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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

4 ago. 2013

Capítulo setenta y tres.





Tom acariciaba con su dedo pulgar el dorso de su mano. Su piel era fría, pero él seguía vivo, pensó el guardia tratando de darse fuerza a sí mismo.



Quería pensar que era su imaginación, pero cuando entró y lo vio, no pudo evitar asegurar que estaba más demacrado. Su piel estaba más pálida y también se veía desnutrido (aunque no tanto como Kimberly, gracias al cielo): sabía que lo alimentaban por sonda, pero al parecer, eso ya no era suficiente.



Él no sabía nada acerca de las nuevas noticias que los doctores le daban a su madre y a Gordon, hace meses que se negó a saber sobre aquello. No quería escuchar opiniones externas, qué más daba si eran profesionales; desde ese día en adelante, él sólo se guiaba por su intuición de hermano gemelo. Sí, aunque sonase absurdo. Porque los doctores no conocían a Bill como Tom lo hacía, ellos no sabían la fuerza interior que Bill poseía. Tom sí, por eso confiaba en su conexión como gemelos: mientras él lo sintiera vivo, eso le bastaba para saber que Bill abriría los ojos.



Tarde o temprano, pero lo haría.



«Yo… puedo ver a personas que ya no están en este mundo». Apretó con fuerza la mano de Bill.



Su mente, su cordura, su estabilidad se había ido a la mierda hace tiempo, pero aquello hizo que todo en su interior explotara (una vez más). Todavía no terminaba de digerir aquellas palabras y se sorprendía de sí mismo al caer en cuenta que se había tomado aquella declaración con demasiada tranquilidad. ¿Fue la emoción de tenerla devuelta lo que le impidió razonar como era debido? En ese momento, él se sentía en una nube: estaba flotando y por primera vez en mucho tiempo su cabeza guardó silencio. Y todo, porque Kimberly volvía a estar en sus brazos.



Se frotó los parpados con pesadez.



Claro, aquel silencio no iba a durar para siempre: su mente comenzó a despertar, haciendo mucho ruido. Recordándole el lugar dónde Kimberly estaba, el lugar dónde él tuvo que ir para rescatarla; las personas que vio y lo que en verdad eran o más bien, fueron.



Conoció a Jeny y no sabía qué hacer con eso: obviamente, le había jurado a Kimberly guardar aquella confesión como un secreto. Él se lo había tomado con calma y ahora, que lo estaba analizando todo, tenía sentido. Era cierto, o si no, ¿de qué otra manera puede explicar que haya estado hablando con dos personas muertas? Estaba loco, sí, lo admitía. Pero no lo suficiente para orillar a su mente a crear toda aquella ilusión.



Kimberly podía ver a los muertos. Ese era un hecho aunque siguiese sonando descabellado. Ahora bien, él lo cree, pero ¿y los demás? Los doctores no van a aceptar aquello como una respuesta hacia su estado mental: era algo demasiado trivial y estúpido. Si Tom hablaba lo más probable es que terminase de hundir a Kimberly y de paso, hacen que lo encierren a él también.



Debía sentirse aliviado y, en parte, lo estaba: ella no era una loca. Más sin embargo, aunque no fuera un doctor, sabía muy bien que todo ese medicamento terminó de destruir su estado emocional y mental y al tiempo, la hicieron dependiente de esas pastillas. Kimberly tenía que seguir ahí, después de todo.



Al final, llegó a concluir que se encontraba entre la espalda y la pared: estaba feliz porque había una explicación no médica sobre la actitud de su pareja pero eso no significaba que estuviese del todo bien. Kimberly sufría estragos, como ella lo dijo, tenía “demonios” y todavía no terminaba de expulsarlos a todos. Ahora bien, de alguna manera, aunque juró callar sobre la confesión, tenía que hablar con el Dr. Jost sobre aquello: ya fuese cuando Kimberly fuera libre o cuando su estado mental tuviese una gran mejoría. Él merecía saber la verdad y Kimberly estaba de acuerdo con ello.



Pero, ¿y Georg? ¿Acaso él le creería que conoció a Jeny? ¿Qué la vio y mantuvo una conversación con ella? Por supuesto que sí, hasta que llegase al final de la historia y le diga que está muerta.



Se recargó en la silla, mirando con sus cansados y perdidos ojos el cuerpo de Bill.



«Jeny —volvió a hablar—. ¡¿Quién vino por Jeny?!»



Su cuerpo se tensó.



«¿Quién la escoltó?»



