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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

24 nov. 2012

Capítulo treinta y siete


L

os ojos de Tom se abrieron un poco al descubrir que Gustav sabía lo del beso y no era necesario hacer una profunda investigación para deducir que Kimberly fue la que le había contado. Pero que él recuerde, Kim no hablaba con nadie, solo con David y eso porque era su psiquiatra. Sus labios se curvaron para dar una escondida sonrisa y encogió lentamente los hombros: al parecer, la barrera que había construido ella misma, no era tan resistente como presumía. Eso era algo bueno.

—Sí, lo hice —afirmó mirándolo con tranquilidad pero al descubrir que Gustav no lo estaba, hizo que subiera la guardia pero de una manera alarmante ya que comprendió que su amigo estaba malinterpretando las cosas—. Pero, no es lo que tú crees. Te explicaré lo que está pasando. —aseguró tratando de calmar su tensión pero lo único que logró fue que su compañero cerrara fuertemente sus puños y maldijera entre dientes.

—¿Explicación? Por dios Tom, ¡esto no tiene explicación! —explotó—. Es una paciente… una paciente que no tiene idea de lo que estás haciendo —habló haciendo movimientos torpes con las manos—. Tú, ¡tú te estás aprovechando de eso! —gritó sin poder contenerse y le dio un empujón logrando que Tom se golpeara la espalda contra la pared.
El chico de rastas parpadeó varias veces, atónito, ante la respuesta de su compañero.
—Yo jamás me aprovecharé de ella —le aclaró manteniendo la calma y al mismo tiempo, tratando de mantener la calma de su amigo. Pero era inútil—. Sé que la situación no está a mi favor, pero te repito, déjame explicarte. —La mandíbula de Gustav se apretó más pero accedió a escucharlo. Espero su respuesta, pero ésta jamás llegó—. Yo…—suspiró— no tengo las palabras —soltó torpemente. No sabía cómo empezar a narrar un sentimiento que tenía desde hace tiempo pero que apenas empezaba a comprender. Se sintió inútil al no poder defenderse y solo agachó su mirada, rendido.
—L… lo siento, no sé decir —confesó entre balbuceos y pudo ver de reojo como Gustav asentía con su cabeza.
—Quiero que te largues, si no lo haces por tu propio pie, te sacaré yo mismo a patadas —le aseguró entre dientes.
—Tú no tienes el derecho de decirme esto —afirmó mirándolo con su ceño fruncido—. Gustav, te puedo asegurar que mis intenciones con Kim no son malas —suspiró—. Lo que pasó no pudo ser evitado, ¿ok? —No tenía la menor idea de cómo explicarlo a lo que comenzó a sentirse desesperado—. ¡Si en mis manos estuviera, no me hubiera enamorado! Pero es algo que no puedes controlar. Kimberly es una mujer, después de todo —finalizó en susurro.
—Si, ella es una mujer a la que yo aprecio y le tengo respeto —calló por unos segundos—. Pero ella es una persona que no puede querer porque no sabe qué es eso.
—Nunca es tarde para aprender —le aseguró. Aquel comentario, de alguna manera, sonó como una amenaza para el rubio.
—Tú no entiendes nada, ¡eres un estúpido! Sí, eso es lo que eres —afirmó gritándolo a los cuatro vientos— ¿Acaso no ves en qué lugar estás, con quiénes trabajas, a quiénes cuidas? ¡Es una institución mental maldita sea! Cada persona que se encuentra aquí, cada paciente es un recuerdo olvidado de lo que antes era. Duele, pero es así y Kimberly no es la excepción: ella vive en el mundo que su mente creó, ella no razona lo que está bien o lo que está mal, no entiende nada de lo que pasa en el exterior y jamás lo hará porque perdió el contacto con la realidad desde hace tiempo —suspiró. Lo que había dicho le había lastimado; él lo sabía desde hace tiempo pero nunca se ánimo a pronunciarlo ya que se trataba de su primer amiga y desde luego que le dolía. Era una persona querida por él pero… como futuro Doctor, era tiempo para ver las cosas como son.
—Me sorprende que una persona que presume tenerle aprecio y respeto diga todas esas tonterías —manifestó con cólera. No le agradaba la idea de que la trataran como una vil loca, aunque se supone que eso era y que al principio, Tom no sentía vergüenza de llamarla de esa forma.
—Me sorprende que una persona con sus cinco sentidos no se haya dado cuenta de esto antes y más si la persona se iba a meter a trabajar a un hospital psiquiátrico. Entiéndelo Tom, una persona normal no vive en ese grado de fantasía. Kimberly es lo que es y no podrás cambiarlo. Vete de aquí —le repitió— o aprende a verla como una paciente y nada más. Te lo digo por el bien de Kim… y también, por el tuyo. Las cosas con ella son más complicadas de lo que parecen.
Aunque Gustav parecía ya estar en calma, el ambiente se sentía aún demasiado tenso y parecía que los dos se mataban por miradas hasta que Tom decidió romper el frustrante silencio.
—Lamento informarte esto, pero no accederé a tu petición. No me pienso ir y no pienso ver a Kimberly como una simple paciente. Ella es más que eso para mí y si no lo es para ti… bueno, ese no es problema mío.
Gustav negó.
—Eres un ciego, sordo y terco. Trata de entender que lo que te digo es parte por tu bien. —Tom le sonrió con sarcasmo y caminó hasta él para detenerse justo a su lado.
—Gracias, pero no necesito que te preocupes por mí. He aprendido a cuidarme solo —y al dejar esto en claro, salió.

