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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

15 jul. 2013

Capítulo setenta y dos.


Sus ojos se abrieron de golpe encontrándose con la vista del piso. Los sentía secos, al igual que su garganta y un dolor tremendo invadió su cabeza, desorientándole por pocos minutos: llevó su mano a su frente y con calma, se puso de pie percatándose de que había caído inconsciente al poner a penas un pie dentro de la habitación, quedando tirado frente el marco de la puerta.



«Con que… así fue», descubrió convirtiéndose en un espectador por unos segundos: pudo verse entrar, agitado, nervioso y al pasar la puerta, su cuerpo cayó pero su alma siguió corriendo en busca de Kimberly. Entonces, de esa manera, fue como entró a ese mundo extraño o (cómo había dicho “Jeny”) el mundo de los… muertos.



Sacudió su cabeza con fuerza, todavía no quería divagar en ideas estúpidas de lo que había sucedido porque, siendo honestos, sentía algo de miedo ante las posibles respuestas. Lo que pasó, pasó y eso fue lo que le asustaba: ¿cómo pudo haber sido todo eso verdad? Refunfuñó por lo bajo dándose media vuelta, encontrándose con un cuerpo cubierto por una sábana blanca, dejando al descubierto sus brazos y pies sucios y descuidados, los cuales, le brindaron una alarmante descarga eléctrica que recorrió desde su nuca hasta su cadera: la persona que yacía debajo de la sábana era Kimberly, ¿por qué no se movía?



Con sus ojos dilatados, su rostro pasmado y sus pies cansados, caminó hacia ella extendiendo sin darse cuenta su brazo derecho, dispuesto a destapar su rostro en el momento en que tocase la sábana, al tiempo que balbuceaba cosas sin sentido en su cabeza: se supone que había salido, él la había sacado de esa maldita prisión, logró rescatarla y pudieron salir los dos, ¿no? Recuperó su cuerpo y regresaron al mundo de los… vivos; él era la mismísima prueba, estaba presente, caminando, respirando, ¿entonces por qué ella no se movía? Ella también tuvo que haber regresado con él… ¡los dos salieron juntos, mierda!



—¿Kim…? —aquel nombre apenas y logró ser entendible. Tom temblaba al igual que su voz pero procuró mantener su brazo y dedos firmes: a estos, los extendió lo más que pudo y al sentir el rose de aquella sábana, la tomó destapando de un tirón a la paciente que yacía escondida debajo de ésta y entonces, Tom se preguntó si estaba dormida.



Kimberly tenía sus ojos cerrados y su boca entreabierta, se notaba muy pálida y también, los leves huecos que se formaban en sus mejillas le informaron al guardia que no se estaba alimentando como debía. No. No era ella, ¡fue ese tal “Sam”! Nuevamente, sacudió su cabeza—. Oye, Kim… despierta —pidió quitándole un mechón de cabello de su rostro atrayendo su mano hacia su pecho: estaba fría y eso comenzó a alarmarlo—. Kimberly, abre los ojos, ¡¡hey, ábrelos!! —exigió sin darse cuenta que le había gritado a unos centímetros de su cara, pero después, no le importó: él sólo quería ver sus ojos. Quería ver sus ojos color café.



Su labio inferior tembló y su mano izquierda apretó unos mechones de su cabello castaño, estirándolos un poco y esto, lamentablemente, lo hizo a propósito: quería hacerla sentir cualquier tipo de dolor para que reaccionara, pero no funcionó. La chica seguía sin emitir alguna señal de… de vida.



El guardia apretó lo más que pudo sus dientes para no soltar un maldito sollozo: no debía llorar, todavía no porque ella, ¡no estaba muerta!— ¡Mierda, abre los malditos ojos, mírame, háblame! —exigió tomando el cuerpo inerte entre sus brazos. Dios, parecía una muñeca de trapo, ni siquiera pesaba, en lo absoluto—. ¡¡Kimberly!! —aquel llamado resonó por las paredes: Tom tenía sus ojos cerrados, pero ni así pudo evitar que las lágrimas se detuviesen. Se aferró más a ella, haciendo que el rostro de Kimberly se escondiera entre su cuello y hombro ocasionando que su nariz rosara su piel: no había señales de que respirara.



Y eso fue suficiente para perder y comenzar a llorar.


Seguía quieta, mirándole atónita: ¿Jeny le había pedido qué?