Su boca yacía entreabierta. ¿Cómo pudo olvidar aquel momento? Ese día Georg estaba vuelto una fiera, al parecer, había escuchado malas noticias que giraban en torno de una paciente que fue dada de alta, cuyo nombre, era Jeny.



—La enfermera… —musitó estupefacto—. Ella no sabía nada acerca de su paradero.



Jeny estaba desaparecida. El detective Smith, estaba investigando la desaparición de unos pacientes que habían estado en el hospital del Director Baecker. Fue como si se los hubiese tragado la tierra, esas fueron sus exactas palabras.



El principal sospechoso era el mismísimo director pero no contaban con las pruebas suficientes para hundirlo. Por eso necesitaban de Tom ya que trabajó “cerca” de él: sabía acerca de los movimientos en el hospital, conocía a varios del personal y sobre todo, conocía a los pacientes.



Jeny era otra víctima pero… ¿era en verdad Baecker el victimario? ¿Y por qué?



—Tienes las piezas, sólo arma el rompecabezas, Tom —declaró Bill desde el otro extremo de la habitación—. Piensa. Vamos, hazlo.



Tom se puso repentinamente de pie, llamando la atención de su gemelo.



—Debo irme, Bill —se despidió acariciando su mano—. Sólo vine a darte las gracias. Te espero en casa, ¿sí?



Bill bajó su mirada hacia su mano derecha. Vio con anticipación la caricia que su gemelo le ofreció, pero él y apenas lo sintió. Al parecer, su cuerpo y él ya no eran “uno”.



Antes de salir, Tom lo miró una vez más con una pequeña mueca en sus labios. La mitad de sus incógnitas estaban siendo resueltas poco a poco pero, el de su hermano… simplemente no le encontraba respuesta. Cuando lo vio en la escalera, ¿en verdad era Bill o simplemente fue un invento de su imaginación al estar al borde de la muerte?



Entonces, deseó que haya sido sólo su imaginación. ´



—Tom —le llamó mirándose el dorso de su mano—. Lo lamento pero creo… creo que no podré volver.





Sus energías, poco a poco, volvían a ella. Se sentía mejor, sobretodo, al saber que Baecker había llegado a la decisión de devolverle al menos al doctor Jost.



Claro, aquello no había sido decisión propia: Baecker llegó a ella cuestionándola, queriéndole hacer todo tipo de pruebas, exigiendo respuestas acerca de qué estaba pasando por su mente en esos momentos en el que tuvo ese ataque. Quería saberlo todo pero Kimberly no dijo absolutamente nada.



—Si quieres saber, tendrás que escucharlo del Dr. Jost —masculló tomándolo por sorpresa.



Ella no hablaría con alguien que no fuese aquel hombre que en todos esos años ha estado tomando el rol de padre. Y llegó al punto de amenazar a Baecker con una protesta de silencio, no importaba si se trataba de días: si no le devolvían a Jost, ella no abriría su boca.



—Bien. — Le escupió entre dientes accediendo a su petición, aunque claro, tuvo una condición: en cada sesión, él estaría presente.



Kimberly no protestó, sabía muy bien que no se lo iba a quitar de encima pero con el simple hecho de saber que Jost volvería a ser su psiquiatra estaba más que satisfecha. Al menos, estaría segura con otra persona presente.



Al menos, tendría un poco de tiempo para hacer un plan.



Bill le contó todo lo que él sabía, durando casi toda la noche despierta y aunque se sentía exhausta, le exigió a su cuerpo que aguantara. Después de todo, aquella verdad la incluía a ella.



—En ese momento, los tres nos conectamos —explicó recordándole un día de su pasado. Cuando era una niña y fue a visitar a uno de los tantos doctores que sus padres le obligaron a ver.



No recordaba los rostros ni nombres de esos señores. En esa época ella ni siquiera sabía lo que estaba sucediendo a su alrededor. Así que pedirle que hiciera memoria sobre un encuentro de unos segundos de hace más de diez años le fue algo imposible: ¿recordar rostros? Ella no estaba al tanto del mundo que le rodeaba, mucho menos se iba a fijar en el rostro de un niño que se escondía detrás de las piernas de su padre.



Pero…



Su madre tomó su mano obligándole a ponerse de pie con ayuda de un pequeño brinco. Comenzaron a caminar hacia una dirección desconocida para ella dedicándose a observar solamente las pantorrillas de la mujer, sumergiéndose así, en sus propios pensamientos. ¿Qué comerán al llegar a casa? ¿Su padre la llevaría a comprar un helado? ¿Jugaría con Sam? Oh, lo olvidaba, Sam estaba ahí. Siempre lo estaba.