En la puerta, se encontraba Georg quien había escuchado la mitad de la conversación. No intervino ya que sabía que no ganaría nada con hacerlo. En el momento en que Tom pasó por un lado suyo, trató de palmear su hombro, pero el chico rechazó aquel gesto y siguió de largo sin ni siquiera mirarlo.
—¿Tu también sabías de esto? —le cuestionó Gustav al descubrir que él también se encontraba presente.
—Digamos que, de alguna manera, lo presencié —le respondió entrando a los vestidores mientras su compañero soltaba una irónica carcajada.
—¿Y no le dijiste nada?
—¿Qué podía hacer? —preguntó alzando sus hombros—. Pude saber que los sentimientos de Tom eran sinceros.
—Esa no es excusa. Sabes que su vida puede estar en peligro ¿y aun así dejaste que pasara todo esto? —Georg cerró sus ojos y soltó un pesado suspiro.
—Lo que le pasó a Oscar fue en una situación completamente diferente. — le infirmó al deducir que Gustav trataba de mencionar ese tema. El rubio negó.
—Puede que haya sido diferente, pero la que lo ocasionó fue la misma persona. Kimberly es impredecible y… aunque me duele decirlo, es peligrosa. Y aunque sé que la situación se ha calmado —continuó antes de que Georg lo hiciera—, sabes que si lo hizo una vez, lo hará una vez más.

Otra vez, aquel silencio abrumador pero más que nada, era la intriga de Georg al tratar de deducir lo que Gustav planeaba en su mente ya que sabía, que fuese lo que fuese, no sería nada bueno, al menos, para Tom.

—Necesito que me hagas un favor. Aunque más que eso, es una necesidad. —Habló por fin.


*



El canto de los grillos y el descenso de la temperatura avisaban que la noche había llegado por fin. Kimberly, quien disfrutaba de la caricia en sus cabellos de su otro yo, comenzaba a sentir ese ya conocido revoltijo de estómago avisándole que se sentía nerviosa y emocionada a la vez, pero esta vez, aquella sensación era de nervios y preocupación.

¿Qué se supone que le dirá cuando lo vea? —su ceño se frunció—, a todo esto, ¿estará lista para confesarle a Tom el por qué está en ese lugar? Su verdad, no la que los doctores dicen que es. Y lo más importante, ¿le creerá?

—Kimy

—¿Mh?

—Se supone que Tom sabe todo acerca de mi historial clínico, ¿cierto? —preguntó con dificultad.

—Se supone… —la chica hizo una mueca y meditó un momento—. Le debieron hablar todo acerca de ti, es su responsabilidad y deber, ¿por qué, qué ocurre? —Kim negó.

—Solo pensaba si… sería mejor contarle toda la verdad a Tom —calló por unos segundos—, y eso incluye lo de Bill. —al confesar su idea, se levantó de las piernas de Kimy y se sentó sobre las suyas—. También, quería hablarle acerca de Sam. Quisiera aprovechar que todavía estoy sin poder verlos.

Kimy asentía ante cada palabra pronunciada y al final, bajó su mirada. No estaba convencida, sabía muy bien que era mala idea ya que aun no era el momento indicado para que Tom supiera acerca de la existencia del llamado “tercer” ojo y mucho menos, sobre su propio hermano.

Al parecer, Kimberly no lograba comprender las consecuencias.

—Kimberly, yo escuché cuando David le decía a Tom sobre tus alucinaciones y sobre lo agresiva que te pones sin razón alguna. Le advirtió que lo podías llegar a lastimar y que era preferible tomar precauciones. —La paciente se sorprendió al principio, pero después, bajó su triste mirada.

No era que había olvidado a toda la gente que había atacado, simplemente, había decidido reprimir todos aquellos horribles recuerdos. La hacían sentir culpable y miserable; y lo peor de todo es que aunque estaba consciente cuando los atacaba, por dentro, sentía que no era ella la que lastimaba al personal, sino alguien o algo más. Aquella sensación le causaba escalofríos.

