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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

8 jun. 2013

Capítulo sesenta y ocho




Los labios del pelinegro se entreabrieron al sentir un alivio combinado de sorpresa al ver que su amiga Jeny despertaba; la barrera hecha por Kimberly le había afectado de una manera sorprendente, obligándola a retirarse: le estaba quitando energía. Bill decidió acompañarla porque sabía que en esos momentos, se encontraba vulnerable y sus sospechas se confirmaron cuando la chica cayó al suelo para después, quedarse completamente inmóvil.



Jeny había permanecido así un día completo y aquello extrañó a su compañero. ¿Por qué a ella le afectó más esa barrera pero a Sam y a él no? ¿Acaso ella todavía no se recuperaba por completo después de la travesía que Kimberly les obligó a tomar?



Era lo más probable.



Bill, quien yacía de cuclillas a un lado de ella, logró hacer que se enderezara y que lo mirara. Su vista ya no parecía estar cansada aunque seguía anonadada. Ella despertó, eso quiere decir que… ¿Kimberly también lo hizo?



—¡Bill! —exclamó Jeny tratando de ponerse de pie, pero la presión de la mano de Bill sobre su hombro obligó a volverse a sentar. Estaba desorientada, no había duda y también, toda su energía había vuelto a ella obligándola a actuar como si no hubiese tenido el percance.



Ella lo miró confundida ante el freno que le impuso, pero ante la negación de Bill, no tuvo más que encogerse de hombros.



—Es mejor que te tomes las cosas con calma —sugirió masajeando en círculos el área de su espalda.



—Pero, Kimberly… —el chico hizo una mueca y alzó su vista hacia el edificio donde yacía la paciente: sus ojos se entrecerraron al notar que la barrera que había salido de esas gruesas paredes se desvanecía: volvía a sentir la energía de Kim y también…—, debemos regresar, Sam está sola con ella —atajó interrumpiendo sus pensamientos.



—Sí, tienes razón —concluyó ayudándola a ponerse de pie—. Hay que ir, tenemos que aprovechar que la barrera se extingue.



Al terminar de escucharlo, Jeny volvió a entrar al edificio: no confiaba en Sam, no podía por más que se lo proponía y el simple hecho saber que él se encontraba sólo con su amiga la hacían sospechar de que le haría algo… malo. Por otro lado, Bill se quedó inmóvil mirando todavía aquel viejo edificio: podía jurar el haber sentido su propia energía. Pero eso era imposible a menos que…



—¿Estás aquí, Tom?




Arrancaba los últimos pedazos de oscuridad que yacían sobre sus piernas. Era doloroso también y extraño, ya que sentía sus extremidades adormecidas y una ola de insoportable cosquilleo la atravesaban en el momento en que intentaba mover sus piernas. En un intento de ponerse de pie, cayó debido a ese problema, pero, con ayuda de Kimy, volvió a intentarlo y aunque todavía sentía la molestia, está vez, logró caminar aunque fuese en pasos cortos y lentos.



—¿Está cerca? —preguntó algo nerviosa y al ver que la niña asentía sus puños se apretaron un poco—. No quiero que vea mi cuerpo en este estado, ¿qué irá a pensar de mí? Soy una vergüenza.



—¿Tú crees que en estos momentos le importe más tu aspecto que tu bienestar? —cuestionó retóricamente. La chica apretó sus labios: no. Qué tonta al pensar algo así.



Con una estúpida sonrisa negó ante aquel comentario estúpido y siguió avanzando a la par con la pequeña. Debía volver al exterior rápido, ya ansiaba verlo.



—¡Agh! —sin poder evitarlo, cayó sobre sus rodillas al sentir un pulsante dolor en su pecho. Confundida, miró esa zona y se apretó la playera al sentirlo nuevamente: dolía mucho más que cuando la oscuridad trataba de desaparecerla. Esta vez, sentía que alguien trataba de arrancarle su propio ser.



—¡Kim, Kim, ¿estás bien?! —cuestionó la pequeña alarmada y trató de ayudarla a ponerse de pie, pero los constantes quejidos de la mayor se lo impedían.



—Algo sucede —inquirió entre dientes y ante otra pulsada, cerró fuertemente sus ojos evitando soltar un alarido—. Reconozco esa sensación —murmuró con sus pupilas dilatadas—… ¡alguien está tratando de usurpa mi cuerpo! —gritó como si aquel descubrimiento le hubiese caído como agua helada.