Escuchó unos pasos cerca de ella, al parecer, alguien se iba. ¿Una familia, quizá? Quién sabe. Para empezar, ¿qué era ese lugar? Podía ser pequeña, pero algo le decía que ese no era un lugar adecuado para niños: daba miedo. ¿Quién podía traer a un niño a un sitio como ese?



—Dr. Baecker, buenas tardes —alzó su vista al escuchar a su padre hablar. Qué extraño, ahora estaban en otra habitación, ¿en qué momento pasó?



—Placer en conocerlos señor y señora Höhner —otra voz de alguien desconocido. Era un hombre, era viejo. Pero ella estaba segura que no se trataba de ninguno de sus abuelos.



Curiosa, asomó su cabecita buscando al señor que había escuchado y al toparse con la silueta, dio un brinco hacia atrás y apretó más los dedos de su madre: ¿quién era ese señor? Le daba mucho miedo, no le gustaba como la miraba. Para empezar, ¿tenía ojos?



Los objetos que aquel desconocido usaba para cubrir sus ojos brillaron cuando volteó a verla y Kimberly tragó en seco al ver su terrorífica sonrisa. Usaba una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas y tenía varias canas en su barba y cabello.



Cuando el brillo en sus gafas se fue, ella pudo confirmar que si había ojos detrás de esos objetos. Pero eso no lo hacía ver menos feo.



—Y tú, pequeña, eres Kimberly, ¿verdad? —ella se aferró al pantalón de su madre y asintió—. Vaya —¿sonrió?— es un placer conocerte.


Si recordaba a ese hombre.



—Así que era su padre —soltó empezando a comprender—. Murió antes de poder hacer experimentos conmigo, ¿verdad? —su mirada se entrecerró—. Apuesto que a Baecker le ha de estar hirviendo la sangre de curiosidad debido a mí: el muy maldito quiere complacer la memoria de su progenitor.



—Y a él mismo —complementó Bill.



—Sabes… ¿sabes qué fue lo que le hizo a Jeny? —preguntó después de estar un minuto en silencio. Luego, endureció su mirada—. ¿Sabes dónde fue? ¿Lo viste?



El aludido dio un respingo ante aquellas repentinas preguntas. Anonadado, negó con suavidad y desvió su mirada.



—Ella tampoco lo sabe.



—Quiero ir —atajó tomándole por sorpresa—. Me imagino que me llevará al mismo lugar dónde la… mató, ¿no? —continuó sin respuesta alguna—. Bien. Entonces, estoy dispuesta a ir.



Bill se despegó de la pared y después, se detuvo en seco sin saber qué hacer o decir. ¿Acaso estaba loca? Meditó un momento recordando el lugar donde se encontraban. Entonces, cambió la pregunta: ¿acaso había perdido la razón?



—¿Ir? Sabes que te matará ¿verdad?, lo sabes, ¿cierto? —siguió cuestionando poniéndose ansioso—. Si pones un pie fuera de aquí, nadie nunca sabrá de tu paradero, estarás sola. Ni siquiera sé si… —tragó en seco—. Ni siquiera sé si yo estaré para ayudarte —aunque, la verdad no sabía si en ese estado podía hacer algo “útil”.



Simplemente estaba consciente de que era algo peligroso y estúpido. Kimberly sabía eso, ¿cierto? ¿¡Lo sabía!?



Kimberly apretó el agarre contra sus sábanas ante la ola de impotencia que la invadió. Sí. Sabía que iba a morir en cuanto Baecker decidiera “sacarla”. Pero… ese era el único plan que tenía para poder vengar la muerte de Jeny, la muerte de todos. E incluso, era la única manera de salvarse a ella misma.



Dos podían jugar el mismo juego, ¿no? Era sólo de ver quién era más inteligente y más hábil. Sí. Estaba dispuesta a matarlo.



—Es mi única opción.



—¡Puedes decirle a Tom! —exclamó de la nada haciendo que Kimberly lo volteara a ver en seco—. Sabes muy bien que él está ayudando en una investigación contra Baecker, te lo dije, ¿lo recuerdas? Además, ahora que sabe tu verdad todo será más fácil, ¿no crees? Debes decirle.



Kimberly pestañeó, atónita.



—¿Crees que todo se arreglará con simplemente arrestarlo?



Bill se mordió el labio inferior.



—… no.



Estaba decidido. Por el momento, ella se le entregaría a Baecker en bandeja de plata.



—No voy a perder —susurró mirando a la nada—. No debo perder.






Apenas se giró para retomar su camino cuando fue interrumpido.



