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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

21 jun. 2013

Capítulo setenta.




Oscar cayó al suelo ante el susto que se dio al ver de pronto a la paciente despierta y de pie tras reincorporarse de esa llamada por radio, que, al parecer, seguía sin funcionar. Sin decir nada, inhaló profundamente todo el aire que pudo tres veces seguidas para poder tranquilizarse: no podía mostrarse débil frente a ella ni frente a ningún otro paciente. Eso era una regla importante.



Se puso de pie obligándose a sonreír para indicarle a Kimberly que había confianza entre ellos, debía hacerlo para poder acercarse y sostenerla; por su aspecto, parecía que no iba a durar mucho tiempo de pie: las viejas heridas, la sangre seca y más la falta de higiene la hacían lucir como una indigente. Más a parte, sabía que las nuevas heridas debían ser supervisadas por un médico antes de que llegaran a infectarse. El cuerpo de la paciente temblaba demasiado y Oscar creyó que iba a comenzar a convulsionar.



Los labios de la joven comenzaron a hacer diferentes muecas, al parecer, quería hablar. Oscar se enderezó ante ese descubrimiento y con urgencia, extendió su brazo derecho hacia ella…



—¿Qué? —balbuceó al lograr oír un leve lloriqueo proveniente de la paciente. De nueva cuenta, se escuchó más no se logró entender—. Kim…berly, necesito que hables más fuerte, por favor —pidió acercando su temblorosa mano hacia su rostro, extendió lo más que pudo sus dedos, estaba dispuesto a quitarle los mechones de su frente pero…



—Baecker —masculló.



—¿El Dr. Baecker? —atajó atrayendo su mano hacia él.



—Tráemelo… quiero a Baecker… ¡quiero a Baecker! —chilló endureciendo las facciones de su rostro. En ningún momento Oscar logró ver la expresión de su cara ya que Kimberly mantenía su vista fija al piso, pero supo muy bien que comenzaba a enojarse: los puños apretados y el chirrido de sus dientes la delataban.



Debía calmarla.



—Él no está Kimberly. Son más de las doce, lo sabes, ¿verdad? El Doctor está en su casa… —trató de explicar acercándose con cautela, pero esas palabras no estaban teniendo ningún efecto: la chica apretó aun más sus dientes y dio un grito ahogado—. Pero prometo que lo verás en la mañana, ¿sí? Pero tienes que venir conmigo, abajo hay personas que esperan por…



—No me toques —advirtió alejando su cuerpo de la manos del guardia. Oscar se quedó tieso—. No me toques, no te atrevas a hacerlo —¿esa era la voz de Kimberly? Era imposible, la de ella era menos… gruesa.



—No lo haré, tranquila —aseguró—, puedes salir por tu cuenta, ¿verdad? Hay que ir con el médico…



—No. Tráeme a Baecker. —ordenó pegándose contra la fría pared del baño. Oscar puso los ojos en blanco, comenzaba a fastidiarse de su actitud infantil, ¿ella dándole ordenes? ¡Qué se creía!



—Ya te dije que no está. No vendrá hasta las ocho de la mañana y si no es que un poco más tarde —repuso entre dientes—. Ahora, acompáñame Kimberly. No me orilles a llevarte a la fuerza.



Los dedos de la chica comenzaron a moverse sin control, estaba sufriendo un estado de ansiedad lo cual no alarmó en lo más mínimo al guardia. Ya había tenido ataques así, no pasaban de gritos y berrinches; volvió a inhalar profundamente, necesitaba guardar un poco más de paciencia.



—Entonces… yo no me moveré —aseguró—. Nadie más me verá, sólo él, ¡sólo Baecker!



Oscar negó con fuerza.



—Suficiente de esta mierda —murmuró tomándola sin problema de sus brazos—. Tengo que llevarte con el médico Kimberly, lo siento, así es esto.



—No. Me. Toques. —Oscar negó sin voltear a verla haciendo esfuerza para poder moverla—. No. Me. Toques.



—Suficiente Kimberly, no hagas esto complicado.



—Quita tus putas manos de mí. —Oscar se detuvo, ¿acaso dijo…?



—Cuida tus palabras —advirtió tratando de hacer caso omiso de aquella provocación: nunca antes la había oído maldecir.



—¡Suéltame maldito imbécil! No me toques, ¡no me toques! —gritó casi en su oído ocasionando que el guardia se estremeciera y como acto reflejo, la soltó.



—¡No vuelvas a hacer eso, mierda! —se puso a la defensiva oprimiendo un poco su oreja, aun no se había recuperado del todo, pero trató de ignorar como fuese la molestia del grito y volvió a tomarla de su brazo, esta vez, recibiendo a cambio un fuerte golpe en su cara proveniente del puño de Kimberly.



