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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

15 jun. 2013

Capítulo sesenta y nueve.




El eco seco de sus pasos paró porque por fin había llegado a su destino y aunque en ese momento era mejor idea apresurarse y entrar, decidió, más bien, se obligó a sí mismo a detenerse y observar: ¿otra alucinación? ¿Qué hacía una niña en ese lugar?



Un momento, él conocía a esa niña: la había visto antes, en el campo de girasoles del hospital cuando mantenían a Kimberly en la oficina del Dr. Jost.



—Pequeña —le llamó dudando en acercársele: la pequeña estaba con su vestido blanco, de pie frente a él, cabizbaja: no podía mirar su rostro ya que su largo cabello se lo ocultaba. Parecía estar lastimada, sus brazos presentaban golpes y además, tenía un color muy pálido. Esa niña estaba herida.



Apretó sus labios al sentir una pequeña ola de impotencia invadirle: estaba a tan sólo una puerta de Kimberly pero, ¡no podía dejar a una niña en ese estado! Debía llevarla hacia los consultorios aunque eso le estropease la oportunidad de estar… ¡agh, mierda! ¿Qué debía hacer?



Su atención fue nuevamente devuelta al escuchar un murmullo, la niña había hablado y al parecer, lo seguía haciendo: los constantes balanceos de su cuerpo se lo confirmaban pero él no podía escuchar absolutamente nada de lo que decía así que, sin titubeos, decidió acercarse y cuando por fin estuvo frente a ella, se puso a su altura.



—Este no es un sitio para ti, ven, te llevaré a un lugar seguro —indicó alzando su brazo para tocar su hombro, pero su mano quedó suspendida en el aire al tiempo que sus pupilas se dilataban: por fin logró escucharla.



—A..yú..dame…, a…yú…da…me —tembló—, p…por…fa…vor, T..om.



—¡Sabes mi nombre! —explicó sintiendo como una gota de sudor frío resbalaba por su sien. Sus movimientos comenzaron a entorpecerse y desesperado, la tomó por los hombros moviendo bruscamente el cuerpecito de la menor—, ¿¡quién eres, por qué estás aquí!? —exigió apretando el agarre.



Entonces, su corazón se detuvo.



La niña alzó su cabeza dejando ver por fin su demacrado rostro: sus ojos eran completamente negros, sin vida, estaba pálida, se le notaba cansada y aun así… sonreía. Era una pequeña y débil sonrisa, pero lo hacía y se le notaba alivio en ella.



—La que está ahí… no es la verdadera —masculló cerrando sus ojos para descansar—, tienes que entrar… sus ojos… ella se encuentra… en sus ojos…



Los labios de Tom se abrían y cerraban sin pronunciar sonido alguno, no sabía qué hacer o qué decir. Ni siquiera pudo razonar las palabras provenientes de la pequeña la cuál comenzó a llorar.



—¿… Kimberly? —soltó por fin abrazándola con angustia. Su garganta comenzaba a dolerle y sus ojos arderle, él también lloraba—. Por dios, ¿qué está sucediendo? ¿Qué te hicieron Kim?... ¡qué te hicieron!



La niña recargó su cabeza en el pecho del guardia: sus ojos estaban cerrados y las lágrimas continuaban saliendo con calma y tranquilidad. Su sonrisa seguía sin desvanecerse.



—Sabía que vendrías —confesó entre los sollozos del hombre quien ante esas palabras lo único que pudo hacer fue abrazarla con más fuerza pero, en un parpadeo, se encontró abrazándose a sí mismo.



Desorientado, abrió sus ojos rojos percatándose que el cuerpo de la niña ya no estaba: había desaparecido y eso lo único que hizo fue alármalo: se levantó y dio unos cuantos pasos entre tropiezos: algo malo le había ocurrido a Kimberly, ¡algo malo le habían hecho! La habían tocado, sí, la habían sedado, Baecker aprovechó esa debilidad y la drogó con nuevos medicamentos. Estaba seguro, su cabeza le decía que eso era exactamente lo que había sucedido. Mierda, mierda ¡y más mierda! Había llegado tarde, esos medicamentos tal vez le hicieron reacción, tal vez… tal vez…



—No, no por favor. No. No me la quites a ella, ¡a ella no! —la alarma de la gran puerta sonó y por un momento, la habitación se tornó color roja.



