañaba pasar una noche en la casa de sus padres, además —suspiró— no se sentía tan solo como en su departamento.

—Ha, después de todo, si olvidé varia ropa —confirmó al ver un conjunto sobre la cama que anteriormente le pertenecía a Bill y en el piso, se encontraba un par de tenis que años atrás, eran sus favoritos—. Suerte la mía.

Sin más rodeos, se fue directo a darse un baño caliente, el cual, al sentir el agua chocar en sus hombros y escurrir por su cuerpo, descubrió que lo anhelaba desde hace ya tiempo. Le había caído a su cuerpo como un delicioso masaje que le ayudó a olvidarse de todo por al menos ocho minutos. Antes de cerrar la llave, recargó su frente en la pared de la regadera y respiró con profundidad tres veces: era momento de volver a la rutina. Aquello, le hizo sentir un pequeño nudo en el estómago, ¿volver? —sus hombros se encogieron—, ¿Kimberly le dejaría volver?

—Solo espero… que no me rechaces.

El vapor salió en el momento en que la puerta del baño fue abierta. La sensible nariz de Tom pudo notar rápidamente el olor a comida y esta vez, sintió el gruñir de sus tripas quienes rogaban por alimento. Rió. Hace mucho que no veía a Gordon cocinar para él.

—¿Qué preparaste para mí, viejo? —cuestionó entrando a la cocina pero su garganta se cerró al ver a su madre parada en la estufa—. Mamá —soltó avergonzado—, lo siento yo… yo creí que era Gordon —se disculpó torpemente sin lograr que Simone volteara a verlo, ella seguía ocupada revolviendo ingredientes en el sartén.

—Ponte una camiseta, estás en mi casa —le recordó entre aquella orden y Tom notó que lo miraba de reojo. Él, torpemente obedeció y se puso su playera blanca de rapero mediocre (así era como su madre le llamaba a esa vestimenta) y se sentó en la pequeña mesa sin saber qué hacer o qué decir. Era la primera vez que estaba solo con ella, claro, exceptuando el día en que ella fue a verlo en su departamento para… reclamarle.

—¿No sacarás tu plato ni tu refresco? Recuerda que ya no eres un niño para que yo te sirva casi todo —expresó bajando la flama, la comida ya estaba lista.

Tom apretó los labios, olvidaba lo fácil que le volvía loco; tuvo que tener mucha fuerza de voluntad para no contestarle, no quería empezar otra innecesaria discusión con ella, además, tenía razón, él ya no era un niño, pero qué más da, él nunca lo fue.

Lo único que Simone estuvo dispuesta a hacer por él, fue servirle la comida en el plato que Tom ya había sacado y puesto en mesa. Su hijo le agradeció por el alimento y antes de darle un bocado, le tomó la barbilla y despacio, le giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué haces? —le preguntó exaltado.

—Quiero ver tu herida —le respondió pero Tom volvió a girar su cabeza haciendo que su madre lo soltara bruscamente.

—Mi herida está bien —informó tratando de volver a lo suyo—. Fue solo un rasguño

—Déjame verla —volvió a ordenar.

—Ya te dije que está bien.

—¡Qué me dejes verla Tomás! —ordenó por última vez y en esta ocasión, le volteó su rostro a la fuerza a lo que Tom no pudo evitar quejarse—. Mhh, será mejor que te pongas un curita —dedujo y lo soltó por fin—. Iré a ver si tengo algunas…

—No es necesario, ya te dije que estoy bien —le contestó en susurro pero lo suficientemente alto para que su madre lo escuchara.

—Deben estar por aquí —se dijo así misma explorando el botiquín.

—Mamá, ¿me escuchas? Te dije que no era necesario…

—Estoy segura que aun me quedaban unos cuántos.

—Mamá…

—¡Los encontré!

Los ojos de Tom se cerraron y un fuerte golpe se escuchó por toda la cocina. Simone, volteó a verlo con el pequeño paquete de curitas en sus manos: había golpeado la mesa con todas sus fuerzas haciendo que algo de refresco saliera de su vaso y que la cuchara que reposaba en la mesa se desacomodara.