—¿A dónde quieres llegar?

—Él apenas logró asimilar que sufres de delirios, ¿no crees que si le dices algo más, el que perderá la cordura, será otro? —miró hacia otro lado—. Su mente en estos momentos está débil Kim, tiene muchas cosas en la cabeza: tú, Bill, él mismo…, si le llegas a decir en estos momentos de confusión sobre tu tercer ojo y sobre todo, si le llegas a decir que has entablado una conversación con su propio hermano, ¿qué crees que hará? Eso sería la gota que derramaría el vaso. Lo perderás y él se perderá a sí mismo. —negó—. Si le llegas a decir, será una mala idea.

La mirada de Kimberly se endureció. Esa mirada que la caracteriza y que hace que sea temida por todos en el hospital.

—Titubeé —murmuró atónita—. ¿Cómo pude hacerlo? ¡¿Cómo pude bajar mi guardia?! —gruñó y se levantó de la cama con rapidez.

Miraba el piso pasmada, ¿qué le había sucedido? ¿Contarle a Tom acerca de su verdad? No, la mejor pregunta era ¿cómo dejó que aquel estúpido guardia derrumbara la barrera que tanto trabajo le había costado hacer? Gruñó.

—Soy una tonta.

—No, Kim. No lo eres. —le aseguró Kimy sonando por fin como una niña y no como una adulta—. Estás enamorada.

—¡¿Enamorada?! —gritó volteando a verla—. Si en verdad fueras yo, comprenderías muy bien que yo no puedo estar “enamorada” —le dejó en claro y en el acto, sus hombros se encogieron—. Ni siquiera sé lo que significa aquella palabra —murmuró con un hilo de voz.

—Kim… —la nombró preocupada poniéndose de pie sobre la cama—. Kim… —los ojos de la niña comenzaban a llenarse de lágrimas. La mente de Kimberly se perdía cada vez más y más.

“Nunca debí de haber aceptado la petición de Bill. Desde que él y Tom llegaron, mi vida se complicó más. He bajado mi guardia, ¡me he mostrado débil en frente de todos! Tom —gruñó— él es el causante de esto, él es el principal causante de mis problemas. Debe desaparecer, debe hacerlo ahora, ¡ahora! Por su culpa… por su culpa —sus dientes se apretaron— mi alma comenzó a sentir otra vez. No puedo permitirme sentir, no puedo permitir ser una persona ya que si lo hago, seré un blanco fácil para esas malditas almas corrompidas. Sam, él aprovechará para lastimarme y eso es algo que no permitiré. Primero muerta”.

—Kim…

—¡Deja de llorar! —gritó a todo pulmón lo que ocasionó que Kimy llorara más fuerte—. Cállate. Se supone que eres yo, ¡no puedes llorar! —le advirtió sacudiéndola por los hombros pero el llanto de Kimy no se cesaba y las manos de Kim comenzaban a temblar—. Debemos ser fuertes, no podemos mostrar sentimientos… no debemos… —tragó un inevitable sollozo— no debemos… —malditas lágrimas, maldito Tom, ¡maldita sea!— ¡¡No debemos amar!! —Gritó por fin soltando el incontenible llanto que solo expresaba dolor mezclado con impotencia.

Eran dos llantos diferentes provenientes de la misma persona: una lloraba por el sufrir de la otra. Y la otra lloraba por el sufrir de las dos.

Y la energía que emitían sus llantos era tan poderosa debido al dolor que ocasionó que los espíritus que merodeaban los pasillos, aparecieran al alrededor de esa habitación para alimentarse de todo ese sufrimiento que les brindaba un sorprendente poder.

—Ellos están aquí —susurró Kimy entre sollozos. Kimberly, la abrazó más fuerte y lo único que le respondió fue “lo sé”.

*


Tomó la bolsa negra y quitó las llaves de su pantalón. Se aplaudió a él mismo por tener la brillante idea de esconder la bolsa negra en el cuarto de seguridad, debajo de los monitores en el momento en el que llegó al hospital. Si Gustav lo hubiera visto, la discusión no hubiera tenido fin y tal vez, se lo hubiera arrebatado.

—¡Oh! —exclamó retomando el aliento—. No te has ido, excelente. Escucha Tom, tengo algo que decirte —le advirtió poniéndole un alto con su mano izquierda.

—No tengo tiempo, voy algo… retrasado —informó comenzando a caminar pasando de largo el alto de su compañero y así, sin darle más rodeos, caminó hasta el pasillo a lo que Georg soltó un largo suspiro y decidió ir tras él.

—Tom te lo pido, ¡tienes que escucharme! —el de rastas bufó y metió su mano en la bolsa de su pantalón mientras seguía su camino—. Es importante —le aseguró y sonrió aliviado al ver que logró hacer que se detuviera

—No me digas. Te mando Gustav, ¿cierto? —cuestionó mirándolo de reojo.