Pasó una gran cantidad de saliva y miró por encima del hombro de su amiga al ser que, por segunda ocasión, se había atrevido a hurtar de la manera más grotesca su cuerpo: Sam estaba sentado en el piso del baño, recargando su espalda en el pilar del lavamanos, con su rostro mirando hacia la pared más, todavía, manteniendo su mano en su sien, evitando que sus ojos fuesen vistos. No quería que viera la expresión que yacía en ellos: vergüenza, arrepentimiento, decepción. Ya no quería ser visto por nadie y mucho menos, por ella.



—P-pero… yo… yo no sé hacer eso —dijo por fin volviendo a poner sus ojos en Jeny—. Y si supiera, ¡no lo haría! Debes volver conmigo Jeny —recordó tratando de sonar razonable pero su amiga negó.

—Ya no hay nada para mí en “ese” mundo. Lo mío terminó.

—¡No! —atajó—, ¿qué hay sobre Georg? ¿Recuerdas? Me dijiste que querías estar con él más tiempo, que… que cuando llegara el día, ¡te despedirías de él como era debido!

—Kimberly —soltó sonriéndole, vencida. Sí… ella ya había perdido—, ese día llegó hace mucho tiempo. Sólo que… yo no me quería dar cuenta: hazlo. Por favor, hazlo. —la aludida mantuvo apretado mucho tiempo sus labios para evitar soltar patéticos sollozos, pero el escuchar las decisivas palabras de Jeny la obligaron a ceder: no pudo más y lloró en frente de ella aunque, como una niña, se limpió sus lágrimas al sentir que empapaban sus mejillas.

—No. No quiero hacerlo —dijo por fin entre sollozos ahogados—. No podrás irte, ¿lo entiendes? ¡No seré yo la que te arrebate ese derecho! Tú no mereces esto, debes irte, descansar, ¿no lo ves? ¡Yo iba a ayudarte! —calló de golpe bajando sus puños, los cuales, había mantenido en guardia hace ya varios segundos.

—No. Kimberly, ayúdate —atajó logrando sin querer que aquellas palabras fuesen un golpe de verdad.

Obligándose ver el piso, Kimberly llevó sus manos hacia su cabeza, haciendo un poco de presión. Ella iba a ayudarla, ella iba a ayudar a todos: esa había sido una de sus metas. Iba a explotar su “don” lo más que podía, sacarle provecho, hacer algo bueno por ellos… pero, en lugar de eso, los encerró en un infierno, el cual, no sabía que era capaz de crear. ¿Por qué? Porque se rehusó a recibir su ayuda en el momento en que más los necesitaba.


Les negó tomar sus manos, no quería saber de nadie. Había entrado en otra de sus crisis, decayó porque así lo quisieron tanto ese asqueroso guardia que se atrevió a tocarla y al maldito de Baecker, quien la puso en un “confinamiento solitario”, prohibiéndole ver a los únicos que se preocupaban por ella. Y cuando le quitaron a Tom, todo explotó en su interior. Pero no había que dejarles toda la culpa a esas personas, hubo otra más y todavía mucho más importante que las anteriores; por culpa de esa persona, demacró su propio ser y permitió que usurparan su cuerpo debido a su egoísmo: ella misma.

Sí, Jeny tenía toda la maldita razón: debía ayudarse. Si no lo hacía, ¿con qué cara brindaría ayuda a los demás? Pero aun así…

—Lo haré. Juro que lo haré, me ayudaré: haré todo lo posible, seré fuerte. Lo juro —tragó en seco y por unos segundos, alzó su vista para mirar a Sam, después, volvió con Jeny—. Sé que dije esto antes y no lo cumplí. Por eso, estamos ahorita en este infierno y lo siento, ¡lo siento mucho! Pero cambiará, todo lo hará y esta vez… lo digo en serio. —tomó todo el aire que pudo y continuó—: Así que, por favor, te pido que regreses conmigo. Me ayudaré —repitió— y cuando eso suceda, te ayudaré a ti sin dudarlo, ¡dame la oportunidad! Yo sé que puedo ayudarte en todo lo que me habías pedido: quieres saber qué fue de ti, ¿no? Yo lo investigaré, descubriré lo que sucedió en tus últimos minutos, no te irás a leguas. Te ayudaré a que Georg sepa que estarás con él… —sus palabras se quebraron—. Pero por favor, ¡regresa conmigo!