—No toques este cuerpo, estúpido —escupió y las pupilas de Oscar se dilataron.



—¿K... Kimberly? —balbuceó retrocediendo inconscientemente agarrando su nariz con fuerza al sentir que comenzaba a sangrarle debido al inesperado golpe.



Ella rió y Oscar negó: la chica que tenía frente a él no podía ser la Kimberly que conocía, ¿de dónde había sacado esa fuerza, las agallas? Su voz ni siquiera era la misma. Era estúpido pero, pareciera como si estuviese tratando con alguien más…



—Ella no está aquí por el momento —la respiración de Oscar se cortó—. Uhm… dijiste que Baecker no está presente —recordó caminando de un lado a otro, mirándolo por el rabillo del ojo—. Pero el sigue siendo el Director de este hospital —la chica, cuyos pies descalzos mostraban ampollas, detuvo su marcha al estar frente al aterrado guardia quien ahogó un grito al verla sonreír de oreja a oreja: algo malo iba a suceder, debía irse, debía huir, debía—, me pregunto, ¿vendrá corriendo al saber que un empleado murió en su hospital?



—¿Mo…rir? —balbuceó—, ¡pero de qué mierda estás hablando! —la chica, no, aquel maldito ser ladeó su cabeza al tiempo que entrecerraba sus ojos.



Volvió a sonreír.



—Sí… vendrá.



Y de pronto, todo se hizo negro para aquel guardia en turno.





—Veo que eres persistente —declaró endureciendo su mirada—. Lárgate, sólo viniste aquí a complicarme las malditas cosas.



El cuerpo de Tom se tensó completamente al cruzarse con aquello ojos que no tenían nada de parecido con los de la desconfiada paciente. Ella nunca lo había visto de esa manera con anterioridad, ni siquiera en sus primeros encuentros cuando trataba de humillarlo: aquella mirada reflejaba asco y odio puro hacia él, sin remordimiento o titubeo alguno. Eso le dolió. ¿En qué momento cambiaron todos sus sentimientos hacia él? Sabía y estaba consciente de que tenía todo su derecho a enojarse con él: la había dejado sola, por poco tiempo, pero la había dejado. En su caso, él también se hubiera molestado pero… ¿en verdad merecía aquella mirada? Ese gesto sólo decía “muérete” en la manera más seca y cruel posible.



Hasta cuando le hablaba lo hacía con asco, en verdad no quería saber nada de él pero… olvidaba que la persona que tenía en frente no era la chica de quién se enamoró, era otra persona y eso le hizo sentir un terrible dolor en todo su cuerpo que no tardó en viajar para posicionarse en su cabeza. Todo esto parecía una loca pesadilla: ¿cómo estaba tan seguro que la mujer que tenía en frente no era Kimberly aun sí ésta lucía exactamente igual? ¿De dónde habían salido esas tontas hipótesis? O más bien, ¿de dónde había salido toda esa seguridad?



Ella no era Kimberly, se lo podía decir a cualquiera, esta vez, sin titubeos y a la vez sin pruebas convincentes.



—Vine a sacarte de aquí —replicó cerrando su boca de golpe y sintiéndose un completo estúpido, bajó su mirada: aquellas palabras que no debían ser pronunciadas lo fueron, ocasionando que las dos personas presentes se tensaran.



Los nervios habían ganado sobre la poca cordura que le quedaba. El escucharla decir que él sólo era un “estorbo” hizo que su cabeza volviera a calentarse: ella nunca había sido tan cruel. No. Simplemente esa persona no era Kimberly.



«En verdad estás empeñado en verla fuera de aquí, ¿no es así?», sus ojos yacían bien abiertos aunque ocultos de la vista del guardia. Debía esconder la sorpresa que aquella petición había causado. Mirando las piernas pálidas del contenedor se mordió el labio inferior tan fuerte que logró saborear el extraño sabor salado del cuerpo en su boca: nunca creyó que fuese tan decidido, era un niño idiota, un ignorante, hablador y cobarde. Y aun así, Kimberly estaba enamorado de él y él de ella llegando al punto de ingeniar un plan de salir así: ella quería huir, arruinarle su maldito plan, echarle perder todo lo que había logrado y todo, ¡todo por ese maldito guardia!



La ira que estaba a punto de explotar en su interior se apagó de la nada, volvía a tomar el control de sus sentimientos; su cuerpo volvió a encogerse, su mirada se entrecerró y una sonrisa se plasmó en el cansado rostro: no la sacaría, era demasiado tarde ya, Sam había ganado esta vez.



Tom se estremeció al escucharla hablar de nuevo, y sin moverse, volteó a verla una vez más. Quería acercarse, abrazarla y sobre todo, sacarla de ahí pero su cuerpo estaba congelado en aquel lugar. Estaba inseguro y aunque quería ocultarlo, tenía miedo.