—Eh… sí y no. Lo que te tengo que contar tiene que ver con Kimberly pero…

—No me interesa escuchar lo que Gustav piensa acerca de ella. Ya lo dejó muy en claro en los vestidores y no quiero volver a oírlo —le indicó volviendo a caminar.

—¡Tiene que ver con lo que le sucedió al último guardia de Kimberly! —de nueva cuenta, se detuvo.

Oscar, el guardia antes de él. Según había escuchado del mismo Baecker renunció por motivos personales al parecer, fue algo más que eso. “¿Qué demonios ocultan?”, pensó mirando a Georg de reojo.

—No me interesa. —dijo por fin marchándose de una vez por todas. No quería escuchar nada de nadie, sobre todo si lo que tenían que decir eran acusaciones contra Kimberly—. Ustedes, no tienen límites —le señaló a la nada.

El foco rojo se encendió y la alarma sonó. Tom volvió a tomar la bolsa negra y se aventuró por ese triste y desolado pasillo. Si alguien extraño al hospital entrara a aquel piso pensaría que era un sitio olvidado por todos ante su silencio y su deterioro. Algo triste, pero cierto.

—¿Kim? —la llamó antes de abrir la puerta pero no obtuvo respuesta. No importaba, entró de todos modos y solo para percatarse de que no se encontraba acostada en su vieja e incómoda cama. Frunció su ceño y volteó hacia la puerta que daba hacia el escondido baño: estaba abierta y el cuarto se encontraba en completa oscuridad, ¿qué pasaba aquí?—. Kim, ¿estás bien? —le preguntó preocupado y entró dejando la bolsa negra a un lado de la cama—.¿Kim? —la volvió a llamar al ver su silueta: estaba recargada en la pared y sin dar un paso más, el guardia trataba de encontrar a ciegas el interruptor de la luz pero al sentirlo, notó que Kimberly se movió.

—Vete.

—¿Qué? —cuestionó apartando su mano de la pared.

—Vete —repitió con un poco de desesperación en su voz al darse cuenta que Tom trataba de acercarse a ella.

—Kim, ¿qué sucede? Soy yo, Tom —le recordó algo iluso tratando de tocar su rostro, pero la chica esquivó aquel gesto—. ¿Estás enojada? Acaso… ¿acaso hice algo mal?

—Tenías que venir, ¿verdad? Tenías que venir y arruinarme la vida —señaló con cólera—. Yo me encontraba tan bien, ya me sabía controlar, ellos ya me habían dejado en paz. Me había convertido en piedra, lo que tanto había deseado pero…

—¿Ellos?

—… tu tuviste que llegar y echarme todo a perder. No sabes cuánto te detesto.

—Kim…berly —la nombró anonado y negó—. No, tú no sientes eso por mí.

—Vete —repitió una vez más—. Vete, lárgate, ¡y llévate tus sentimientos de aquí! No quiero saber nada de ti, ¡por tu culpa me volví débil y dejé que cosas malas pasaran! ¡Te odio, vete, vete, vete! —gritaba subiendo la intensidad de su voz en cada palabra hasta que explotó y comenzó a empujarlo fuera del baño sintiendo aun las lágrimas viajar por sus mejillas pero gracias a la oscuridad, Tom no podía verlas.

—Así que eso es lo que quieres —susurró en el momento en que Kim dejó de golpear su pecho.

Sus manos se cerraron fuertemente y temblaron ante el coraje que no pudo evitar sentir no tanto por las palabras de Kimberly si no, por todo lo que le había dicho Gustav hace un rato. El muy maldito no podía tener razón, no, Gustav estaba equivocado, él lo estaba. Kimberly sabía lo que hacía, Kimberly sabía lo que era el amor y lo más importante, Kimberly estaba enamorada de él así como él de ella.

De un parpadeo, Tom tomó de las muñecas a la paciente y la aprisionó contra la esquina de la pared, dejándola completamente inmóvil y dolida. Esta vez, podía escuchar su respiración a la perfección lo que hizo que observara sus ojos para confirmar que se encontraba llorando. Él lo sabía, lo que decía Kimberly, no era enserio.

—¿Qué haces? ¡No tienes derecho a hacer esto! —gritó—. Haré que te despidan —le aseguró entre dientes y comenzó a forcejear y a quejarse ya que ella sola lograba lastimarse.

—Repítelo.

—¿Eh? —hubo un silencio total en la habitación.

Tom recargó su frente en la de Kimberly y cerró sus ojos sintiendo su aroma. No lo pudo evitar y juntó también su nariz con la de ella. Solo faltaba juntar sus labios pero… necesitaba escucharla primero aunque se moría por dentro. Necesitaba besarla.