Sam miró de reojo a la chica que lloraba sin cesar: su pecho subía y bajaba a medias debido a los sollozos y su antebrazo le servía de escudo a sus ojos. A ella tampoco le gustaba que la vieran llorar. Entonces, sus ojos se abrieron ante la leve sorpresa de descubrir que no veía a la Kimberly fría y desconfiada de todos: él veía a la Kimberly de siete años, la niña que no soportaba separarse de sus seres queridos y lloraba porque sentía realmente el dolor.

Acaso, ¿volvió a hacer la niña de antes?

Su cuerpo dio un respingo al ver que Jeny tomaba con firmeza los hombros de la paciente, obligándole a verla y, pasando saliva con dificultad, decidió ponerse de pie evitando dejar a un lado la vergüenza que sentía. Lo cual, era imposible pero… ¿acaso Jeny tenía pensado… decirle…?

—Que Sam y yo nos quedemos aquí no significa que no podremos tener nuestro descanso. —Explicó sacudiéndola un poco, para que dejara de llorar y pusiera atención a sus palabras—Quiero que entiendas esto, ¿ok? Todavía quiero que me hagas esos favores: quiero que sepas qué fue de mí, de mi cuerpo para que éste pueda descansar y también, quiero que le digas a Georg que yo siempre estaré a su lado, no importa si él ya no me ve de la misma manera. Todavía quiero que lo hagas.

—Pero… —el inútil rezongo fue detenido.

—Pero todavía no. Sabes, ninguno de nosotros dos tenemos prisa —aseguró viendo de reojo a su compañero—. Ya esperamos mucho y fue una agonía: el saber que tenemos que esperar un poco más, pero ahora por ti, nos calma. No me importa si no me crees, es así. Quiero que te enfoques en ti primero… —volvió a mirar a Sam—. Queremos saber que lograste salir de este maldito lugar, que te recuperaste a ti misma y que volviste a vivir. Queremos verte feliz a ti porque tu todavía tienes una vida y tienes por quién vivir —los ojos de Kimberly se abrieron de golpe—. ¡Olvídate de nosotros y enfócate en ti!

—Je-ny…




—Cuando hagas hecho todo eso, entonces, si todavía lo quieres y lo deseas, ayúdanos. Pero si no es así, no importa: nosotros estaremos en paz al saber que tú lo estás también —parpadeó al sentir el dorso de la mano de su compañera limpiar sus mejillas—. Ahora ve y lucha por tu libertad, Kimberly.



—Más te vale irte cuando yo lo haga —advirtió tomando su mano con fuerza.



—Ten cuidado —las dos chicas voltearon ante su intromisión. Sam, quien tenía su brazo derecho extendido, cerró el puño de su mano y evitó la fuerte mirada de la paciente—. Yo… bueno… ¡no te confíes de esos cerdos! Sólo… mantente con los tuyos, sólo habla con ellos. Sólo… has eso…



Kimberly bajó su mirada con el propósito de apartarla de Sam. Agradeció su consejo pero aun así, no estaba lista para hablarle, ni siquiera estaba segura si debía perdonarle. Después de todo, él tuvo la culpa de su encierro en el hospital.



Anonadada, frunció su ceño al sentir mojado el lado izquierdo de su cuello. Era extraño, sentía pequeñas gotas caerle en esa zona, empapando su hombro: llevó su mano hacia ese lugar y después, extendió su palma en frente de sus ojos admirando lo que sabía, eran lágrimas. Alzó su vista al techo y su boca se entreabrió al escucharlo: Tom lloraba, lo hacía porque ella todavía no regresaba.



—Cumpliré —las cejas de Jeny se alzaron al escucharla—. Saldré, me recuperaré… y cuando este martirio termine, ¡te ayudaré!



—Lo sé.



La esencia de Kimberly comenzaba a desaparecer, estaba lista para volver al mundo de los vivos y aunque Jeny sabía que tal vez no la volvería a ver nunca, se sentía feliz. Sabía muy bien que lograría salir, creía en ella porque era fuerte. Ya lo ha demostrado.