—Acompáñame a la cafetería —atajó antes de que su hijo tomara la palabra y también, le impidió reprochar: al dar la orden, Simone dio media vuelta para dirigirse al lugar mencionado.



Tom se encogió de hombros y miró en todas direcciones en busca de algo sospechoso como Gordon o el doctor que estaba encargado de Bill. Pero nada. ¿De qué querrá hablar su madre ahora?



Sin más, la siguió en silencio.



—¿Quieres algo? ¿Soda, fritos…? —Tom negó—. Entonces, siéntate ahí. Yo voy por un café.



Como un niño bueno, obedeció a su madre y tomó asiento en la última mesa del pequeño lugar. La cafetería estaba vacía, había seis personas y pudo adivinar que se trataban de familiares de otros pacientes con el simple hecho de ver el agotamiento y preocupación plasmados en el rostro de éstos. Su madre tenía la misma expresión. Y le sorprendió el ver como se había tornado más vieja debido al estrés.



Bajó la mirada y avergonzado, apretó sus puños que yacían escondidos debajo de la mesa. Simone estaba cansada y a él le enfermaba saber que no podía hacer nada al respecto. Todo dependía de Bill.

***





—Tom —al escucharla, volteó a verla—. Te quedarás conmigo hasta el día de mañana.



—¿Q-qué? —soltó desorientado—. ¿Qué pasó con papá? —Simone alzó una ceja.



—Le quitaste las llaves del auto, ¿recuerdas? —los labios de Tom se apretaron.



Mierda.



—No hay problema, ¿cierto? —continuó—. Después de todo, ya no trabajas en el hospital.



Más mierda.



—Tenías que enterarte tarde o temprano —murmuró encogiéndose de hombros—. ¿Te lo dijo todo o quieres oírlo con mis propias palabras?



Simone negó.



—Te eduqué para ser un buen hombre, Tom. Siempre estuve hostigándote por tu mal comportamiento, ¿recuerdas que siempre regresabas con golpes? Siempre te peleabas en la escuela, siempre te suspendían —su mirada se perdió en el café—. Siempre eras tú el malo: el que tenía malas notas, el que fumaba en las esquinas. Desde hace tiempo quiero saber, ¿llegaste a drogarte? —soltó una sonrisa.



—Nunca fui tan idiota, mamá —respondió mirándola con rudeza. Allá iba de nuevo: recordarían su pasado, escucharía sus quejas hacia él, sus lamentos de por qué no fue un hijo perfecto como Bill.



—No. Claro que no —susurró tomando el vaso de cartón—. ¿Cómo, el hombre de la familia, podría hacer algo así?



La boca de Tom se entreabrió al escuchar aquellas palabras. ¿Acaso, su madre, había dicho “hombre de la familia”? Pestañeó varias veces, tratando de analizar el sonido de su voz: no había una pizca de sarcasmo en esa frase, lo dijo en seco y sin dudas. Más bien, había sonado como un recordatorio para ella misma.



—Ahora bien, no me sorprende lo de esa pelea —continuó—. Siempre tuviste esa debilidad, ya sabes, defender a las mujeres o a las personas que crees son menos fuertes que tu. Así que quiero asegurar que tu detención no fue una cosa de niños, ¿verdad? —Tom asintió—. Bien. ¿Hay más cargos en contra tuya?



Los había, estuvo a punto de decir. Pero si lo hacía, tendría que contarle cómo logró salir limpio de la estación de policía y el trato que tuvo que hacer con el detective Smith. Estaba involucrado en una investigación importante y si su madre se enteraba lo único que lograría hacer sería ponerle más peso sobre sus hombros, atrayendo más preocupación.



—No. —Dijo cerrando su boca de golpe.



—Y la chica, ¿está bien?



—S-sí —tembló sin evitar recordar todo lo que había ocurrido con Kimberly—. Un compañero me dijo que ya estaba más tranquila y estaba volviendo todo a la normalidad.



Simone entrecerró los ojos—. Ya veo, me alegro. Ahora —le dio un sorbo a su café— respóndeme otra cosa.



—Dime.



—¿Por qué estabas en su habitación?



Tom recargó su codo en el respaldo de la silla y tratando de verse casual, sólo alzó su hombro dándole por respuesta que no era de importancia. Pero claro, Simone conocía los movimientos de su hijo y no tardó mucho en comprender la mirada nerviosa que Tom le ofrecía: trataba de evitar el contacto directo y comenzaba a mover sus labios formando distintas muecas. Mentía y eso le divirtió.



—Oye, ¿es linda?