—Dime que ya no me quieres ver y que me odias. Dilo —la invitó a hablar luchando contra sí mismo para no besarla—. Dilo una vez más y te juro que me voy.

Kimberly pasó saliva con dificultad y sintió un gran nudo en su garganta. Lo tenía cerca, tanto, que ocasionó que su cuerpo se destensara y que el llanto parara. Esa era su oportunidad, tenía que decirlo y así su vida volvería a ser como antes. Maldición, ¿por qué no lo dice? ¡¿Por qué es tan débil?!

—No hay porque llorar —le aseguró soltando su muñeca para limpiar su mejilla. Kimberly dejó su mano en el aire pero después, reaccionó torpemente y la puso sobre el pecho del guardia, dispuesto a empujarlo pero… en lugar de eso, lo tomó de la playera insinuándole que se acercara más. Lo necesitaba cerca. Lo quería… sentir.

—Te odio —lo dijo por fin—. Te odio porque me hiciste débil —le confesó entre dientes—. Te detesto tanto por eso. —Tom asintió—. Y aunque deseo tanto que te vayas —lo acercó un poco más— algo muy dentro de mí ruega que ignores todas estas palabras y te quedes.

—Me quedaré aunque no puedas verme ni en pintura. Lo haré porque te quiero y no estoy dispuesto a separarme de ti —confesó tomando su rostro entre sus manos y Kimberly se aferró de su playera con las suyas.

—No quiero ser débil —susurró.

—Tú nunca lo fuiste.

Por fin pudo dejar de pelear con su interior y se lanzó a sus labios dispuesto a quitarle todas sus dudas. Esta vez, los labios de Kimberly se abrieron dispuestos a recibir la lengua de Tom y lo dejaron recorrer su boca con toda la libertad posible. Esta vez, Kimberly no tuvo miedo y disfrutó de aquella nueva sensación que la hacía tiritar: placer. Su lengua, acarició la de Tom y al recibir respuesta soltó su playera para ahora, aferrarse a su cuello y sentirlo aún más cerca. El guardia, la tomó por la cintura para separarla de la pared y así apegarla más a su cuerpo para poder tener más facilidad de tocarla y moverla a su voluntad.

“Debo detenerme… pero no quiero”


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dfsklshjghsdlfklhgkdfjghskf tenía que cortar esa escena pues porque.... porque si :X aunque me maten :c era justo y necesario lkdfdsjfhldskjfhdskf Y ustedes, ¿cuál creen que haya sido el porqué Oscar decidió irse del Hospital? O: gracias por leerme *-* <3 br="br">

3 nov. 2012

Capítulo treinta y seis



“¿Qué pasa cuando dos personas sin libertad comparten su soledad?” 



Los ojos de Kimberly se abrieron ante tal confesión y su cuerpo cayó de rodillas ante la sorpresa. ¿Acaso eso era posible verse a ella misma en la etapa de su infancia?

Le costaba respirar, tal vez, la respuesta no le había caído bien. Llegó a la conclusión de que por fin se encontraba completamente en la demencia y lo que veían sus ojos era una alucinación, nada más. Qué triste, al parecer, el encierro del hospital le había ganado.

—Esto no es real, esto no es real, no lo es, no lo es… —repetía en murmuro una y otra vez mientras agarraba sus cabellos con tristeza.

—¿Uh? ¿Por qué dices eso? —cuestionó la pequeña confundida y frunció su ceño—. ¿Tú eres real?

Kimberly alzó la vista dejando ver lágrimas retenidas en sus ojos, además, la niña se dio cuenta que aquella pregunta la había molestado.

—Claro que soy real —respondió entre dientes—. ¡Cómo te atreves a preguntar algo tan estúpido!

Aquella expresión hizo que la niña volviera a fruncir su ceño y bajará de un salto de la cama. Ahí estaban las dos, frente a frente; Kimberly se encontraba a la altura de su otro yo gracias a que se mantenía sentada.

“No puede ser”, pensó completamente anonada al ver mejor las facciones de aquella niña. Era idéntica a ella y al tener esa expresión de enojo en su rostro —lo cual, ella también tenía— le hizo confirmar, que en efecto, era ella de pequeña.

—¡Entonces porque preguntaste eso conmigo! —retó—. Las dos somos reales: si yo existo, tú existes; si tú existes, es obvio que yo… yo existo —murmuró—. Soy real por el simple hecho de ser tú.

La tensión entre ellas disminuyó. Ahora, la pequeña Kimberly miraba con tristeza a su otro yo: había tanta confusión en su rostro, soledad en su corazón y dolor en su alma que se preguntó si realmente aquella mujer era ella de grande y temió por un instante. La pequeña no logró tolerar por un momento el pensar que las sombras habían dominado el corazón de la verdadera Kimberly y que ella, la niñez, lo más bonito que le pasó se haya convertido en un olvidado recuerdo. Eso era injusto.