Pero al encontrarse con Sam, su sonrisa se desvaneció. Su compañero, sin embargo, le brindó aquel gesto por unos cortos segundos, para después, mirar hacia el lado opuesto: no tenía el derecho de ver a su “amiga” partir. Y al igual que Jeny, se sintió feliz pero a la vez, seguía vació: agradeció el saber que Kimberly no se daría por vencida y que cuando lograse su meta, ayudaría a Jeny. Ellas dos merecían irse y aunque sabía que él no tenía merecido su descanso eterno, no podía evitar anhelarlo…



—Kim, ¡espera! —tanto la aludida, como Sam voltearon a verla: Jeny tomó la mano de la muchacha y por última vez… la abrazó.


Tom ya había durado más de diez minutos dándole a Kimberly una pobre versión de RCP que aprendió hace ya, tal vez 10 años, cuando su madre los envió a él y a Bill por primera y última vez a un estúpido campamento de verano.



Quería pensar que lo estaba haciendo mal. Tal vez, si tan sólo lograra mantenerse calmado y pensar con su maldita cabeza fría podría estar haciendo esa maniobra como era debido: no iba a dejar a Kimberly ir, no, ella no debía irse… como Bill—. ¡Mierda! —exclamó haciendo el RCP nuevamente. Este no era el momento para involucrar más problemas.



—Kimberly… ¡quédate! —rogó dándole respiración boca a boca pero no logró hacer las compresiones.



Pegó su frente con la de ella ocasionando que los dedos de su mano izquierda se enredaran con el cabello castaño de la paciente. Sus lágrimas empezaron a inundar el pálido rostro, llenando sus mejillas de agua haciendo parecer que ella también lloraba.



No pudo, no logró traerla devuelta, ¡maldición! ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? Pasó saliva con dificultad, ¿cómo explicárselo al Dr. Jost y Gustav? No, ¡¿cómo explicárselo a él mismo?!



—Hey…



Su sangre, su corazón. Todo se detuvo.



—Mi pecho me duele, ¿qué… qué ocurrió? —extendió sus dedos a su rostro, limpiándole una lágrima—. ¿Por qué lloras?



Tom pescó su mano antes de que la bajara y la apretó con delicadeza, volviéndola a poner en su mejilla, sintiendo —esta vez— el calor de su piel. Se mordió su labio inferior al sentir una infinidad de sollozos amontonarse en su garganta pero, nuevamente perdió y lo único que hizo fue tapar su ojo izquierdo y limpiarse al mismo tiempo las lágrimas que caían de ese lado.



Todo estaba bien. Había sido la última pesadilla del día, eso fue todo.



Entonces, tuvo la oportunidad de negar con una sonrisa—. Sólo me alegra que todo esto haya terminado —Y dicho esto, la alzó para poder abrazarla como era debido.



Los ojos de Kimberly yacían abiertos ante aquel gesto. No pudo evitar sonrojarse hasta las orejas y reprocharse por eso, que estúpida se ha de ver, pensó, pero al sentir la tranquila respiración de Tom en la piel de su cuello la hizo rendirse y dejarse llevar: le devolvió el gesto y también una sonrisa de gratitud.



Él vino por ella, después de todo.



—Me alegra… verte —musitó aferrándose a sus brazos.



—¿Estás bien? —Kimberly asintió.



—Aunque… me gustaría tomar una ducha, sabes…



Tom deshizo el abrazo y la miró con seriedad. ¿Por qué no hacerlo ahora? Estaban solos y los únicos que sabían que él estaba ahí lo esperaban en una desolada zona del hospital o tal vez —y esperaba correr con suerte—, tuvieron que regresar a sus puestos debido al movimiento interno del personal, para no levantar sospechas.



Eso lo dejaba sólo con ella y volvió a preguntarse, ¿por qué demonios no? Esta era una gran oportunidad que estaba seguro no se volvería a repetir.



Era ahora: sí o no, decídete rápido.



—¡Oye! —exclamó sorpresiva, aferrándose de su suéter—, ¿me llevarás a las duchas? —cuestionó recargando su cabeza en el pecho, cerrando sus ojos, disfrutando de su calor. Sabía muy bien que lo extrañaba, pero siendo sinceros, no tenía la menor idea de cuánto y de cuánto lo necesitaba. «Es bueno… empezar desde cero».



—Te llevaré a casa.



¿Eh? ¿A-a casa?



Abrió sus ojos encontrándose con la mandíbula del guardia pudiendo observar aun así como él la miró por unos segundos para después, volver a enfocarse en su plan. Sí, ella conocía aquella mirada: Tom estaba pensando en algo, su mente le estaba ordenando a hacer algo estúpido; lo conocía y por desgracia, lo hacía tan bien.