… tal vez había entrado en coma debido a la medicación.



Los latidos de su corazón los sentía fuertes en su garganta y oídos y se hacían cada vez más intensos al acercarse cada vez más a la puerta cuyo número era 1014. En aquel instante, había olvidado por completo que yacía en un pasillo rodeado de los enfermos mentales más peligrosos de Alemania y que en esos momentos, se encontraban pegados a sus puertas gritándole majadería y media. Pero no importaba, no, ellos no importaban. Ni siquiera existían.



En ese momento era solamente Kimberly: Kimberly y su sonrisa, Kimberly y su voz, Kimberly y su mirada, su tacto, su cuerpo, su todo. Kimberly despierta. Sí, en ese momento sólo importaba eso.



Aun no comprendía aquella ilusión. No podía entender que significaba el verla en su infancia: ¿estará a punto de... morir? ¿Acaso esa era su despedida? No. Negó fuertemente su cabeza al tiempo que limpiaba bruscamente el sudor que se había acumulado en su rostro. No era nada de eso, ¡debía ser algo más!



Ansioso y casi en el borde de la locura, buscó las llaves de su compañero y al encontrarlas, hicieron un ruido espantoso: sus manos temblorosas le impedían buscar la correcta, pero, cuando por fin logró hacerlo el mundo a su alrededor se detuvo y los latidos de su corazón se escucharon por todo el lugar.



El sonido del seguro de la puerta hizo eco en todas las paredes al ser quitado y todo fue en cámara lenta cuando la entrada a esa habitación se abrió…





Oscar entró en estado de alerta al no visualizar a la paciente en su cama. Miró por los rincones de la habitación, no se encontraba en ninguno, entonces, llegó a la conclusión de que debía estar en el baño. Podía salir y esperarla a fuera, pero al encontrarse con la puerta de ese cuarto abierta, supo que algo no estaba marchando bien.



—¿Kimberly? —la llamó entrando completamente a ese sitio que, en esos momentos, le causaba escalofríos—, ¿todo bien? —se aventuró a cuestionar frente al marco de la puerta y al no obtener respuesta, llevó su mano a la radio que mantenía en su cinturón—. Si no me respondes, entraré. ¿Todo bien? —volvió a cuestionar sin éxito alguno.



«Chiquilla tonta, espero y no hayas hecho una estupidez», refunfuñó para sí sintiendo un poco de temor al creerla capaz de cometer un suicidio y el tan sólo pensar que lo hizo en su guardia era…, agh, era mejor no pensarlo.



—¡Entraré! —avisó adentrándose a esa espesa oscuridad del cuarto del baño aunque, no avanzó mucho, procuró estar pegado contra la pared buscando el interruptor.



La imagen que obtuvo al encender la luz no fue algo que hubiese deseado ver: la chica estaba sentada en el piso, a un lado del retrete, al parecer, inconsciente. Recordó cuando asistía las fiestas de sus amigos de la universidad y su suerte de siempre encontrar chicas dormidas o desmayadas a un lado del excusado después de vomitar el exceso de alcohol o drogas que había en su sistema. Siempre se le hizo algo asqueroso y divertido encontrarlas de esa manera. «Por putas», es lo que decía y, después, regresaba a la fiesta, pero esta ocasión, era distinta: no había una fiesta a la cual volver y aquella chica desmayada no lo ocasionó alguna cerveza o pastilla.



El ruido de la estática se escuchó.



—Necesito que traigan ayuda, la paciente del 1014 está inconsciente—informó por su radio y aguantó unos segundos por respuesta: nada—. ¿Alguien me copia? ¡Necesito ayuda! —sin éxito—. En serio, ¿en estos momentos me fallas? —reclamó al objeto dejándolo nuevamente en su cinturón.



Inhaló dos veces todo el aire que pudo y al estar frente a ella, se inclinó para tomarla y hacer que se recargara en la pared: tenía pulso. Notó que el cabello de la paciente estaba mojado ya que se le había pegado al rostro y estaba más oscuro haciendo resaltar su pálida piel y sus ojeras moradas: realmente parecía muerta. «¿Agua del inodoro?», preguntó con asco y pena al quitarle los mechones de cabello de sus frías mejillas.