—Kimy —la pequeña alzó la vista ante ese nombre—. Mamá te llamaba Kimy, ¿no es así? —preguntó con la mirada pegada al piso.
La pequeña al principió se atontó por aquel comentario que había salido de la nada, pero después, bajó su guardia y se encogió de hombros.

—Así nos llamaba a las dos —le corrigió brindándole una cálida mirada.

Kimberly dio una fría sonrisa.

—Lo recuerdo —informó mirándola a los ojos. Lo único que no recordaba, era la voz de su madre pronunciándolo.

Kimberly no pudo evitar cerrar sus ojos ante el cansancio que se apoderó repentinamente de ella, tal vez, sintió que la noticia le pesó en todo su cuerpo. Ya había sentido aquella sensación, una vez, cuando sus padres le dieron la noticia de que estaría internada en el hospital y que ya no los volvería a ver. Kimy, al notar la pesadez en sus ojos, se sentó sobre sus rodillas y le permitió a Kimberly que descansara en sus piernas.

—Nos han pasado muchas cosas —susurró Kimberly con sus ojos cerrados.

—Pero ya no enfrentarás nada tu sola —le aseguró acariciando sus cabellos con delicadeza. Kim sonrió.

—Creo que no. Ya que sé que estarás a mi lado. —susurró dispuesta a quedarse dormida, pero al no sentir el leve masaje que Kimy le ha estado ofreciendo se dispuso a levantarse para ver el rostro de la pequeña; ella, tenía casi el ceño fruncido y negó.

—No estaba hablando de mí —le informó y los ojos de Kimberly se abrieron de golpe al ver como Kimy se desvanecía y la silueta que quedaba de ella, se fue al acto en que la puerta de su habitación se abrió.

—Es hora de asearse —informó la enfermera y detrás de ella, entró Gustav quién se detuvo en seco al ver a su amiga sentada en el piso. No pudo evitar que por su mente se cruzara una mala idea de lo que Kim hacía antes de que llegara.

La paciente se puso de pie y caminó sin reproche y sin hacerle una mala cara a la enferma y, como ya se empezaba a hacer costumbre, dejó que Gustav la tomara del brazo para guiarla a las regaderas, camino que, después de todo, sabía con perfección.

El chico pudo sentir como sus hombros se destensaron al observar que Kimberly se encontraba en perfecto estado pero no pudo evitar agachar su mirada y hacer una mueca al recordar la conversación que tuvo con ella anteriormente: ¿lo de Tom fue real o simplemente fue una alucinación? Y si sucedió esto último quiere decir ¿qué Kimberly se enamoró de aquel guardia?

“La verdad, no estaba consciente de que fueras capaz de conocer ese sentimiento”, pensó avergonzado y continuaron el camino en silencio.

Aun así, algo le dice que ella no será capaz de razonar lo que en verdad significa el amor mientras siga encerrada en ese hospital. Aquel sentimiento no se disfruta mientras no exista libertad en la vida de la persona.

*


Borrosamente, pudo distinguir un pequeño bulto en la cama que tenía a un lado. Se giró para quedar boca arriba y se sobó los ojos para recuperar nuevamente su visión, hace mucho que no dormía tan bien; había olvidado lo rica que era su vieja cama. ¿Quién lo diría? Si extrañaba pasar una noche en la casa de sus padres, además —suspiró— no se sentía tan solo como en su departamento.

—Ha, después de todo, si olvidé varia ropa —confirmó al ver un conjunto sobre la cama que anteriormente le pertenecía a Bill y en el piso, se encontraba un par de tenis que años atrás, eran sus favoritos—. Suerte la mía.

Sin más rodeos, se fue directo a darse un baño caliente, el cual, al sentir el agua chocar en sus hombros y escurrir por su cuerpo, descubrió que lo anhelaba desde hace ya tiempo. Le había caído a su cuerpo como un delicioso masaje que le ayudó a olvidarse de todo por al menos ocho minutos. Antes de cerrar la llave, recargó su frente en la pared de la regadera y respiró con profundidad tres veces: era momento de volver a la rutina. Aquello, le hizo sentir un pequeño nudo en el estómago, ¿volver? —sus hombros se encogieron—, ¿Kimberly le dejaría volver?

—Solo espero… que no me rechaces.

El vapor salió en el momento en que la puerta del baño fue abierta. La sensible nariz de Tom pudo notar rápidamente el olor a comida y esta vez, sintió el gruñir de sus tripas quienes rogaban por alimento. Rió. Hace mucho que no veía a Gordon cocinar para él.