—¿A qué te refieres? —cuestionó pero segundos después obtuvo su respuesta, alterándola por completo: habían salido de la habitación y ahora, se dirigían a la puerta principal. ¿Acaso tenía planeado “sacarla”?



¡Imposible!



—¡Hey, no, basta! —se quejó al recibir débiles golpes en su rostro por parte de ella, pero lo que le alarmaba eran sus movimientos: si Kimberly seguía luchando así, podría caerse—. No me detendré, ¿lo oyes? Es ahora o nunca.



—¡Estás loco! —escupió alejando su rostro de ella, aplastando con brusquedad su mejilla—. Yo no quiero salir Tom, así que bájame, ¡bájame ya!



Otros gritos se unieron a su conversación causándole una horrible jaqueca al guardia: había alborotado a los demás “inquilinos”, ¡perfecto! Ahora tendrían mucho menos tiempo. Varios se pegaron en los barrotes de la puerta comenzando a balbucear quién sabe cuántas tonterías, dios, no sabía si era el estrés o si simplemente había perdido su cordura de una vez por todas pero, aunque sabía que estaban lejos, los escuchaba en su maldito oído y más aparte, los gritos y golpes de Kimberly estaban agotando con su paciencia.



Aun así, no se detendría: si bien era cierto que llegó a arrepentirse de aquella decisión, ¡a la mierda! Lo haría y solamente por ella.



—Yo… ya no quiero verte aquí, ¿no lo entiendes? —los pataleos de la paciente se detuvieron por un instante—. No lo soporto y ahora, al saber lo que te pasó… no. Nos vamos, ¿ok? Ahora mismo.



—Tom —musitó estupefacta soltando su rostro sin percatarse de ello. Sintió como su labio inferior tembló al tiempo que su vista comenzaba a distorsionarse debido a las lágrimas que se amontonaban en sus ojos: lo comprendía, ella tampoco quería estar ahí ni un minuto más. También quería irse.



Su mandíbula se endureció.



—No. Así no deben ser las cosas —Tom desvió su mirada.



—Ahorita no tenemos tiempo para la puta moral…



—¡No! No entiendes, bájame. Quiero hablarte… —interrumpió y ella también fue interrumpida.



—¡No hay tiempo!



—¡Escúchame, maldita sea! —el cuerpo de Tom se tensó al escucharla. Volvía a hacer ella nuevamente: empezaba a hacer demandante.



Mantuvo una pelea interna consigo mismo ante la petición de su pareja y aunque al final sus deseos eran ir contra ella, accedió al último minuto, dándose fuertes golpes en su imaginación: seguían desperdiciando tiempo. En cualquier momento el Dr. Jost, o peor aún, el Director Baecker entrarían por esa puerta.



—Yo también quiero irme —y al ver que Tom iba a hablar, le puso un alto con su mano—. Pero quiero hacerlo por mis propios méritos, ¿entiendes eso? Quiero salir de aquí sabiendo que logré vencer a mis demonios, que estoy libre al fin —se detuvo por unos segundos—. Si tú me sacas a la fuerza, jamás estaré tranquila ni en paz conmigo misma: tú me aseguras que mi lugar no es aquí, pero créeme, lo dices sólo porque sientes algo por mí. ¿Quién me puede asegurar que tú estás en lo correcto?



—¿Quién te puede asegurar que “ellos” son los correctos?



—No me refiero a que ellos tengan la razón, Tom. Estoy hablando de mí, de cómo yo me estoy sintiendo: no estoy bien, lo sé y tú lo sabes, pero no quieres darte cuenta. Por eso sé que debo quedarme: tengo que terminar con esto, yo misma. Y si me amas, ¡y sé que lo haces! —se apresuró a terminar ante la mirada alarmante de su pareja—, me esperarás. Y lo harás, ¿no es así?



Tom ni siquiera la miró. Enfocó su vista en un punto perdido en el piso y se concentraba en mantener sus puños apretados, haciéndose daño internamente para poder calmarse y no dejarse llevar de nueva cuenta por sus impulsos. Chistó de mala gana cerrando sus ojos, había perdido… otra vez. Pero, en esta ocasión, no se sentía tan mal…



—Sí lo harás —contestó ella tocando su mejilla, obligándole a verla—. Procuraré no tardarme.