—Kimberly, ¿qué tratabas de hacer? —preguntó sabiendo que no obtendría respuesta—. Te llevaré a tu cama e iré por ayuda, ¿sí? Sólo tienes que aguantar un poco más —le indicó tomándola de sus brazos para poder alzar su cuerpo sin problema pero al notar los rasguños en la zona de su muñecas, se detuvo—. Estas marcas… son nuevas —murmuró admirándolas con severa preocupación: había sangre seca a su alrededor. ¿Acaso estaba en lo cierto: ella trataba de suicidarse?



Sus brazos pálidos estaban decorados por moretones color verde, sangre seca, rasguños y marcas de pellizcos. Había estado casi dos semanas lastimándose a sí misma sin motivo alguno, su estado era irritable e inestable: unas noches te atacaba, otras veces simplemente lloraba y en una ocasión, llegó a pedirle ayuda pero Oscar nunca supo qué hacer ya que después de eso, la muchacha cayó inconsciente.



Esa no era la Kimberly que él conocía, algo extraño le sucedió y lo que no podía comprender (aunque se tratase de una loca) era cómo demonios llegó a autodestruirse en un abrir y cerrar de ojos.



—Mierda, ¡¡alguien venga al último piso, tengo problemas con Kimberly!! —volvió a pedir ayuda quitándole la vista por unos segundos—, ¡está inconsciente, creo que ha perdido mucha sangre…!



Y la chica que se suponía estar dormida, despertó.



El problema era que no se trataba de “ella”.




El cuerpo de la paciente estaba en su cama, inmóvil, y Tom no veía que su pecho subiese y bajase.



Nuevamente, tropezó al entrar a su habitación.



Avanzaba pero él no sentía que lo hiciera, estaba en un estado ausente el cual le impedía hasta parpadear: ¿qué se supone que iba a decirle? Más bien, ¿qué se supone que debía hacer? Hace unos minutos la hubiera sacado de ese sitio sin dudarlo, estaba decidido a darle una vida normal y también, a tenerla él también. Lejos de todo y de todos. Sólo ellos dos. Pero… ahora, al verla en ese estado, ¿acaso aquello era una buena idea?



¿Con qué iba a mantenerla? ¿En qué trabajar? ¿Cómo es que Kimberly lograría a adaptarse a la rutina de la vida diaria?¿Dónde iban a vivir?... ¿lograrían sobrevivir?



Qué estúpido era.



Bajó su mirada y procurando ser fuerte una vez más, tomó la pálida y fría mano de la paciente estrechándola fuertemente con la esperanza de pasarle su calor. Apretó ligeramente sus labios al tiempo que le quitaba un par de mechones de su frente: sudaba y fue ahí cuando notó que tenía fiebre.



—Perdón por tardarme —dijo sin más acariciando la mejilla de la joven—, ya puedes despertar Kimberly. Por favor, hazlo —rogó—. Hazlo… Kimberly, abre los ojos, ¡hazlo! —ordenó apretando con fuerza la frágil y fría mano de la chica ignorando completamente que tal vez ese gesto la pudo haber lastimado.



Comenzó a inquietarse al saber que Kimberly no iba a despertar pronto. ¿Qué demonios se supone que hacían las enfermeras? Ella estaba mal, ¿cómo no pudieron notarlo? Tenía que ir por ayuda, debía traer al Dr. Jost, ¡ella necesitaba un hospital! No pensaba cometer el mismo error que con Bill.



Un leve movimiento hizo que detuviera sus ideas y volviera a traer toda su atención a la paciente inconsciente: bajó su vista hacia su mano notando que Kimberly comenzaba a corresponder el agarre. Se movía, se despertaba, ¡estaba volviendo! Tom no pudo evitar reír como un estúpido al notarlo y procurando contener aquel ataque, acarició su mejilla emocionándose al seguir sintiendo el movimiento de los dedos de la chica; la sonrisa se ensanchó más, por fin pudo sentir que su cabeza se enfriaba después de tanta tortura. Olvidó todo: lo de Bill, lo de la niña, todo. En ese momento sólo esperaba que la muchacha abriese sus ojos para poder abrazarla y besarla como era debido.