—¿Qué preparaste para mí, viejo? —cuestionó entrando a la cocina pero su garganta se cerró al ver a su madre parada en la estufa—. Mamá —soltó avergonzado—, lo siento yo… yo creí que era Gordon —se disculpó torpemente sin lograr que Simone volteara a verlo, ella seguía ocupada revolviendo ingredientes en el sartén.

—Ponte una camiseta, estás en mi casa —le recordó entre aquella orden y Tom notó que lo miraba de reojo. Él, torpemente obedeció y se puso su playera blanca de rapero mediocre (así era como su madre le llamaba a esa vestimenta) y se sentó en la pequeña mesa sin saber qué hacer o qué decir. Era la primera vez que estaba solo con ella, claro, exceptuando el día en que ella fue a verlo en su departamento para… reclamarle.

—¿No sacarás tu plato ni tu refresco? Recuerda que ya no eres un niño para que yo te sirva casi todo —expresó bajando la flama, la comida ya estaba lista.

Tom apretó los labios, olvidaba lo fácil que le volvía loco; tuvo que tener mucha fuerza de voluntad para no contestarle, no quería empezar otra innecesaria discusión con ella, además, tenía razón, él ya no era un niño, pero qué más da, él nunca lo fue.

Lo único que Simone estuvo dispuesta a hacer por él, fue servirle la comida en el plato que Tom ya había sacado y puesto en mesa. Su hijo le agradeció por el alimento y antes de darle un bocado, le tomó la barbilla y despacio, le giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué haces? —le preguntó exaltado.

—Quiero ver tu herida —le respondió pero Tom volvió a girar su cabeza haciendo que su madre lo soltara bruscamente.

—Mi herida está bien —informó tratando de volver a lo suyo—. Fue solo un rasguño

—Déjame verla —volvió a ordenar.

—Ya te dije que está bien.

—¡Qué me dejes verla Tomás! —ordenó por última vez y en esta ocasión, le volteó su rostro a la fuerza a lo que Tom no pudo evitar quejarse—. Mhh, será mejor que te pongas un curita —dedujo y lo soltó por fin—. Iré a ver si tengo algunas…

—No es necesario, ya te dije que estoy bien —le contestó en susurro pero lo suficientemente alto para que su madre lo escuchara.

—Deben estar por aquí —se dijo así misma explorando el botiquín.

—Mamá, ¿me escuchas? Te dije que no era necesario…

—Estoy segura que aun me quedaban unos cuántos.

—Mamá…

—¡Los encontré!

Los ojos de Tom se cerraron y un fuerte golpe se escuchó por toda la cocina. Simone, volteó a verlo con el pequeño paquete de curitas en sus manos: había golpeado la mesa con todas sus fuerzas haciendo que algo de refresco saliera de su vaso y que la cuchara que reposaba en la mesa se desacomodara.

—¿Por qué no me escuchas? Te dije que estoy bien, ¡no necesito de esas cosas! —le informó gritándolo por fin y se puso de pie haciendo que la silla se arrastra hacia atrás bruscamente. Su mamá bufó.

—Por favor Tom no seas terco, ponte este curita —le dijo extendiendo su mano con la caja—. La herida se cerrará más rápido.

—¿Herida? —soltó estupefacto— ¡Oh! Hablas de ¡este pequeño e insignificante rasguño! —señaló su mejilla—. Mamá no sabes cuánto te agradezco que después de estos años por fin te preocupes por mí, pero por favor, no me trates como un niño que muy bien sabes, no lo soy. Si yo digo que no necesito del “curita” es porque no lo necesito. —exclamó soltando cada palabra de golpe y aunque ya había explotado, procuro hablarle lo más tranquilo que pudo.

Simone, indignada, aventó la caja al suelo haciendo que los pocos curitas que quedaban salieran de su sitio.

—Al parecer, siempre serás un malagradecido. —Y al decir esto, se marchó de la cocina para dejarlo solo.

Las manos de Tom temblaron y para desatar su frustración lo único que se le ocurrió hacer fue apretar muy fuerte sus rastas y gritar entre dientes. No podía comprender por qué no se toleraban, ¿era normal chocar en todo con ella? Siempre ha tenido la sensación de que él ha sido su decepción y por eso siempre lo ha tratado de diferente manera, pero, ¿es necesario tanto drama? ¡Él ha tratado de ser un buen hijo, ¿por qué no se da cuenta?!

—Suficiente de esta mierda.

Había sido un error el haberse quedado en esa casa. Se dio cuenta que era mejor estar en su departamento solo, que con alguien que respiraba sobre su cuello en todo momento y sólo para recordarle la porquería de persona que era.

Que desperdicio de tiempo.



*

—¡Georg! —le saludó Gustav y corrió hacia él. Georg, le saludó con la mano y al ver que su compañero se encontraba agitado no pudo evitar preguntar qué era lo que le ocurría a lo que Gustav rio nerviosamente y solo se limitó a preguntar sobre el paradero de Tom.