—No —habló por fin atrapando su cintura para atraerla hacia él—. Si harás las cosas, hazlas bien —le regañó—: no importa si te tardas unos cuantos años más, encárgate de matar a esos malditos que yacen dentro de ti —exhaló—. Tranquila, yo te ayudaré.



—Gracias —dijo sin más apoyando su cabeza en su pecho y cerró sus ojos al sentir que comenzaba a acariciarle el cabello—. Tom… —le llamó abrazándolo un poco más fuerte y al recibir un leve quejido, continuó—: lo que pasó, fue real.



Las caricias en su cabello se detuvieron y Kimberly lo único que pudo hacer fue esconder su rostro en el pecho del guardia. No estaba de más si él se negaba a hablar acerca de lo ocurrido, lo comprendía y si proponía olvidarlo y fingir que nunca pasó, bien por ella entonces. Eso era lo mejor para los dos: enterrar aquella pesadilla.



—Lo sé —contestó con un toque de amargura en su voz—. Estoy consciente, aunque no lo entienda de todo. Pero, dime… eh, —tomó su mentón alzando con cuidado su rostro y al notar miedo en sus ojos, le sonrió—: ¿hay un secreto que tengas que decirme, no sé, con urgencia?



—¿Lo creerás? —cuestionó con dificultad.



—¿Después de lo que vi? Kimberly, te creeré todo.



No había una pisca de duda en su respuesta, ella sabía que lo dijo con honestidad. Al parecer, después de lo que Tom pasó en ese “mundo”, exigía sus respuestas. Claro, ¿cómo podía olvidar que su guardia no se quedaría con los brazos cruzados? Él siempre quería explicaciones. Pero, al contrario con Tom, ella titubeó.



Abrió y cerró su boca un par de veces, decidiendo cerrarla por unos minutos más. Necesitaba estar tranquila, calmar su cuerpo, sus ansias y nerviosismo. Le pidió con un leve empujón que la soltase y en el acto en que la liberó, retrocedió un paso: quedándose firme por fin.



Alzó su vista y le miró con seguridad.



—Yo… puedo ver a personas que ya no están en este mundo —dijo, al fin—. Ellos pueden hablar conmigo, como si siguiesen estando vivos…



Notó como el aludido infló su pecho, estaba tomando todo el aire que se le hizo posible, soltándolo por la nariz. Guardó silencio por un par de minutos, manteniendo a Kimberly en el filo de suspenso, ¿ahora qué demonios estaba pensando?



—Me lo imaginé…



—¿Qué? —soltó estupefacta.



—Esa fue mi primera teoría, pero no quise decírtelo porque sonaba estúpida e infantil. Y no quería que pensaras que era alguien infantil —soltó riendo con nerviosismo— o estúpido. Eh… bueno, entonces… uhm… ¿Jeny… con Georg, tu sabes?



Kimberly asintió, atontada, ida, ¿qué demonios?



—Vaya, quién lo diría: es… bueno, ¡era! Bueno, tú entiendes —balbuceó—. Es muy linda para haber estado con un vago como él. —confesó rascándose su nuca, manteniendo esa sonrisa infantil y estúpida.


«Tu… en verdad estás loco». Ella también sonrió, agradecida: realmente lo amaba.



¿Quién podía ser capaz de reaccionar de esa manera ante una confesión como esa? Sólo él. Y además, no le quedaba de otra: él lo vivió y vio con sus mismos ojos. Estuvo presente en un mundo donde sólo Kimberly podía entrar, sólo para recuperar su alma y sacarla de ahí.



En verdad… lo amaba.



—¡K-Kimberly!



La joven pareja voltearon al mismo tiempo encontrándose con un doctor que, parecía, estaba a punto de desmayarse de la impresión. Ninguno de los dos escuchó la alarma de la puerta, ¿o es que Tom nunca la cerró?



—¿Dr. Jost? —le llamó de la misma forma que una niña llama a su padre después de extrañarlo tanto.



—Hey, hola Doctor —saludó Tom, incómodo—. Ehm… a ella le gustaría tomar una ducha, ¿podrá…?



Pero al parecer, Jost no le prestó atención. Él sólo veía a su niña: estaba de pie, hablando, sonriendo…



Y en esos momentos le agradeció al cielo y le agradeció a Tom: Kimberly había vuelto.