Sí, en ese momento era una necesidad verla despierta. Necesitaba con urgencia ver aquellos ojos cafés oscuros que solamente brillaban al verlo. Necesitaba ver su reflejo en ellos…



Su sonrisa se esfumó e inconscientemente, negó una y otra vez buscando una explicación coherente ante lo que sucedía: la chica había despertado, parpadeo un par de veces y luego, lo miró pero… no había nada en aquellos ojos completamente negros. Estaban vacíos, huecos, muertos, parecía un abismo.



Otra persona diría y aseguraría que era algo absurdo e insignificante el señalar que la mujer que yacía en esa cama tendida no era Kimberly por el simple hecho de que aquella mirada no era la que solía brindarle al guardia. Sí, cualquier persona que no la conociese tan bien diría algo así pero por el contrario, Tom lo hacía y lo hacía muy bien.



Por más estúpido e ilógico que sonase, en ese momento podía decir sin titubear: “tu no eres ella” y señalarla acusadoramente por ser una cruel impostora pero, en lugar de eso, simplemente retrocedió haciendo que sus dedos resbalasen de la mano de aquella extraña mujer. Sus brazos pesaron y su boca se entreabrió al observar como la extraña se sentaba sobre su lugar, girando un poco para quedar sobre el borde de la cama, con sus pies rozando el piso; ella alzó sus ojos vacios y los clavó sobre el guardia haciéndole sentir amenazado e inferior.



—Pensé que no regresarías —habló por fin y Tom pudo sentir como la cólera comenzaba a formarse en la boca de su estómago—. No hubieras regresado, Tom. Estoy mejor sin ti.



Sus puños se apretaron al verla ladear un poco su cabeza para sonreír.



—¡Cómo te atreves a usar su voz!



La sonrisa se hizo más grande, esta vez, mostrando los dientes.



—No te ves muy bien, Tom. Es mejor que te vayas, veo que este ambiente por fin te afectó —explicó acomodándose de una manera grotesca su mechón café opaco detrás de su oreja—. Verás, no te necesito.



Sus brazos comenzaron a temblar. Podía afirmar por el amor que se tenía a sí mismo que se había vuelto completamente loco: si la persona que estaba en frente no era Kimberly entonces, ¿quién era? Su cabeza seguía fría pero comenzaba a dolerle: empezó a recordar su encuentro con Bill, con la pequeña niña que estaba seguro, era Kim y luego, esto. ¿Acaso estaba soñando? ¿Y qué tal si realmente murió allá abajo y este es sólo el purgatorio o mejor aún, su infierno? Era la única explicación para todo lo sucedido y lo más coherente pero, maldición, todo se sentía tan real: incluso esta pequeña discusión.



«La que está ahí… no es la verdadera».



Sus ojos se abrieron al recordar las palabras de la niña que en estos momentos, se estaban convirtiendo en una advertencia que Tom comenzaba a comprender o al menos, eso trataba.



«Ella no es Kimberly —se repitió una vez más—, entonces, ¡¿a qué mierda me estoy enfrentando?!».



Gritó histérico en su interior rogando que alguien fuera a sacarlo de aquella pesadilla.



Él se sintió atrapado y ella se burló: mataría dos pájaros de un tiro.


Nota final: dskfjdskjfhdskjgfaskjdfgdskg se viene, se viene lo bueno & el desenlace, eso creo. Claro, claro, el desenlace no es en el próximo capítulo XDD, pero ya faltan unos cuántos..., ¡muchísimas gracias por leer! *-*

1 comentario:

  1. O.o ay Dios esta buenizimaaa..
    Tom se enfrentara con el.. Pobre Kim..

    Y lo q paso con Oscar no me quedo claro eso paso despues o antes q llegara Tom?

    Te juro q no quiero q acabe pero si quiero saber el final como acabaran Kim y Tom y su familia de ambos Bilk y todos.. Contradictorio no?

    Siguelaaa amo tu fic *.*
    cuidate bye

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