—Uh, pues siempre a esta hora está en los vestidores —le informó mirando su reloj de muñeca—, ¿para qué lo necesitas…?

—¡Gracias! —gritó cuando estaba a punto de dar vuelta en uno de los pasillos. Georg resopló.

—¿Y ahora este que se trae? —negó ante la divertida reacción de Gustav y decidió alcanzarlo. Sí, era algo curioso y quería saber el por qué de su comportamiento, así que le siguió con tranquilidad y silbando una canción sin nombre—. Si que tengo amigos muy extraños.

*

Lo bueno es que la herida no fue profunda, de esta manera, no preocuparía a Kimberly. —¡Ah, pero si soy imbécil! —se regañó golpeando su frente y se sentó completamente deprimido en las bancas desgastadas del vestidor.

No se arrepentía de haber hecho lo que hizo la noche anterior, era algo que deseaba y además, estaba consciente de las consecuencias que eso traía. Aun así, sabiendo que tal vez Kimberly le fue a contar a David de lo sucedido con la intención de que lo corrieran del hospital, no quería que le alejaran de ella. Sabe muy bien que ante los ojos de los directivos era algo inaceptable y merece el castigo: ¿enamorarse y besar a una paciente de un hospital psiquiátrico que sufre de alucinaciones y la tachan de peligrosa? Por dios, ¡el enfermo parecía él por hacer tal cosa! Y si, tal vez era un loco pero… fue algo que no pudo evitar. No estaba en sus planes enamorarse y mucho menos de ella.

Todavía no entendía el por qué de esos sentimientos. Si él en estos momentos estuviera en sus cinco sentidos ¡ni por nada en el mundo hubiera puesto sus ojos en Kimberly! Hay que pensarlo: fijarse en una enferma mental que ha puesto en peligro su vida y la vida de los demás, que sufre de delirios y además, que es inestable, no suena para nada a sus gustos y no es sensato.

“Tal vez es eso, mi estrés por Bill, mi familia y mi vida, me ha hecho perder mi propia cordura e hizo que bajara mi guardia. Desde que mi hermano no está a mi lado, me he sentido solo ya que él ha sido la única persona que me ha brindado verdadero apoyo; entonces, al ponerme a custodiar a una mujer, han hecho que mis necesidades se inclinen hacia ella, sólo para no sentir esta soledad que me abruma y de un intento desesperado llegué a pensar que me he enamorado de ella, cuando, en realidad, no es así”, concluyó para él mismo mientras se masajeaba sus parpados. Ahora, se sentía irritado: la cabeza le dolió ante tantos pensamientos, pero aquella respuesta era la más sensata y parecía sonar realista.

—¿Me mentiste?

—¿Ah? —abrió sus ojos y miró a su alrededor. Le había parecido escuchar la voz de Kimberly, al parecer, lloraba.

Indeciso, se puso de pie y examinó mejor el lugar. En efecto, se encontraba solo pero, ¡él no es un loco! Estaba seguro de haber escuchado esa voz que lloraba por la decepción. Parecía que Kimberly le había leído cada palabra de su pensamiento para descubrir que todo lo que le había dicho la noche anterior había sido mentira.

—No, no Kim. Yo no mentí, ¡en nada! —aseguró con un nudo en la garganta.

Tom se encontraba solo y Kimberly, ha estado sola desde hace mucho. Ella no era mala, Tom lo sabía, lo miraba en su rostro y en sus ojos tan claros que podías ver su atemorizada alma: eso era, ella no era peligrosa, solo se encontraba asustada por estar tanto tiempo abandonada por sus seres queridos en ese encierro. Un abandono que Tom comprendía a la perfección al ser olvidado por su verdadero padre y negado por su madre y aunque tenía a Gordon como figura paterna, no podía llenar aquel vacío que él sentía desde niño.

Tom y Kimberly eran dos personas tan iguales que compartían la misma soledad y eso fue lo que hizo que se unieran. Dos personas que sufren del mismo dolor y que son buenas en su interior, son los únicos capaces de llenar el vacío que siente el otro. Y así el encierro que sufren en su corazón, podrá ser liberado.

—¿Pero qué estoy diciendo? —se preguntó anonado y rió tontamente—. Yo la quiero, ¡quiero a Kimberly!

Pero aquella confesión no tuvo un grato recibimiento. Gustav, que escuchó todo, salió de su escondite sintiendo su sangre hervir ante tanto coraje que estaba dispuesto dejarlo fluir.

—Así que era cierto. —Tom no volteó a verlo, solo se quedó inmóvil, dispuesto a escuchar todo lo que Gustav tenía para decirle—. Besaste a Kimberly.


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Aquí está el nuevo capítulo *-* espero y lo disfruten mucho ¡Gracias por leer!