—¿Uh? —aquella pregunta lo desorientó.



—La chica —repitió rodando sus ojos—. ¿Es linda?



Y por segunda ocasión, Tom pestañeó tratando de buscar una respuesta hacia la extraña actitud de su madre. ¿De qué se trataba todo esto? ¿Dónde estaban las quejas, sus regaños? ¿Y la decepción? Su hijo fue arrestado, ¿qué acaso no iba a armar un gran lío por eso? No. Al contrario: con toda la paz que podía ofrecer, se encontraba cuestionándole acerca de lo que fue en su trabajo y sobre si la “chica” era atractiva.



Y sonreía. Cada vez que le cuestionaba lo hacía con una sonrisa maternal en su rostro. Tom sintió como si regresase a su primer día en el kínder: recordaba cómo llegó entusiasmado contándole a su madre los nuevos amigos que conoció, todo lo que jugó y las cosas nuevas que aprendió. Simone le escuchaba atenta mientras cocinaba y cada vez que volteaba a verlo le sonreía como lo hacía ahora y después, le preguntaba más cosas acerca de su primer día, incitándole a Tom a contarle todo con mucho entusiasmo. Como ahora.



—Se llama Kimberly, mamá —le informó acaparando su atención—. Y sí, es linda. Demasiado.



—¿En serio? Cuéntame de ella, ¿fue tu amiga?



Esa sonrisa, ¿por qué? ¿Por qué ahora?



Su madre se estaba volviendo a interesar en él. No lo estaba juzgando, no lo hacía: ella sólo miraba a su niño con orgullo y curiosidad.



Entonces, Tom se acomodó en la silla, descansó sus antebrazos sobre la mesa y comenzó a platicar sobre lo que no ha podido decir en mucho tiempo. Nunca supo cuanto necesitaba contar sobre lo que pensaba a su madre y Simone confirmó que necesitaba saber más cosas de su querido Tom.



Ella lo escuchaba con atención, sorprendiéndose ante la confesión amorosa de su hijo y de cómo hablaba de aquella muchacha. Tom estaba enamorado, de verdad, ¿cómo no se dio cuenta? ¿En verdad se había alejado tanto de él? Se mordió el interior de su mejilla izquierda, ¿en verdad Tom necesitaba tanto a su madre?



Por dios. Su hijo mayor ha estado afrontando una situación difícil por su cuenta y ella no se había percatado de su sufrir: en lugar de apoyarle, le dio su espalda y lo juzgó por cosas del pasado. Lo insultaba porque él no podía ser como Bill. Le daba tanta rabia el saber que tenía a su adorado hijo menor al borde de la muerte que se cegó creyendo que Tom debía reemplazarle a toda costa y debido a esto, no se percató que también perdía a su hijo mayor.



Se sentía una basura. Era el peor ser del mundo, era una madre egoísta, ¿cómo pensó si quiera en reemplazar a uno de sus hijos? Su cabeza ya no le dejaba pensar con claridad y sus sentimientos encontrados hacían crecer en su interior un remolino de inseguridad, miedo y frustración.



Ella solamente no quería perder a Bill. “No hay peor dolor que el de perder a un hijo”, siempre se ha dicho y bien es cierto. Está perdiendo a su Billy y por fin descubrió que estaba a un paso de perder a Tom.



No podía permitirlo.



Después de todo, es lo único que le queda.





—Desde este momento, la vida de su hijo sólo está aferrada gracias a la máquina Sra. Trümper. Lo siento.



—¿Cuánto… cuánto tiempo le queda?







—Depende de usted. 






***

Primero que nada, si ustedes regresan mañana a la facultad, ¡mucho éxito! Bueno, continuando con la historia... no sé que decir de Bill u-u, ¡fuerzas mi Billy! DD': kdsjfhsdkjgfskjgdf y bueno, ¿qué piensan de Kimberly? ¿Le funcionará el plan? ¿Y qué tal Simone? Creo que por fin despertó o.o

Uhm... mañana checaré bien como estaré de deberes y si llego a una conclusión, les daré la fecha de actualización del próximo cap:).

¡Nos vemos! :D


 


1 comentario:

  1. el plan de Kim le tiene que funcionar si o si..!! me alegra saber que Simone ya se dio cuenta de Tom..
    que fuerte q le digan a Simone q la vida de su hijo depende de ella.. Bill tienes q despertar...

    Arly de todo lo q me e perdidoooo.. q descuidada yo.. gracias por sarme el link.
    Siguelaa prontooo.. me encanta la fic :D
    Bye cuidate

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