Y lo era, ella recordaba algo similar. Hace tiempo… ella vivió ese infierno, pero, ¿cuándo, quién…?



Sus ojos se abrieron de golpe: ¡Sam!



Con Kimy con ella, ¿quién estaba a fuera protegiendo su cuerpo? El maldito estaba aprovechando la oportunidad: debía poseerlo ahora.



El cuerpo de Kimberly yacía recostado en la cama. Perfecto, al parecer la última enfermera que estuvo con ella le facilitó las cosas, ya no había necesidad de moverla: pasó saliva con dificultad, había llegado el momento.



Yacía arriba de su cuerpo. Si Kimberly regresaba, sería incapaz de moverse ya que las piernas de Sam a un costado de las suyas le impedirían aquel acto.



Apretó sus dientes… no quería lastimarla. Sus manos apretaron las muñecas de las pacientes, sus brazos temblaron. ¿Sería capaz de arruinarle su vida una vez más? Si comete el crimen en su cuerpo, la culpable sería Kimberly: la hundiría aún más, ¿podría manejarlo? Pero si no lo hacía, ella se convertiría en otra de las víctimas de ese enfermo Doctor.



Eso no lo toleraría. No, jamás se lo perdonaría, no iba dejarla morir en sus manos.



«Lo siento», repitió una vez más mientras observaba el rostro de la joven paciente.



¿Qué hubiera pasado si él no estuviera muerto y si la hubiera conocido en otras circunstancias? ¿Él hubiera sido capaz de cautivar su corazón? ¿Él sería el que estuviera a su lado y no Tom? Sabía que era un caso perdido sentir algo por otra persona pero no pudo evitar encariñarse con esa mujer. Se había enamorado de Kimberly estando consciente de que su amor nunca sería correspondido, sabiendo que ella lo odiaba y tenía sus razones: por su culpa, se encontraba encerrada en ese lugar. Pero, era momento de terminar todo aquel sufrimiento de una vez.



Lo que venga después, se lo dejaría al destino.



—Terminaré rápido —aseguró en el rosar de sus labios. Si estuviera vivo, en esos momentos, sentiría el calor de su cuerpo al estar tan cerca del de ella.



Tan cerca y tan lejos.



Gruñó por lo bajo, no sentía nada. Mientras que por el otro lado, Kimberly sentía el dolor y desesperación al saber que estaba en desventaja.



—Hay que salir, rápido… —murmuró tratándose de poner de pie—. No hay… no debo permitir que… —pero el dolor hizo que volviera a caer y después, todo se volvió un infierno.



Los ojos de Kimberly se encontraban tan abiertos que Kimy llegó a pensar que en cualquier momento se le saldrían de sus cuencas. No parpadeaba. No hacía nada. Hasta que… gritó: la expresión el rostro de Kimy cambió por uno de horror; jamás la había visto actuar de esa manera, ¿qué estaba sucediendo? Kimberly había dicho algo de “usurpar”, ¿qué significaba eso…? ¿…robar?



Alzó su vista



¿¡Quién demonios le quiere robar su cuerpo!?



—¡¡Salté!! —sus manos sostenían con fuerza su cabeza, yacía de rodillas suplicando que todo ese martirio terminase.



Sam quería entrar en ella, como la última vez. Kimberly creyó el haber reprimido aquel momento pero al parecer, no fue así: comenzaba a revivir ese instante en el cual, su cuerpo había sido profanado. Después de eso, su memoria estuvo en blanco: no recordó nada de lo que ocurrió cuando el intruso estaba en su “recipiente”; parecía como si hubiese dormido todos aquellos días. Cuando volvió en sí, todos la miraban de una manera diferente, le temían y otros la miraban con cólera y ella, no entendía el porqué. Las cosas alrededor de ella habían cambiado y su casi amigo Oscar ya no estaba. Nadie le dijo nada respecto a eso, hasta que el Dr. Baecker llegó con la excusa de que renunció por unos motivos personales.



¿Habrá sido cierto eso?



—Kimberly, tenemos que salir —recordó Kimy jalándola del brazo, tratando de que reaccionara, pero fue en vano—. ¡Kimberly!