—¿Por qué no me escuchas? Te dije que estoy bien, ¡no necesito de esas cosas! —le informó gritándolo por fin y se puso de pie haciendo que la silla se arrastra hacia atrás bruscamente. Su mamá bufó.

—Por favor Tom no seas terco, ponte este curita —le dijo extendiendo su mano con la caja—. La herida se cerrará más rápido.

—¿Herida? —soltó estupefacto— ¡Oh! Hablas de ¡este pequeño e insignificante rasguño! —señaló su mejilla—. Mamá no sabes cuánto te agradezco que después de estos años por fin te preocupes por mí, pero por favor, no me trates como un niño que muy bien sabes, no lo soy. Si yo digo que no necesito del “curita” es porque no lo necesito. —exclamó soltando cada palabra de golpe y aunque ya había explotado, procuro hablarle lo más tranquilo que pudo.

Simone, indignada, aventó la caja al suelo haciendo que los pocos curitas que quedaban salieran de su sitio.

—Al parecer, siempre serás un malagradecido. —Y al decir esto, se marchó de la cocina para dejarlo solo.

Las manos de Tom temblaron y para desatar su frustración lo único que se le ocurrió hacer fue apretar muy fuerte sus rastas y gritar entre dientes. No podía comprender por qué no se toleraban, ¿era normal chocar en todo con ella? Siempre ha tenido la sensación de que él ha sido su decepción y por eso siempre lo ha tratado de diferente manera, pero, ¿es necesario tanto drama? ¡Él ha tratado de ser un buen hijo, ¿por qué no se da cuenta?!

—Suficiente de esta mierda.

Había sido un error el haberse quedado en esa casa. Se dio cuenta que era mejor estar en su departamento solo, que con alguien que respiraba sobre su cuello en todo momento y sólo para recordarle la porquería de persona que era.

Que desperdicio de tiempo.



*

—¡Georg! —le saludó Gustav y corrió hacia él. Georg, le saludó con la mano y al ver que su compañero se encontraba agitado no pudo evitar preguntar qué era lo que le ocurría a lo que Gustav rio nerviosamente y solo se limitó a preguntar sobre el paradero de Tom.

—Uh, pues siempre a esta hora está en los vestidores —le informó mirando su reloj de muñeca—, ¿para qué lo necesitas…?

—¡Gracias! —gritó cuando estaba a punto de dar vuelta en uno de los pasillos. Georg resopló.

—¿Y ahora este que se trae? —negó ante la divertida reacción de Gustav y decidió alcanzarlo. Sí, era algo curioso y quería saber el por qué de su comportamiento, así que le siguió con tranquilidad y silbando una canción sin nombre—. Si que tengo amigos muy extraños.

*

Lo bueno es que la herida no fue profunda, de esta manera, no preocuparía a Kimberly. —¡Ah, pero si soy imbécil! —se regañó golpeando su frente y se sentó completamente deprimido en las bancas desgastadas del vestidor.

No se arrepentía de haber hecho lo que hizo la noche anterior, era algo que deseaba y además, estaba consciente de las consecuencias que eso traía. Aun así, sabiendo que tal vez Kimberly le fue a contar a David de lo sucedido con la intención de que lo corrieran del hospital, no quería que le alejaran de ella. Sabe muy bien que ante los ojos de los directivos era algo inaceptable y merece el castigo: ¿enamorarse y besar a una paciente de un hospital psiquiátrico que sufre de alucinaciones y la tachan de peligrosa? Por dios, ¡el enfermo parecía él por hacer tal cosa! Y si, tal vez era un loco pero… fue algo que no pudo evitar. No estaba en sus planes enamorarse y mucho menos de ella.