Hacia flexiones en sus brazos al recibir por fin la última aguja. No le sorprendía que después de estar en ese estado, “ellos” decidieran inyectarla con medicamentos extraños pero que sabía, que por esta ocasión, le ayudarían a reponerse y también, podía recuperar un poco de peso nuevamente.



Llevó su cabello hacia un costado, sintiendo la humedad en su playera. Tuvo su ducha, por fin, aunque tardaron en cumplirle aquel deseo: primero era lo primero, los exámenes. Pero no se quejó, no lo hizo con nadie y con nada. Estaba tranquila y se sentía… feliz. Había regresado gracias a su “familia” y eso era más que suficiente; nuevamente, tenía bien visualizadas sus metas y sabía por quienes hacía su esfuerzo.



—Frijoles —susurró tomando un poco con la cuchara—. Como extrañaba esto —y después, le dio una mordida al duro pan—. Hey Bill —saludó sin verlo, llevándose otro gran bocado de pan.



—Está nevando —la chica alzó su vista hacia la alejada ventana, logrando distinguir entre los barrotes los copos de nieve.



—Es lindo volver a ver eso —aseguró pasando el pan con dificultad—. Entonces, Bill —el chico la miró. Yacía recargado en la pared, frente a ella, mirando hacia la alta ventana con sus brazos cruzados y su negro cabello se perdía en la oscuridad de la habitación.



—Dime.



—¿Seguiremos con el mismo plan? No le diré nada a Tom sobre ti… ¿hasta que me des luz verde? —el chico volvió a ver hacia el exterior.



—No lo sé aún… varias cosas han cambiado —murmuró—. Por el momento, sólo calla. Por favor.



—Lo haré.



Duraron varios minutos en silencio, Kimberly comía todo lo que se perdió en esos días. Claro, no fue suficiente: sólo le dieron un plato y una ración normal de comida. Tendría que esperar hasta la mañana para pedir fruta extra, aunque fuesen dos pedazos más, no importaba.



Su mirada se fue endureciendo a medida que el plato quedaba vació. Dejó la cuchara a un lado y de forma automática, se enderezó y miró por el rabillo del ojo a su, ahora, único cómplice.



—¿Y Baecker?



Los ojos de Bill brillaron ante esa cuestión.



—Quebrántalo



Una distorsionada sonrisa se formó en la oscuridad.



—De acuerdo.




—Kim, ¡espera! —tanto la aludida, como Sam voltearon a verla: Jeny tomó la mano de la muchacha y por última vez… la abrazó.



Los labios de Jeny se posaron con sutileza cerca de su oído derecho. Sam se tensó al notar que las pupilas de Kimberly se dilataban no por miedo o sorpresa, sino por furia.



Segundos después, la paciente desapareció.



—¿Qué-qué le dijiste?



Jeny pasó de largo recostándose en la incómoda cama.



—Todo lo que tenía que saber —respondió mirándole de reojo—. Tendrás tu venganza y también tu descanso, Sam —informó mirando el techo—. Nos iremos de aquí, te lo aseguro: ella nos ayudará…



«Baecker es el verdadero culpable».

 

 Nota final: Esta nota debería ser larga, pero la haré en otro post, ya que tengo algo importante que informar. Y uhm, sí, bueno, diré todo ahí :) (lamento si no será entendible, lo haré contra el tiempo xd)

Acerca del capítulo, ya a partir de aquí las cosas entre Kim y Baecker estarán muy tensas, pero, ¿ustedes creen que ella tenga oportunidad contra él? Uh, ¿y qué pasará con Bill y Tom? ¿Algo bueno? Sí, uhm, al menos Tom ya sabe el secreto de Kimberly xd y aunque lo tomó bien por el momento, ¿cuánto más le durará ese gusto? dfklsahfjksd

*RCP: RCP significa reanimación cardiopulmonar. Es un procedimiento de emergencia para salvar vidas que se utiliza cuando la persona ha dejado de respirar y el corazón ha cesado de palpitar. Esto puede suceder después de una descarga eléctrica, un ataque cardíaco o ahogamiento.

1 comentario:

  1. Arly obvio Kim tiene q vencer a Beacker!! >.<
    y Tom apoyar a Kim asi pase mucho tiempoo.. Siguelaame encanta ;-)
    Bye cuidate

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