—No. Puedo. Moverme.



Kimy se detuvo.


—¿Qué? —los ojos de la mayor giraron hacia ella. Algo estaba mal…



—Ayú….dame…



El cuerpo de la menor se tensó, había alguien más en el lugar. Un intruso…. ¿Sam? Lentamente, se giró sobre su lugar sintiendo como el miedo se apoderaba de ella, ¿qué hacer? ¿Cómo proteger a Kim?



Los ojos de la mayor se cerraron haciendo que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. Podía ver su cuerpo, era horrible: veía a la perfección como Sam entraba en ella, haciendo que su cuerpo se doblara un poco; sus brazos y piernas se tensaron y sentía algo enorme en su garganta que le impedía respirar.

 


«Salte»



No podía moverse, pero podía mover su cuerpo. Debía sacarlo, Tom llegaría pronto.



«¡Salte!»



Si se acercaba… Sam podría herirlo, ¡no podía permitirlo! Así que, arañó su propio rostro.



«¡¡Salte!!»



Sentía a Sam en esa zona, debía sacarlo, arrancarlo de ella. Así que siguió arañándose, lastimándose, y esta vez, continuó con sus brazos: su maldita energía se esparcía a sus anchas.



Pero no se daría por vencida, ella no podía perder.



—¿Qué se supone que haces? —cuestionó la menor al intruso.



Sam podía sentir los golpes de Kimberly, lo retenían, no podía avanzar más pero eso no lo expulsaría de su interior. Era inútil, él ya había entrado y no saldría hasta cumplir con su cometido.



Kimy gritó, algo ocurría: la oscuridad comenzaba a alzarse contra ellas, ¿acaso planeaba comerse a Kimberly una vez más?



—Ve… te —escuchó por parte de la joven pero Kimy negó con fuerza.



—¡¡No saldré sin ti!! —chilló y las pupilas de Kimberly se dilataron al ver como la oscuridad cubría a la pequeña con su inmensidad: se la había tragado por completo y lo último que pudo escuchar de ella fue un grito de dolor y miedo.



«¡¡Kimy!! —gritó en silencio entrándose en un mar de llanto—, te dije que te fueras, ¡¡te dije!!», maldecía queriendo destruir todo lo que estuviera a su alcance. Sus pensamientos fueron cortados al notar que el intruso se acercaba a ella, junto esa gran inmensidad de oscuridad. Maldición. No podía perder, no ahora que Tom estaba cerca, ¡no podía perder la razón!



—Esto es por el bien de todos —logró oír y ella, sólo apretó más sus ojos.



«Tom… Tom… perdóname»





Cada vez era más difícil respirar. ¿Acaso es una trampa? ¿Baecker sabía que vendría? Estaba casi semiinconsciente, tirado en un escalón tratando de recuperar el aire posible para seguir avanzando. No podía rendirse estando tan cerca de ella, no podía desmayarse ahora, no.



El maldito olor a quemado estaba invadiendo sus sentidos, ¿acaso había un incendio? Si era así, debía salir lo más pronto posible de ese sitio. No es que pensara en que iba a morir pero simplemente, si eso llegase a pasar, sería patético hacerlo en ese hospital.



Su cabeza se movía de un lado al otro. Seguía luchando en no desfallecer aunque sus ojos se estuviesen poniendo en blanco y le doliese respirar: estaba próximo a verla, sus esfuerzos no podían quedarse sepultaos en ese sitio.



«Kimberly debe saber… que estoy aquí —se repetía una y otra vez obligando a sus ojos a abrirse pero…— ¿Bill?», logró cuestionarse.



Comenzaba a ver oscuros bultos quienes lo rodeaban y robaban su espacio. Mierda, ¿acaso murió ya y esos seres son servidores del infierno? Venían por su alma y no había forma de escapar, ¿cierto? Qué débil y patético era. Su madre tenía razón: era un inútil, no podía hacer nada bien; ni siquiera… logró ver por última vez a la chica quién en verdad ha querido.



Está bien, merecía pudrirse en ese sitio.



—Levántate —uno de esos seres le habló haciendo que su vista dejara de ser borrosa.



Tom pudo distinguirlo, con el simple hecho de escuchar su voz sabía de quién se trataba y entonces, se dio cuenta que no estaba muerto y mucho menos, se encontraba en el infierno. Si él estaba ahí, significaba que estaba a salvo.