Todavía no entendía el por qué de esos sentimientos. Si él en estos momentos estuviera en sus cinco sentidos ¡ni por nada en el mundo hubiera puesto sus ojos en Kimberly! Hay que pensarlo: fijarse en una enferma mental que ha puesto en peligro su vida y la vida de los demás, que sufre de delirios y además, que es inestable, no suena para nada a sus gustos y no es sensato.

“Tal vez es eso, mi estrés por Bill, mi familia y mi vida, me ha hecho perder mi propia cordura e hizo que bajara mi guardia. Desde que mi hermano no está a mi lado, me he sentido solo ya que él ha sido la única persona que me ha brindado verdadero apoyo; entonces, al ponerme a custodiar a una mujer, han hecho que mis necesidades se inclinen hacia ella, sólo para no sentir esta soledad que me abruma y de un intento desesperado llegué a pensar que me he enamorado de ella, cuando, en realidad, no es así”, concluyó para él mismo mientras se masajeaba sus parpados. Ahora, se sentía irritado: la cabeza le dolió ante tantos pensamientos, pero aquella respuesta era la más sensata y parecía sonar realista.

—¿Me mentiste?

—¿Ah? —abrió sus ojos y miró a su alrededor. Le había parecido escuchar la voz de Kimberly, al parecer, lloraba.

Indeciso, se puso de pie y examinó mejor el lugar. En efecto, se encontraba solo pero, ¡él no es un loco! Estaba seguro de haber escuchado esa voz que lloraba por la decepción. Parecía que Kimberly le había leído cada palabra de su pensamiento para descubrir que todo lo que le había dicho la noche anterior había sido mentira.

—No, no Kim. Yo no mentí, ¡en nada! —aseguró con un nudo en la garganta.

Tom se encontraba solo y Kimberly, ha estado sola desde hace mucho. Ella no era mala, Tom lo sabía, lo miraba en su rostro y en sus ojos tan claros que podías ver su atemorizada alma: eso era, ella no era peligrosa, solo se encontraba asustada por estar tanto tiempo abandonada por sus seres queridos en ese encierro. Un abandono que Tom comprendía a la perfección al ser olvidado por su verdadero padre y negado por su madre y aunque tenía a Gordon como figura paterna, no podía llenar aquel vacío que él sentía desde niño.

Tom y Kimberly eran dos personas tan iguales que compartían la misma soledad y eso fue lo que hizo que se unieran. Dos personas que sufren del mismo dolor y que son buenas en su interior, son los únicos capaces de llenar el vacío que siente el otro. Y así el encierro que sufren en su corazón, podrá ser liberado.

—¿Pero qué estoy diciendo? —se preguntó anonado y rió tontamente—. Yo la quiero, ¡quiero a Kimberly!

Pero aquella confesión no tuvo un grato recibimiento. Gustav, que escuchó todo, salió de su escondite sintiendo su sangre hervir ante tanto coraje que estaba dispuesto dejarlo fluir.

—Así que era cierto. —Tom no volteó a verlo, solo se quedó inmóvil, dispuesto a escuchar todo lo que Gustav tenía para decirle—. Besaste a Kimberly.


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Aquí está el nuevo capítulo *-* espero y lo disfruten mucho ¡Gracias por leer!

20 oct. 2012

Capítulo treinta y cinco



Sam ignoraba los gritos de reclamo por parte de Bill. Aun se cuestionaba cómo pudo haber fallado, no había manera de hacerlo. Parecía que algo, más fuerte que él, protegía a Tom, pero, ¿qué podía ser? ¿El alma de Bill? —volteó a verlo—. Lo dudaba.

—Cállate —ordenó dándole la espalda—. Todo está bajo control.

—¿A qué te refieres? —cuestionó encogiéndose de hombros. Sam bufó.

—Estaba probándote. Quería saber que tan lejos podías llegar ante el peligro, todo fue a propósito.

—Entonces, ¿Tom siempre estuvo a salvo? —preguntó con inocencia. Sam lo miró de reojo y ante unos segundos de silencio, respondió con un “sí”.

Al parecer las cosas no iban a ser tan fáciles.