—Inocente Kaulitz… o debo decir, ¿ignorante? —cuestionó en leve burla—. Nosotros, las personas como nosotros, pertenecemos a este lugar. —Explicó balanceando su cuerpo en el borde de la cama, simulando un columpio—. Nadie se puede ir —dijo sin más.



Tom lo miró incrédulo, en verdad que era un ignorante. Él tenía la respuesta: sabía muy bien que la chica que yacía ahí no era Kimberly y Sam de alguna manera no lo negaba, sólo realizaba juego de palabras para divertirse y ganar tiempo: ¿qué pasaría si Baecker entrase y viese al guardia desterrado en la habitación? En verdad quería saber. Pero de alguna manera, volvió a confirmar la respuesta que le había ofrecido hace apenas unos instantes: ellos pertenecían a ese lugar. Ahí estaba la prueba: Tom era libre de irse, pero no lo hizo, al contrario, regresó a ese hospital por una mujer que también pertenecía al recinto.



Una vez que entras ahí, te es imposible irte. Los pacientes, incluyendo los que murieron en ese lugar, los empleados, Baecker, Kimberly, Tom e incluso él mismo, formaban parte de ese psiquiátrico, todos y cada uno habían dejado una parte de su esencia impregnada en esas paredes malditas, dejando atrás su libertad.



—No. Tu no perteneces a ese lugar —los ojos de la mujer se afilaron—, ¿recuerdas? ¡¿Recuerdas que prometiste esforzarte para irte de aquí?! Esa ¡es! Tu meta y yo… ¡yo juré ayudarte a cumplirla! —La mandíbula de la mujer se endureció, «en verdad estabas dispuesta a irte Kimberly… »



—No hay motivo para salir de aquí…



—Sí lo hay —atajó—. Para nosotros existe un motivo: empezar desde cero, juntos. Ayudarnos a salir adelante, ser la resistencia del otro —su habladuría se acabó de golpe y sus facciones se endurecieron, ¿pero qué mierda estaba haciendo?—. No tengo porqué seguir contándote esto.



—¿Ah, no? —rió—, ¿y por qué no?



—¡¡Porque tú no eres ella!! —gritó a todo pulmón señalándole con furia. La mujer ladeó su cabeza, interesado.



—Entonces, ¿quién soy?



«La que está ahí… no es la verdadera, tienes que entrar… sus ojos… ella se encuentra… en sus ojos…»



El brazo de Tom calló con pesadez al igual que todo su cuerpo. Se sentía exhausto ya que todo esto parecía un maldito juego mental: su cerebro se había exprimido completamente, ya no sabía que pensar. Sólo escuchaba la voz de aquella niña en la poca razón que le quedaba y por más que trataba de entender, no lo lograba.



Esa niña… era Kimberly y la que estaba ahí, con su cuerpo, su físico y su apariencia, no lo era. ¿Qué significaba todo esto?



—No lo sé —dijo sin más jadeando, tratando de recuperar todo el aire que había perdido en esos minuto que para él, se habían convertido en horas—. No sé quién mierda eres —soltó alzando su vista, encontrándose con los pies de la muchacha, luego con sus pantorrillas, su torso, su cuello, su rostro… sus ojos.



«Ella se encuentra en sus ojos», y ante esto, sus labios se fruncieron.


Más allá de aquellas dos esferas negras y muertas que con anterioridad solían ser un café claro dando el ambiente fresco del otoño, en su interior, exactamente en el centro de toda aquella densa y abrumadora noche, se encontraba una chica, atrapada en toda esa demencia: su cuerpo estaba alzado, enredada gracias a la oscuridad que cumplía el papel de una fuerte y peligrosa cruz cuyo propósito era matarla.



¿Qué tal si ya estaba muerta?



Las pupilas del guardia se dilataron aun más y una gota de sudor resbaló sin prisa por el camino de su sien hasta caer y dar contra el piso. Era Kimberly, la había encontrado y al parecer, ella lo notó: con fuerza y dolor, luchó por abrir sus ojos y alzar su cabeza para mirarlo, lo había sentido antes pero creyó estar alucinando y ahora, que sabe que en verdad estaba ahí, sintió nuevamente ganas de llorar. Había perdido.



«Tom, lo siento».



—Kimberly —exclamó en un estado de trance pero despertó gracias al parpadeo de la mujer, quien chistó furiosa y apartó su mirada de la del guardia: la vio. Por un puto descuido, logró verla pero no importaba, era tarde: el cuerpo ya no le pertenecía a Kimberly, era de Sam y un simple guardia no iba a cambiar la situación.



Tambaleante, se puso de pie. —Regrésamela —ordenó con su cabeza en blanco: las razones y los por qué ya no importaban. Había visto a la verdadera Kimberly, seguía ahí, estaba atrapada y lo único que importaba es que iba a ir por ella—. ¡Hazlo, hazlo ya!