—¿B… Bill?



—¡Levántate y ve con ella! —exigió y Tom soltó una estúpida sonrisa.



—¿Qué haces aquí? Tú no estás muerto, idiota —recordó cerrando con pesadez sus ojos—. Así que ve a casa…



El menor de los Kaulitz apretó sus labios.



—Lo sé. Pero vine a sacarte de este lugar para que de una vez por todas, rescates a Kimberly de su encierro —sus puños se cerraron y tembló un poco al saber que aquellas palabras tuvieron efecto sobre su gemelo: Tom, aun débil, se enderezó y trató de poner sus ideas en orden.



Extendió su mano, pero la cerró al recordar que sería una idea estúpida. Pero, debía hacerlo, era su hermano y como su deber, necesitaba ayudarlo.



Tom abrió sus ojos y lo miró anonadado. ¿Esto era un sueño? Se sentía y veía tan real: la sonrisa de Bill, el tacto con de su piel. Su hermano estaba vivo y estaba frente a él, alguien, por favor, ¿podía explicarle lo que sucedía?



—¿Regresaste? —cuestionó siendo levantado por él. Bill negó—. Entonces… ¿cómo es posible que… tu estás… pero… cómo…?



—Soy tu gemelo —dijo sin más—. Yo siempre estaré para cuidarte Tom, «ahora, es mi turno de hacerlo». Ahora vete, ¡no pierdas más tiempo!



El mayor de los hermanos estaba envuelto en una ola de sentimientos que no sabía interpretar: ¿irse y dejar a Bill? ¿Quedarse y dejar a Kimberly? Negó fuertemente. No iba a abandonar a ninguno de los dos.



—Más vale que regreses pronto, sino, regresaré a buscarte y sabes que eso no será bueno —amenazó desviando su mirada. Nunca lloró frente a él y no comenzará a hacerlo ahora: él era fuerte y lo era por su familia, por Bill.



El chico rió.



—No sabes cómo hacerlo —y ante esa respuesta, Tom le dio la espalda: estaba a punto de partir…



—Lo averiguaré.



Bill se erguió y asintió sintiéndose orgullo al tener a ese sujeto como su gemelo. Tom no vio aquel gesto, había continuado su camino dejándolo atrás con todos los seres quienes cazaban por energía: Kimberly los había debilitado al extremo obligándolos de alguna manera a permanecer en ese sitio. Al sentir la fuerza vital de Tom, era de esperarse que todos se lanzaran contra él.



El cuerpo del menor se tambaleaba ante los leves empujones que recibía de “aquellos”: uno de ellos, una mujer calcinada, trató de seguir al mayor, pero una extraña barrera se lo impedía y aunque ese lugar era una zona despreciable para permanecer, Bill no se movió y su sonrisa no se borró en lo más mínimo.



Extrañaba demasiado a su hermano y agradeció tanto la oportunidad que se le dio: pudo hablar nuevamente con él. Tal vez iba a hacer la última o tal vez, se le presentaría otro chance. Sea lo que sea confirmó que su gemelo jamás cambiaría: él siempre sería el fuerte, inteligente y el responsable de los dos.



—Lo sé, Tom —contestó.






Sus piernas seguían temblando ocasionando que tropezara ya en varios escalones, pero eso no logró detenerlo, no en esta ocasión. Ya faltaba tan sólo un piso y por fin toda esta pesadilla se detendría.



—Ya estoy aquí —avisó a la imagen mental de la paciente: desprotegida, frágil e inmóvil—, ¿me escuchas? ¡Ya estoy aquí, Kimberly!



Nota final: Honestamente, no me gustó este capítulo. No me quedó como tenía planeado, pero al menos logré hacer la parte de Sam kdjfhskjg *-*, ¿es triste decir que me he enamorado de él? :c. Espero y a ustedes les agrade la lectura, lo siento muchísimo si no es así, en verdad:(.
Los quiero!!
 

1 comentario:

  1. Ay noo Sam en estos momentos me da coleraa!! Se q arruinara el rescate de Kim y es algo q no quieroo.. :/
    Tom tiene q rescatarlaa pero yaa!!

    Sigueeelaa Arly esta muy muy interesantee..
    Cuidatee gracias por subir mas seguido :D
    bye

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