*

Gordon y Simone corrieron hacia Tom al ver el accidente que había ocurrido; de inmediato los civiles que trataban de convencerlo de que accediera a recibir atención médica, se apartaron. Tom llegó a la conclusión de que por fin se habían resignado a ir a casa para tomar un buen y merecido descanso. Pobres, para ellos la mala racha no podía terminar.

—¡Tom, dios! ¿Qué te pasó, estás bien? —cuestionaba Gordon al borde del infarto.

Él con su mano en la mejilla donde tenía la cortada, no le respondió. Lo único que pudo hacer fue buscar los ojos de su madre que no podían ocultar el miedo que sentía. Tenía la esperanza de que le daría consuelo pero no fue así: Simone al ver que todo el alboroto fue en el piso donde Bill se encontraba, corrió hacia el interior del hospital dejando a su otro hijo nuevamente desprotegido.

Suspiró. —Sí, estoy bien.

Su padre, le apartó con cuidado la mano para ver lo que ocultaba. Retrocedió un poco y trató de mantener la calma: la herida no era grave pero no dejaba de sangrar y eso fue lo que le preocupó.

—Estoy bien —repitió al percibir sus intenciones.

—Hay que ver si no necesitas puntos. No deja de sangrar y parece que es profunda —le explicó levantándolo poco a poco. Tom no puso más objeciones y caminó al hospital con su mano haciendo presión en su pómulo izquierdo. Él había pensado que no era algo grave ya que lo sintió como un rasguño.

Aun no podía creer que se había salvado, parecía que todos esos pedazos de vidrio iban directo hacia él. ¿Quién lo diría? Al parecer la suerte para él, comenzaba a cambiar.

—No tienes nada de qué preocuparte, dejará de sangrar pronto —le informó la enfermera terminando de hacerle la pequeña curación.

—Gracias —susurró levantándose dispuesto a salir de ahí, pero la voz de la joven enferma lo interrumpió. Era una chica simpática, de tez oscura al igual que su cabello; sus ojos eran un poco más claros y su sonrisa señalaba que era alguien amigable.

—Tú eres el hermano del joven que se encuentra en coma, ¿verdad? —sonrió algo nerviosa—. Lo supuse ya que te pareces demasiado a él —se respondió a sí misma. Tom asintió.

—Somos gemelos.

—Oh, ya veo. Y los dos son personas muy fuertes también —admitió guardando sus instrumentos. El chico ladeó su cabeza.

—Entiendo que lo digas por Bill, él está luchando para salir del coma, sigue resistiendo —la enfermera asintió ante cada palabra—. Pero, ¿yo? —lo miró y sonrió.

—Muchas personas al tener seres amados en ese estado caen primero que los enfermos. La depresión los consume, tu no, puedo ver que luchas junto con él. Sabes, eso es bueno y quiero que sepas que tienes mi apoyo. Yo también tengo la esperanza de que tu hermano despierte, es una persona joven y con muchas energías; además, hemos tenido pacientes que han estado en coma por casi dos años y logran salir. Tu hermano gemelo puede tener esa misma suerte. —Sonrió.

Tom bajó su vista para ocultar sus ojos llenos de esperanza de aquella enferma la cual, tenía razón y además, Bill tenía un par de meses en ese estado. Él lo puede lograr en cualquier momento y aquel pensamiento hizo que sonriera para sí mismo.

—Gracias.

El elevador abrió sus puertas brindándole un panorama de caos. La cinta amarilla ya había sido puesta en el ventanal destrozado y todo el personal médico estaba hecho todo un desastre y por último, pudo presenciar a un par de policías cuestionando a unos doctores.

Aquello hizo preguntarse qué es lo que había pasado pero al parecer, nadie estaba seguro.

Miró a lo lejos a sus padres quienes hablaban con el doctor encargado de su hermano a fuera de su habitación y al parecer, algo no marchaba bien por la expresión dura que tenía Gordon en su frente. Prefirió no ir. Algo en su interior le decía que era mejor no interrumpir.