—¡¡Ella ya no tiene derecho sobre este cuerpo!! —escupió huyendo de su alcance—. Pero si tanto es tu urgencia por tenerla, espera a que cumpla con mi objetivo. Después, ella será tuya —aseguró pegando su espalda contra la fría pared.



Tom tembló ante el dolor que comenzó a nacer en su estómago ante la furia contenida.



La mujer sonrió. —Aunque… sólo será un contenedor vacío. Pero eso no te importa, ¿verdad? Sólo quieres recuperar el cuerpo.



La respiración de Tom se cortó por unos segundos: estaba tratando de dirigir aquellas palabras lo más rápido que podía y sólo llegó a una salida—: Te refieres a que… ¿morirá?



—Ella será libre de ir a donde quiera, pero no será capaz de volver aquí —rió—. Es lo que más querías, ¿no? Su libertad.



—¡De qué mierda estás hablando! —gruñó avanzando la mitad de distancia hacia aquella desconocida pero se detuvo al analizar en qué era lo que haría, ¿golpearla? Después de todo, el cuerpo seguía siendo de Kimberly—. Deja de decir estupideces, ¡ella no morirá si es lo que insinúas!



—No, no lo hará. Pero algo más importante sí. —Tom bajó su guardia y parpadeó desorientado.



—¿Qué… qué es…?



—Su cuerpo —respondió sin más procurando no soltar una carcajada: el cabello volvió a cubrir su rostro y el rostro de Tom palideció al escuchar simultáneas risas por parte de la mujer—. ¡¡Su cuerpo morirá conmigo!!



Las carcajadas seguían saliendo, parecía una verdadera demente, una psicópata. En ese momento Tom creyó que ahora se encontraba en una enferma película de terror/suspenso, nada podía ser real: su piel seguía perdiendo color y el sudor bajaba sin control. ¿Morir? ¡Kimberly en verdad iba a morir…!


 
«Tom —sollozó—, ¡¡Tom!!»
 



Aquella voz llena de dolor se revolvió con aquellas distorsionadas risas que entraban sin piedad en los tímpanos del guardia. Esto se había salido de control por fin, iba a explotar… y lo hizo: sus ojos no podían estar más abiertos y sus pupilas se habían dilatado al máximo. Desesperado, se llevó sus dos brazos a su cabeza y gritó toda su frustración sin control.



Las risas burlonas se hacían más molestas, los jadeos de Tom interminables y el silencio llegó acompañado del eco de un fuerte golpe propinado de una bofetada.



Los ojos del guardia se abrieron de sorpresa y estupefacto, fijó su vista hacia la mujer que mantenía la apariencia de la paciente: su rostro yacía de lado con su mejilla roja debido al golpe, estaba aturdida, como él.



Aquel golpe había sido parte de otra chica, cuyo cabello rubio volvía a caer sobre su espalda, en ese momento, parecían flamas, pensó Tom atónito. ¿De dónde había salido esa mujer?



—¡Has perdido la razón, Sam! —el cuerpo del guardia se enderezó al escuchar aquel nombre: no estaba mal, en verdad le había hablado a la paciente con ese nombre.



Entonces… entonces estaba en lo cierto: esa persona no era Kimberly. ¿Acaso… acaso su cuerpo había sido… poseído?



La mujer giró su cabeza mirando a la desconocida con furia. De alguna manera, el guardia podía sentir traición proveniente de ellos dos.



—No tienes ningún derecho de estar aquí, Jeny. Y mucho menos, de golpearme.



La boca de Tom se entreabrió y balbuceó—. … ¿Jeny? —la chica, al escuchar su nombre, volteó a verlo, dudosa y con miedo. Había cometido una falta grave, pero ya no podía echarse para atrás.



—Hola, amigo de Georg.



Sus ojos volvieron abrirse una vez más.



—Imposible…



Aquella era la mujer en la cual su amigo Georg se fijó, la paciente que había desaparecido y que se rumoraba había muerto. La mujer por la cual su amigo enloqueció por haberla olvidado, la paciente que Georg amó… estaba ahí, frente a él, poniendo un alto a aquella locura que todavía no parecía tener sentido.



Estaba despierto, todo era real, pero aun así…



—Imposible.



No. Todo era posible.

 
Nota final: Las cosas se pusieron intensas, ¿no creen? e.e

1 comentario:

  1. O.o estoy asii en shock esta buenizima y muy interesanteee!!
    Te suplico q Kim no mueraa ni q Sam le haga dañoo.. Bill y Jenny tienen q ayudar a Tom y Kim..

    Siguelaa prontoo.. Amo tu fic :D

    cuidate bye

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