Bill sostenía la mano de su gemelo y al ver también la escena de su padre dio una sonrisa melancólica.

—Como los viejo tiempos, hermano —recordó apretando el agarre.

No era por no interrumpir, era porque Bill estaba ahí con él. Claro, él no lo sabía pero sí sentía una sensación a su alrededor que lo hacía sentir triste y en paz a la vez: aquella combinación tan absurda lo hizo sentir tan a gusto que decidió no moverse.

Bill recordaba ésta escena cuando los doctores les explicaban a sus padres las enfermedades de su hijo menor. Él, los veía desde una esquina sintiéndose culpable de todos los problemas que la familia tenía, siempre decía que si él no hubiera sido un niño tan débil, Jörg y Simone no se hubieran matado trabajando para traer más dinero a la casa y habría menos discusiones. Y luego, sentía una manita tomar la suya, ahí estaba su hermano mayor, Tom, para darle toda la fuerza necesaria y para recordarle, que él era inocente en todos los aspectos. La culpa no la tenía nadie.

“Es algo irónico que ahora cambiemos los roles”, pensó Bill. ¿En qué momento Tom se volvió el débil y en qué momento Bill se convierto en el fuerte?

Sam los miraba desde una distancia no tan alejada y veía con atención como toda el alma de Bill se había quebrantado. Lo señalaba el color gris fuerte que reinaba en él, la verdad, no se había dado cuenta en qué momento aquél niño enfermizo pero alegre y de buen corazón, se había llenado de un odio infernal.

Eso hizo que se formara una mueca en sus labios.

Simone había entrado a la habitación no sin antes darle una escondida mirada a su hijo mayor. Todo estaba en orden.

—Ahí viene papá —le avisó a Tom fingiendo alegría en su voz. Pero todo aquello se apagó al sentir como una fuerza asfixiante lo arrastraba nuevamente hacia su cuarto— ¡Qué! —gritó y miró a Sam quién también se encontraba alarmado— ¡¿Qué ocurre Sam?!

—¡No dejes que te lleve, Bill! —le advirtió sabiendo que él no podía hacer nada—. ¡Ten fuerza de voluntad, no dejes que te arrastre! —Bill chilló.

—No puedo, es muy fuerte… ¡no puedo! —gritó a todo pulmón soltándose de la mano de su hermano— Tom —susurró entristecido al saber que su gemelo no tenía ni idea de lo que ocurría. De la nada, se encontraba en su habitación y estupefacto clavó su mirada en la mano de su cuerpo. Su madre la sostenía con tanta fuerza en señal de que no lo dejaría ir por nada en el mundo. Le dolía.

—Tienes que separarte del amor de tu madre para ser un alma libre. —escuchó la voz de Sam a su espalda.

—Pero si lo hago, moriré en el acto. —Era algo que quería, desde luego. Pero todavía tenía algo que hacer y por eso, no se podía marchar. Sam negó.

—Te separaste de la poca energía que le queda a tu cuerpo y así lograste ser alguien casi libre. —El cuerpo quería manipular el alma, cuando se supone, debe ser al revés—. Ahora sepárate del amor de tu familia que te ata con mayor fuerza a esa cama. Y así, el que tenga el mando por fin, serás tú.

—Mi Billy, mi Billy —canturreó su madre.

Él no estaba completamente seguro con lo último que Sam explicó.

*

—Me puedes decir, ¿qué es lo que ese Doctor les dijo? —pidió camino hacia el estacionamiento.

—No es nada grave, Tom —le aseguró Gordon—. Vamos, olvida eso. Te llevaré a casa para que puedas descansar, lo necesitas ¡eh! —señaló las ojeras que ya no podían ocultarse. Tom ya se había acostumbrado a no dormir bien que ni siquiera se había percatado del cansancio en sus ojos.

—Si es por el dinero, tengo mi paga. Solo dime cuanto necesitan —avisó para no hablar hasta la llegada a su departamento.

Gordon se encogió de hombros. Su hijo no era un tonto.

Sus ojos no pudieron aguantar, el viaje era tan tranquilo que no le ayudó en mantenerse alerta. Se había quedado dormido a mitad de camino; lo único que lo despertó fue la voz de su padre, quién avisaba que por fin habían arribado.

El asombro de Tom fue eminente, se encontraba realmente en su casa. —¿Pensaste que me refería a tu departamento? —le preguntó su padre saliendo del carro.

Había olvidado por completo que el hogar de Gordon y Simone era suyo también.

—¿Está vacío? —preguntó antes de abrir la puerta de la habitación.

—Completamente.

Estaba en lo cierto. Solo había dos camas en cada extremo cubiertos con una sábana blanca. La ropa que habían dejado aquí Bill y tu, ya sabes, por si se quedaban a dormir una noche con nosotros, tu madre la recogió una semana después del accidente. —Suspiró—. Iré por una almohada y una sábana… limpia —avisó.

“Puede estar vacío, pero aún así, está lleno de recuerdos”. Pensó Tom, observando cada rincón de la habitación.

*

Kimberly visualizaba la ventana que se encontraba fuera de su alcance pero era la única que de algún modo la mantenía conectada con el exterior. Por ahí entraba aire fresco y en tiempos de primavera, escuchaba muy seguido a los pájaros cantar. Ahora, solo sentía el frío de la temporada, pero aquello no le importaba en lo absoluto.

—¿Por qué la noche está tardando tanto? —preguntó en susurro. Aun no sabía exactamente que le iba a decir y la verdad, tenía miedo de verlo pero… las ansias de que la hora llegara eran demasiado fuertes.

—Yo también quiero verlo —le compartió su ánimo. Ella se encontraba sentada en su cama balanceando sus pies—. Me cae bien.

Era otra vez aquella niña. No tenía deseos de verla así que siguió dándole la espalda. Qué triste, los efectos del electroshock no le habían durado tanto como la vez pasada. Aquello le daba algo de coraje, no quería verlos y también, tenía miedo. Sabía que los espíritus malos iban a volver e iban a ocasionar más desgracias sabiendo que había recuperado el poder de verlos.

Y es que era algo que a ellos les gusta hacer: traer la maldad al hospital, hacerle daños a los pacientes o cualquier otro ser que respirara solo para hacerla enloquecer aún más.

—Lo que no entiendo es por qué aún no puedo ver a los demás —la niña detuvo su juego—. ¿Por qué eres la única a la que puedo ver?

—Tu tercer ojo aún está cerrado —le informó con inocencia y Kimberly la miró confundida—. Tú todavía no puedes ver a esos malos espíritus y seguirá así por un par de semanas más.

—¿Entonces… por qué a ti si te puedo…? —titubeaba y no pudo finalizar la pregunta y la niña aun sabiendo lo que iba a preguntar no supo o no quiso responderle.

“Eso quiere decir… que ella no es una fantasma”, concluyó con un nudo tanto en su garganta como en su estómago.

—Niña, exijo que me digas ¡quién eres! —le ordenó con algo de enojo al sentir que la pequeña se burlaba de ella al ver que se reía.

La niña meditó un poco, ya no quería jugar con ella más así que decidió decirle la verdad.

—¿Por qué no te acuerdas de mí? —preguntó algo triste, al pensar que reconocería su rostro en cuestión de horas. Sus sospechas fueron confirmadas, Kim ya no recordaba nada de su infancia—. Soy tu.


*
Es tan divertido crear tres historias en una kdhflaskdjgfgdf (la historia de Bill y Sam, Tom y Kimberly), no sé si me explico. Quiero decir, aunque es una novela, ésta historia se separa en tres para contar exclusivamente lo que pasa en la vida de los personajes y el que une todo, es cuando llego con "Kimberly" me divierte tanto hacer esto kjdfhskfjag xd ¡muchas gracias por leer, espero y disfruten este cap!:D